viernes, 11 de septiembre de 2009

Waitangi y Haruru Falls


Tras levantarnos, nos hemos dirigido al embarcadero de Russell, a tomar un café en el “Waterfront Café”, antes de tomar el ferry a Paihia. La verdad es que este pueblecito es muy relajante, sobre todo las casas, cafés y restaurantes que dan al paseo de la playa… Uno cogería un libro, se sentaría en uno de los bancos que hay bajo los árboles y pasaría todo el día así.

En fin, vuelta al trabajo, aunque estamos ya un poco cansados físicamente, después de todas las palizas que nos hemos pegado. Cogimos el “Happy Ferry” de las 9:20 y quince minutos después de surcar la Bay of Islands, atracábamos en Paihia. Es un pueblo de playa, pero sin el encanto que tiene Russell. Tiene más tiendecillas y empresas que te bombardean con cruceros, pero no apetece mucho quedarse allí.

En todo caso, a nosotros nos daba igual, puesto que nuestro destino era Waitangi, lugar donde se debatió y firmó el tratado que lleva su mismo nombre, y que supuso el reconocimiento oficial de la soberanía de la Reina Victoria de Inglaterra sobre los territorios de Nueva Zelanda, otorgando asimismo a los maoríes el status de súbditos de la corona británica. Yo sigo pensando que hicieron un mal trato los indígenas, y que si se hubieran unido todos contra los ingleses podría haber sido un “Estados Unidos de Nueva Zelanda”, habida cuenta de que contaban con armas de fuego y conocimiento del terreno (en gran medida los maoríes inventaron la guerra de trincheras). Pero como suele pasar muchas veces, las distintas tribus se odiaban más entre ellas que a los pakehas (hombres blancos), y muchas apoyaban a los ingleses para masacrar a una tribu rival. Visto así, el Tratado aseguró la supervivencia de los maoríes y sus costumbres, pero ha sido fuente de muchas injusticias, hasta que en los últimos cuarenta años se ha empezado a devolver tierras a las tribus locales para que las administren directamente.

Nosotros recorrimos a pie, junto a la playa, los 2 km que separan Waitangi de Paihia. El sol salía y se escondía, pero hacía algo de viento hasta que alcanzamos los bosques que rodean el centro de visitantes de Waitangi. Lo peor fue que no pudimos ver la canoa de guerra que se construyó en 1940 en conmemoración del centenario de la firma del Tratado, réplica de la que se supone utilizó el bisnieto de Kupe (el primer explorador y descubridor maorí de NZ) para volver desde Hawaiki a Aotearoa (nombre maorí de Nueva Zelanda). La estaban restaurando, pero pudimos ver sus 2 metros de ancho por más de 35 de largo, hecha de una única pieza de madera y con un peso de 6 toneladas!! Se necesitan al menos 80-90 remeros para manejarla, pero puede llevar hasta 160 guerreros, una pasada.

Sí que visitamos la colina donde se firmó el Tratado, ocupada por el mástil de un barco con tres banderas (inglesa, maorí y neozelandesa). Es un prado verde frente al mar, rodeado de algunos árboles enormes que aunque sólo tienen 150 años, parecen milenarios por su tamaño.
Junto al prado se encuentra una marae espectacular, toda tallada, con símbolos y tótems de las principales tribus maoríes. Es única en el mundo por cuanto se trata de una marae (casa de encuentros) de carácter nacional, frente a las habituales maraes que pertenecen a una única tribu. Tiene muchísimos grabados tribales y una estatua de Kupe preside su entrada. Luego nos dimos un garbeo por la casa del antiguo gobernador inglés que vivía en la colina y nos tomamos un café en el bar restaurante de Waitangi, recomendado por muchas guías y que es de madera, con un precioso y tranquilo jardín, estanque y terraza donde descansar un rato.

Tras el café de turno, decidimos recorrer los 4,5 km que sigue una ruta desde el Centro de Visitantes de Waitangi hasta las Cascadas Haruru. Sin perjuicio de que se trata de una ruta agradable, que recorre vastos bosques de helechos y demás árboles autóctonos, lo más interesante se encuentra justo tras cruzar el puente sobre el estuario del río. Allí atravesamos 1km aproximadamente de manglares y terrenos pantanosos muy cuidados que tenían un aire siniestro, mientras que el camino seguía por una estrecha pasarela de madera. Vimos la forma que tienen estos árboles de “reproducirse” y extenderse a lo largo del estuario luchando contra la marea que los cubre al menos dos veces al día. Muy curioso.

Justo cuando llegamos a las cascadas Haruru volvimos a encontrarnos con la pareja de catalanes (de la zona de Sant Sadurní) con quienes estuvimos la noche del espectáculo maorí. Ellos venían de un crucero para ver delfines, pero con tan mala suerte que no habían visto nada y encima no les devolvieron el dinero. Aprovechamos que ellos habían ido con autocaravana para que nos acercaran por la carretera de vuelta a Paihia y ahorrarnos nosotros otros 4-5 kms. Allí nos despedimos de ellos. Lo cierto es que nos hemos encontrado, además de esta pareja, a otras de Sevilla, de Palma, vascos, de Madrid… No somos los que más viajamos a NZ pero Vicky y Gerardo no son obviamente los únicos españoles que se van hasta allí.

Ya en Paihia nos dimos un voltio para ver la Iglesia Anglicana de St. Paul. No es demasiado antigua (1925) pero se erige en el emplazamiento de la primera iglesia de NZ, una modesta cabaña de juncos construida en 1823. es de piedra oscura de Kawakawa, y el interior presenta distintas aves autóctonas en la cristalera del ábside: un kotare (parecido al martín pescador) como Jesús, y a los dos hermanos Williams, fundadores de la iglesia, como un tui y un kereru (paloma torcaz).

De ahí volvimos a coger el ferry hasta Russell, junto con los chavales que volvían del colegio. El tiempo había empeorado y el mar estaba más picado, con lo que el barco se movía más. Compramos un par de cosas en el supermercado y cuando fuimos a ver la casa Pompellier (un antiguo edificio de misioneros católicos de 1842) estaba cerrada (a las 16:00 chapa). Es el único edificio que se conserva de las misiones católicas en el Pacífico Oeste.

Así que nos volvimos al camping a cenar en el jardín y nos fuimos relativamente pronto a dormir.

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