Nuevamente nos tocó madrugón. Esta vez era para salir de Kerikeri dirección a Paihia, donde nos recogería el autobús de la excursión que contratamos a Cabo Reinga. Llegamos con tiempo para aparcar la autocaravana y tomarnos un capuccino en el único café que abre a las 7:00, y que está justo junto a la parada del bus.
A las 7:20 llega un autobús y Vicky dice: ese no es, que será el autobús del colegio… Pues sí que era. Lo que pasa que de los dos grupos que había para hoy nos ha tocado ir con los jóvenes (sobre 23-25 años, más o menos, la mayoría). Eso es porque nos vieron que estábamos hechos unos chavales!! Paramos a recoger a una taiwanesa y a una loca backpacker (ignoramos la nacionalidad, pero podría ser canadiense, que están un poco chotaos…). Lo peor fue cuando resulta que empezamos a hacer la misma ruta que habíamos hecho por la mañana temprano: el autobús iba a pasar por Kerikeri!! En fin, cosas que pasan en las mejores familias…
Aunque en principio se tenía que pasar primero por el bosque de Puketi, el conductor decidió invertir el orden de la excursión, creyendo que al norte haría mejor tiempo, porque había empezado a llover. Nos detuvimos un momento para tomar un café o té, y comprar algo de almuerzo, en Taipa Beach, un pueblecito justo antes del inicio de la 90 Mile Beach (“la playa de las 90 millas”).
Lo de la playa merece una mención aparte. En realidad tiene 60 millas aproximadamente (casi 100 km que no es poco), y es tan amplia que se ha convertido en una autopista. Bueno en una carretera sin asfaltar. Los vehículos van por la arena, pero se recomienda circular por la arena mojada y a una velocidad media de 70 km/h mínimo para evitar quedarse atrapado en la arena. La mayoría si no todas las compañías de caravanas prohíben por contrato circular por aquí. Nuestro autobús en realidad tenía un chasis y suspensión de camión (tipo los del París Dakar), y circulaba a las mil maravillas por allí. No tiene nada que ver con nuestro tipo de playas. Allí es para sentirse solo con la naturaleza que te rodea por todas partes, cormoranes, gaviotas y otros pájaros que no habíamos visto nunca.
Realmente la playa es una pasada. Es literalmente interminable, vas viendo las olas romper mientras el autobús va sobre la arena, y de vez en cuando, saltos, cuando coge algún bache. Aquí ya estaba lloviendo bastante, pero era lluvia fina, lo cual nos permitió hacer una parada a mitad más o menos, para tomar fotos de unas formaciones rocosas curiosas e incluso algunos/as locos/as meter los pies en el agua, que se encontraba lejísimos, por el efecto de la marea. En ese momento vimos llegar el otro autobús (el de los abueletes), y realmente la estampa es chulísima, contemplando el vehículo acercarse sobre la inmensidad de la arena…
Al final del norte de la 90 Mile Beach se encuentran las dunas gigantes de Te Paki, que según nos informaron, se formaron como consecuencia de una antigua erupción volcánica, y han perdurado allí. Lo que se lleva en este país en el que siempre están buscando la actividad más extrema, es lanzarse desde lo alto de las dunas sobre una tabla parecida a las de surf. Para que os hagáis una idea, las dunas no son como las que tenemos por casa. La pendiente rondaría entre los 50 y 65 grados de inclinación, y la longitud, fácilmente los 500 metros. Las dunas eran literalmente gigantes. Nosotros nos quedamos en bañador y camiseta (algunos locos americanos sólo en bañador) y comenzamos a subir la duna con la tabla a cuestas. Los últimos 50 metros fueron matadores literalmente, para romperse los gemelos. Apenas se podía subir, y eso que no nos hundíamos en la arena, que si no… Empezó la gente a tirarse y ahí ya empezó a llover fuerte. Una chica americana se pasó de frenada y cayó desde el final de la duna a un trozo de arena con agua, metiéndose un morrón… Dos chicas más también se dieron con la cara en el pequeño riachuelillo. Había entre 40cm a 1 m de desnivel al final de la duna, con lo que era primordial detenerse antes. Nosotros lo hicimos bien, y el descenso a toda velocidad fue una pasada. Si no hubiera estado lloviendo, habríamos repetido otra vez. Cuando llueve, además, cuesta más deslizarse aunque nosotros fuimos bajando a toda leche… Los primeros 30-40 metros o así son los más impresionantes, cuando la pendiente es muy pronunciada.
