Hoy cuando nos levantamos en Reefton también estaba lloviendo. Parece que no nos vamos a quitar ese “muerto” hasta que dejemos la Isla Sur, al paso que vamos… Estamos tan malhumorados que no nos detenemos en ver Reefton y tampoco nos damos cuenta de que no tenemos demasiada gasolina en el depósito.
Nos encaminamos hacia la ciudad costera de Westport, a través de la magnífica garganta del río Buller, un enorme río bastante caudaloso que corre hacia el Mar de Tasmania entre montañas y bosques cerrados. Nos damos cuenta de la poca gasolina que tenemos y rezamos para que sea suficiente para recorrer los 90 km hasta Westport… En NZ hay que llevar cuidado con el tema de las gasolineras, dado que no hay en todos los pueblos.
Finalmente llegamos a Westport y parece incluso que el día se arregla un poco. Hay algunos claros entre las nubes cuando tocamos la costa. Encaminamos nuestra caravana hacia el Cabo Foulwind (“viento en contra”), donde atracaron primero Abel Tasman, explorador holandés que dio su nombre a la famosa Isla y el mar homónimo, entre otras cosas, y luego por el pesado del Capitán Cook, que está hasta en la sopa en los mares del Sur… En fin, como suele pasar, aunque el holandés llegó antes, el nombre que le dio el inglés tras sufrir una terrible tormenta frente a estas costas, fue el que hizo fortuna y así se quedó: Cape Foulwind. Subimos hasta el faro que hay en lo alto del cabo y las vistas (y el viento) nos mostraron el por qué de este nombre. Es un tramo de costa salpicado de muchos peñascos y acantilados, con traicioneros vientos soplando todo el tiempo. Una buena vista. Desde aquí se puede llegar hasta Tauranga Bay por un camino costero (1 hora) pero como soplaba muchísimo el viento decidimos ir en coche.
A unos quince minutos o menos se encuentra Bahía Tauranga, una zona natural protegida porque es una colonia de pingüinos azules, y de kekenos (focas de Nueva Zelanda). Los pingüinos llegan al caer el sol, pero se puede caminar unos 20 minutos por un camino que bordea los acantilados hasta la colonia de focas. Nosotros tuvimos mucha suerte, y vimos más de 80 especímenes. Incluso vimos una pelea entre dos de ellas por un sitio entre las rocas para tomar el sol. Vamos, como pasa en las playas de España para plantar la sombrilla en agosto… Fue muy entretenido, y la zona de acantilados, con el mar de Tasmania rompiendo también es muy fotogénica y espectacular.
Tratamos de tomar un café en la bahía pero el restaurante “Bay House Café” se encuentra cerrado varios días de la semana en invierno (o sea, ahora). Así que nuevamente cogimos caminito y nos bajamos, via Charleston, hacia las rocas de Punakaiki.
La carretera de la costa es una pasada, pero desde luego, conducir por aquí la autocaravana es bastante complicado. Yo ya le he cogido el tranquillo pero hay multitud de curvas de 180º, firme en mal estado y pasos y puentes de un solo sentido (hay que esperar a que pase el que viene de frente). Incluso un día llegamos a encontrar un puente que compartíamos con la vía del ferrocarril… Tras casi una hora de camino llegamos por fin al aparcamiento que hay frente a las rocas, donde nos asaltaron varios wekas, otro pájaro zancudo típico de aquí, aunque yo me sigo quedando con el pukeko…
El circuito de las rocas Punakaiki (las conocidas como “Pancake Rocks”) dura en teoría unos 30 minutos, pero podríamos haber pasado toda la mañana. Gracias a un proceso de formación de capas y erosión, la caliza del Dolomite Point ha creado lo que parecen montones de gruesos crepes. Entre estas rocas hay multitud de respiraderos por donde se cuela por igual el viento y el mar con fuerza. Las formas de las rocas llegan a ser tan curiosas que parecen crear figuras de animales y todo. Realmente una pasada. Lo malo es que si en invierno había bastante turista, en verano debe ser una locura.
Fuimos al centro de información de Punakaiki, interesados en hacer la ruta “Fox River Tourist Cave”, de 3 horas, pero el desbordamiento del río había hecho imposible hacer la ruta. Incluso unos operarios que tenían que realizar unas obras habían tenido que volverse atrás.