Uno de los americanos, que se tiró tres o cuatro veces por lo menos, intentó hacerlo por otro sitio y ahí el desnivel del final de la duna era mayor, con lo que se dio un golpe tremendo. Luego decía que le dolían las costillas e incluso se astilló un diente. ¡Americanos! El otro autobús, el de los abueletes, fue a una duna más pequeña y no se tiró casi nadie. De nuestro autobús, se tiró todo el mundo menos dos japonesas. Incluso las gordas americanas, que no tenían ningún complejo.
Después de subir y poner perdido de arena y agua el autobús, recorrimos los escasos 10 km hasta el Cabo Reinga. Una verdadera lástima que el tiempo estuviera realmente mal, porque las vistas (lo que podíamos ver) eran muy bonitas. El cabo Reinga se eleva 300 metros sobre el nivel del mar, y frente a él se encuentran el Mar de Tasmania y el Océano Pacífico, con lo que el estado de la mar ya os lo podéis imaginar, olas rompiendo por todos los sitios, etc. Los maoríes consideran al Cabo Reinga el punto desde donde las almas saltan cuando emprenden el viaje de retorno a Hawaiki. En el extremo del cabo se encuentra un árbol Pohutukawa, de 800 años de edad, cargado de significado espiritual para los maoríes. Se cree que las almas se deslizan por sus raíces.
Nosotros recorrimos el camino desde el autobús hasta el faro, con una lluvia y un viento fortísimos. Acabamos completamente calados, por lo que pasamos casi todo el día mojados. Las vistas desde el faro en un día soleado seguro que quitan la respiración. Los últimos metros se recorren por una estrecha franja de tierra con los mares a ambos lados hasta llegar al faro. Allí además hay un poste con indicaciones y distancias a lugares como Sydney, Londres, Singapur, Los Ángeles, etc.
Rendidos y mojados volvimos al bus para tomarnos el sándwich que teníamos preparado. Poco después nos dirigimos por la carretera, no por la playa, hacia el sur, deteniéndonos en una especie de tienda denominada Ancient Kauri Kingdoms, donde se dedican a tallar y crear mobiliario y adornos decorativos de madera de kauri fosilizado. El kauri es un tipo de árbol gigantesco que antiguamente cubría casi toda la Isla Norte. Ahora sólo ocupan un 5% del territorio, pero están protegidos. El kauri que esta empresa utiliza es el proveniente de árboles que quedaron cubiertos bajos las marismas hace entre 30.000 y 50.000 años aproximadamente, muertos pero con su madera intacta, como pudimos ver, como si fuera una momia embalsamada. Son troncos inmensos con los que incluso han hecho una escalera de caracol (dentro del tronco). Los muebles son una pasada, pero muy exclusivos y por tanto, de elevado precio.
De ahí nos llevaron a uno de los mejores sitios para tomar Fish and Chips en la Isla Norte. Se llama Mangonui Fish Shop, y está, obviamente, en Mangonui, un pueblecito pesquero en Doubtless Bay. Las patatas fritas son del montón, pero el pescado está muy bueno, puesto que en realidad lo pescan ellos mismos en el día y cada día puede “tocarte” un pescado diferente. El que tomamos nosotros era “bluenose”, con una carne muy consistente pero un buen sabor a pescado. Todo esto para dos personas por 7 euritos. Bueno y barato. Y encima bonito, porque en lugar de llevártelo a tu casa, te lo puedes tomar en una terraza de madera sobre el mar (ese día estaba cubierta por unos plásticos transparentes), y contemplar la bahía. Muy relajante.
Ya para terminar, nos fuimos a ver un ejemplar de kauri que se encuentra en el Bosque de Puketi, y que tiene unos quinientos años de antigüedad. Era enorme, pero nada que ver con lo que al día siguiente podríamos contemplar en el Bosque de Waipoua. Aún así, y eso que estaba lloviendo a cántaros, fue un paseo bonito (caminar en el bosque siempre es como llevar un paraguas).
A las seis más o menos nos dejaron en Paihia y cogimos la autocaravana para volver al camping de Kerikeri, ya que de noche y con lluvia preferimos no arriesgarnos. Además, Vicky había hecho un amiguito peludo allí y quería verlo otra vez (se llamaba “boliche”, y era blanco y tenía bigotes, ¿qué era?).
A las 7:20 llega un autobús y Vicky dice: ese no es, que será el autobús del colegio… Pues sí que era. Lo que pasa que de los dos grupos que había para hoy nos ha tocado ir con los jóvenes (sobre 23-25 años, más o menos, la mayoría). Eso es porque nos vieron que estábamos hechos unos chavales!! Paramos a recoger a una taiwanesa y a una loca backpacker (ignoramos la nacionalidad, pero podría ser canadiense, que están un poco chotaos…). Lo peor fue cuando resulta que empezamos a hacer la misma ruta que habíamos hecho por la mañana temprano: el autobús iba a pasar por Kerikeri!! En fin, cosas que pasan en las mejores familias…
Aunque en principio se tenía que pasar primero por el bosque de Puketi, el conductor decidió invertir el orden de la excursión, creyendo que al norte haría mejor tiempo, porque había empezado a llover. Nos detuvimos un momento para tomar un café o té, y comprar algo de almuerzo, en Taipa Beach, un pueblecito justo antes del inicio de la 90 Mile Beach (“la playa de las 90 millas”).
Lo de la playa merece una mención aparte. En realidad tiene 60 millas aproximadamente (casi 100 km que no es poco), y es tan amplia que se ha convertido en una autopista. Bueno en una carretera sin asfaltar. Los vehículos van por la arena, pero se recomienda circular por la arena mojada y a una velocidad media de 70 km/h mínimo para evitar quedarse atrapado en la arena. La mayoría si no todas las compañías de caravanas prohíben por contrato circular por aquí. Nuestro autobús en realidad tenía un chasis y suspensión de camión (tipo los del París Dakar), y circulaba a las mil maravillas por allí. No tiene nada que ver con nuestro tipo de playas. Allí es para sentirse solo con la naturaleza que te rodea por todas partes, cormoranes, gaviotas y otros pájaros que no habíamos visto nunca.
Realmente la playa es una pasada. Es literalmente interminable, vas viendo las olas romper mientras el autobús va sobre la arena, y de vez en cuando, saltos, cuando coge algún bache. Aquí ya estaba lloviendo bastante, pero era lluvia fina, lo cual nos permitió hacer una parada a mitad más o menos, para tomar fotos de unas formaciones rocosas curiosas e incluso algunos/as locos/as meter los pies en el agua, que se encontraba lejísimos, por el efecto de la marea. En ese momento vimos llegar el otro autobús (el de los abueletes), y realmente la estampa es chulísima, contemplando el vehículo acercarse sobre la inmensidad de la arena…
Al final del norte de la 90 Mile Beach se encuentran las dunas gigantes de Te Paki, que según nos informaron, se formaron como consecuencia de una antigua erupción volcánica, y han perdurado allí. Lo que se lleva en este país en el que siempre están buscando la actividad más extrema, es lanzarse desde lo alto de las dunas sobre una tabla parecida a las de surf. Para que os hagáis una idea, las dunas no son como las que tenemos por casa. La pendiente rondaría entre los 50 y 65 grados de inclinación, y la longitud, fácilmente los 500 metros. Las dunas eran literalmente gigantes. Nosotros nos quedamos en bañador y camiseta (algunos locos americanos sólo en bañador) y comenzamos a subir la duna con la tabla a cuestas. Los últimos 50 metros fueron matadores literalmente, para romperse los gemelos. Apenas se podía subir, y eso que no nos hundíamos en la arena, que si no… Empezó la gente a tirarse y ahí ya empezó a llover fuerte. Una chica americana se pasó de frenada y cayó desde el final de la duna a un trozo de arena con agua, metiéndose un morrón… Dos chicas más también se dieron con la cara en el pequeño riachuelillo. Había entre 40cm a 1 m de desnivel al final de la duna, con lo que era primordial detenerse antes. Nosotros lo hicimos bien, y el descenso a toda velocidad fue una pasada. Si no hubiera estado lloviendo, habríamos repetido otra vez. Cuando llueve, además, cuesta más deslizarse aunque nosotros fuimos bajando a toda leche… Los primeros 30-40 metros o así son los más impresionantes, cuando la pendiente es muy pronunciada.