Vuelta a la carretera de nuevo, hicimos la misma ruta que por la mañana, aunque la práctica hizo que fuéramos más rápido. Al llegar cerca de la desviación hacia Reefton, continuamos por la SH6 hacia Murchison. Como llevábamos muchos km en el cuerpo, decidimos no continuar hasta Motueka (150 km más) y dormir en el Top10 de Murchison. Eso sí, antes de llegar al pueblo de Murchison, Vicky había localizado el puente oscilante más largo de NZ (110 metros), así que hicimos una parada para cruzar el río Buller (aquí incluso era más caudaloso). Se puede volver con una tirolina de 160 metros pero estaba cerrada (sólo se usa en verano). Vickyy se quedó con ganas de usarla… La verdad es que no lo recomendamos a la gente que tenga vértigo. Si miras para abajo, las aguas del río surcan la garganta a toda velocidad, con un estruendo enorme al chocar contra las paredes de roca. Encima, empezó a llover con fuerza cuando estábamos sobre el puente… Teníamos las manos heladas, pero lo pasamos muy bien. En el otro lado se pueden hacer unos circuitos a pie y ponerse a buscar oro con una batea… En fin, nosotros ya íbamos con poco tiempo, así que rápidamente volvimos a la carretera.
En el camping de Murchison, el wireless no funcionaba bien, así que en su lugar, Vicky se puso a dar de comer a las ovejas, corderitos, patos, venados, avestruces y a todo el que se pusiera por delante. Como premio, el granjero, que era el dueño del camping, le obsequió con un huevo de pato recién “parido”. Fue muy divertido. Una pareja mayor de turistas también estuvieron dando de comer a los animales. Pero empezó a llover de nuevo, e incluso a granizar unos segundos, así que plegamos velas y volvimos a la caravana.
Cuando paró, nos fuimos a tomar algo al pueblo, que estaba prácticamente muerto y eso que eran las 18:00 de la tarde sólo. Cenamos en el Commercial Hotel, el edificio que vio nacer el pueblo de Murchison y donde incluso el Príncipe de Gales cenó unos fish and chips (como Vicky) en 1920. Todo muy bueno.
Bastante cansados, nos fuimos a dormir con la esperanza que en el Norte de la Isla Sur, donde iríamos al día siguiente, hiciera buen tiempo. Al menos hoy habíamos disfrutado de algunas (pocas) horitas de sol, pero luego había vuelto a llover.
Nos encaminamos hacia la ciudad costera de Westport, a través de la magnífica garganta del río Buller, un enorme río bastante caudaloso que corre hacia el Mar de Tasmania entre montañas y bosques cerrados. Nos damos cuenta de la poca gasolina que tenemos y rezamos para que sea suficiente para recorrer los 90 km hasta Westport… En NZ hay que llevar cuidado con el tema de las gasolineras, dado que no hay en todos los pueblos.
Finalmente llegamos a Westport y parece incluso que el día se arregla un poco. Hay algunos claros entre las nubes cuando tocamos la costa. Encaminamos nuestra caravana hacia el Cabo Foulwind (“viento en contra”), donde atracaron primero Abel Tasman, explorador holandés que dio su nombre a la famosa Isla y el mar homónimo, entre otras cosas, y luego por el pesado del Capitán Cook, que está hasta en la sopa en los mares del Sur… En fin, como suele pasar, aunque el holandés llegó antes, el nombre que le dio el inglés tras sufrir una terrible tormenta frente a estas costas, fue el que hizo fortuna y así se quedó: Cape Foulwind. Subimos hasta el faro que hay en lo alto del cabo y las vistas (y el viento) nos mostraron el por qué de este nombre. Es un tramo de costa salpicado de muchos peñascos y acantilados, con traicioneros vientos soplando todo el tiempo. Una buena vista. Desde aquí se puede llegar hasta Tauranga Bay por un camino costero (1 hora) pero como soplaba muchísimo el viento decidimos ir en coche.
A unos quince minutos o menos se encuentra Bahía Tauranga, una zona natural protegida porque es una colonia de pingüinos azules, y de kekenos (focas de Nueva Zelanda). Los pingüinos llegan al caer el sol, pero se puede caminar unos 20 minutos por un camino que bordea los acantilados hasta la colonia de focas. Nosotros tuvimos mucha suerte, y vimos más de 80 especímenes. Incluso vimos una pelea entre dos de ellas por un sitio entre las rocas para tomar el sol. Vamos, como pasa en las playas de España para plantar la sombrilla en agosto… Fue muy entretenido, y la zona de acantilados, con el mar de Tasmania rompiendo también es muy fotogénica y espectacular.