Uno de los americanos, que se tiró tres o cuatro veces por lo menos, intentó hacerlo por otro sitio y ahí el desnivel del final de la duna era mayor, con lo que se dio un golpe tremendo. Luego decía que le dolían las costillas e incluso se astilló un diente. ¡Americanos! El otro autobús, el de los abueletes, fue a una duna más pequeña y no se tiró casi nadie. De nuestro autobús, se tiró todo el mundo menos dos japonesas. Incluso las gordas americanas, que no tenían ningún complejo.
Después de subir y poner perdido de arena y agua el autobús, recorrimos los escasos 10 km hasta el Cabo Reinga. Una verdadera lástima que el tiempo estuviera realmente mal, porque las vistas (lo que podíamos ver) eran muy bonitas. El cabo Reinga se eleva 300 metros sobre el nivel del mar, y frente a él se encuentran el Mar de Tasmania y el Océano Pacífico, con lo que el estado de la mar ya os lo podéis imaginar, olas rompiendo por todos los sitios, etc. Los maoríes consideran al Cabo Reinga el punto desde donde las almas saltan cuando emprenden el viaje de retorno a Hawaiki. En el extremo del cabo se encuentra un árbol Pohutukawa, de 800 años de edad, cargado de significado espiritual para los maoríes. Se cree que las almas se deslizan por sus raíces.
Nosotros recorrimos el camino desde el autobús hasta el faro, con una lluvia y un viento fortísimos. Acabamos completamente calados, por lo que pasamos casi todo el día mojados. Las vistas desde el faro en un día soleado seguro que quitan la respiración. Los últimos metros se recorren por una estrecha franja de tierra con los mares a ambos lados hasta llegar al faro. Allí además hay un poste con indicaciones y distancias a lugares como Sydney, Londres, Singapur, Los Ángeles, etc.
Rendidos y mojados volvimos al bus para tomarnos el sándwich que teníamos preparado. Poco después nos dirigimos por la carretera, no por la playa, hacia el sur, deteniéndonos en una especie de tienda denominada Ancient Kauri Kingdoms, donde se dedican a tallar y crear mobiliario y adornos decorativos de madera de kauri fosilizado. El kauri es un tipo de árbol gigantesco que antiguamente cubría casi toda la Isla Norte. Ahora sólo ocupan un 5% del territorio, pero están protegidos. El kauri que esta empresa utiliza es el proveniente de árboles que quedaron cubiertos bajos las marismas hace entre 30.000 y 50.000 años aproximadamente, muertos pero con su madera intacta, como pudimos ver, como si fuera una momia embalsamada. Son troncos inmensos con los que incluso han hecho una escalera de caracol (dentro del tronco). Los muebles son una pasada, pero muy exclusivos y por tanto, de elevado precio.
De ahí nos llevaron a uno de los mejores sitios para tomar Fish and Chips en la Isla Norte. Se llama Mangonui Fish Shop, y está, obviamente, en Mangonui, un pueblecito pesquero en Doubtless Bay. Las patatas fritas son del montón, pero el pescado está muy bueno, puesto que en realidad lo pescan ellos mismos en el día y cada día puede “tocarte” un pescado diferente. El que tomamos nosotros era “bluenose”, con una carne muy consistente pero un buen sabor a pescado. Todo esto para dos personas por 7 euritos. Bueno y barato. Y encima bonito, porque en lugar de llevártelo a tu casa, te lo puedes tomar en una terraza de madera sobre el mar (ese día estaba cubierta por unos plásticos transparentes), y contemplar la bahía. Muy relajante.
Ya para terminar, nos fuimos a ver un ejemplar de kauri que se encuentra en el Bosque de Puketi, y que tiene unos quinientos años de antigüedad. Era enorme, pero nada que ver con lo que al día siguiente podríamos contemplar en el Bosque de Waipoua. Aún así, y eso que estaba lloviendo a cántaros, fue un paseo bonito (caminar en el bosque siempre es como llevar un paraguas).
A las seis más o menos nos dejaron en Paihia y cogimos la autocaravana para volver al camping de Kerikeri, ya que de noche y con lluvia preferimos no arriesgarnos. Además, Vicky había hecho un amiguito peludo allí y quería verlo otra vez (se llamaba “boliche”, y era blanco y tenía bigotes, ¿qué era?).
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