Tratamos de tomar un café en la bahía pero el restaurante “Bay House Café” se encuentra cerrado varios días de la semana en invierno (o sea, ahora). Así que nuevamente cogimos caminito y nos bajamos, via Charleston, hacia las rocas de Punakaiki.
La carretera de la costa es una pasada, pero desde luego, conducir por aquí la autocaravana es bastante complicado. Yo ya le he cogido el tranquillo pero hay multitud de curvas de 180º, firme en mal estado y pasos y puentes de un solo sentido (hay que esperar a que pase el que viene de frente). Incluso un día llegamos a encontrar un puente que compartíamos con la vía del ferrocarril… Tras casi una hora de camino llegamos por fin al aparcamiento que hay frente a las rocas, donde nos asaltaron varios wekas, otro pájaro zancudo típico de aquí, aunque yo me sigo quedando con el pukeko…
El circuito de las rocas Punakaiki (las conocidas como “Pancake Rocks”) dura en teoría unos 30 minutos, pero podríamos haber pasado toda la mañana. Gracias a un proceso de formación de capas y erosión, la caliza del Dolomite Point ha creado lo que parecen montones de gruesos crepes. Entre estas rocas hay multitud de respiraderos por donde se cuela por igual el viento y el mar con fuerza. Las formas de las rocas llegan a ser tan curiosas que parecen crear figuras de animales y todo. Realmente una pasada. Lo malo es que si en invierno había bastante turista, en verano debe ser una locura.
Fuimos al centro de información de Punakaiki, interesados en hacer la ruta “Fox River Tourist Cave”, de 3 horas, pero el desbordamiento del río había hecho imposible hacer la ruta. Incluso unos operarios que tenían que realizar unas obras habían tenido que volverse atrás.
Vuelta a la carretera de nuevo, hicimos la misma ruta que por la mañana, aunque la práctica hizo que fuéramos más rápido. Al llegar cerca de la desviación hacia Reefton, continuamos por la SH6 hacia Murchison. Como llevábamos muchos km en el cuerpo, decidimos no continuar hasta Motueka (150 km más) y dormir en el Top10 de Murchison. Eso sí, antes de llegar al pueblo de Murchison, Vicky había localizado el puente oscilante más largo de NZ (110 metros), así que hicimos una parada para cruzar el río Buller (aquí incluso era más caudaloso). Se puede volver con una tirolina de 160 metros pero estaba cerrada (sólo se usa en verano). Vickyy se quedó con ganas de usarla… La verdad es que no lo recomendamos a la gente que tenga vértigo. Si miras para abajo, las aguas del río surcan la garganta a toda velocidad, con un estruendo enorme al chocar contra las paredes de roca. Encima, empezó a llover con fuerza cuando estábamos sobre el puente… Teníamos las manos heladas, pero lo pasamos muy bien. En el otro lado se pueden hacer unos circuitos a pie y ponerse a buscar oro con una batea… En fin, nosotros ya íbamos con poco tiempo, así que rápidamente volvimos a la carretera.
En el camping de Murchison, el wireless no funcionaba bien, así que en su lugar, Vicky se puso a dar de comer a las ovejas, corderitos, patos, venados, avestruces y a todo el que se pusiera por delante. Como premio, el granjero, que era el dueño del camping, le obsequió con un huevo de pato recién “parido”. Fue muy divertido. Una pareja mayor de turistas también estuvieron dando de comer a los animales. Pero empezó a llover de nuevo, e incluso a granizar unos segundos, así que plegamos velas y volvimos a la caravana.
Cuando paró, nos fuimos a tomar algo al pueblo, que estaba prácticamente muerto y eso que eran las 18:00 de la tarde sólo. Cenamos en el Commercial Hotel, el edificio que vio nacer el pueblo de Murchison y donde incluso el Príncipe de Gales cenó unos fish and chips (como Vicky) en 1920. Todo muy bueno.
Bastante cansados, nos fuimos a dormir con la esperanza que en el Norte de la Isla Sur, donde iríamos al día siguiente, hiciera buen tiempo. Al menos hoy habíamos disfrutado de algunas (pocas) horitas de sol, pero luego había vuelto a llover.
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