Nuevamente nos levantamos temprano para coger la carretera de la costa a Kaiteriteri (son unos 14 km). Como tenemos que estar allí a las nueve, salimos con bastante tiempo para no andar con prisas. Además nos conocemos cómo son las carreteras en el sur, sobre todo si hay costa o montañas de por medio (estrechas, sin arcén, curvas sin cesar…). La idea era llegar a Kaiteriteri y tomarnos un café allí. Sin embargo, la cosa no resulta como esperamos porque en invierno el café de la playa (el único que hay) no abre hasta las 10, así que nos acercamos a la tienda del pueblo y nos cogemos uno de máquina, que la verdad no estaba mal. Como hace sol, nos vamos con nuestro café a sentarnos en un banco de la playa, rodeados de gaviotas y… patos!! Kaiteriteri es una de las puertas al parque nacional de Abel Tasman, una pequeña bahía rodeada de casas muy cucas, enormes y con unas vistas magníficas. ç
Los de la compañía de kayaks (Wilson) nos habían dicho de esperar en la playa, y sobre las 9:15 llega un barco tipo catamarán que llega prácticamente hasta la arena (gracias a que la marea estaba alta). Sueltan una pasarela y subimos. Los water-taxis, como los llaman por aquí, es la única forma de recorrer las distintas zonas de Abel Tasman. No hay carreteras, sólo rutas para trekking y multitud de bahías de arena dorada. En verano se pone hasta la bandera, pero ahora lo vemos tranquilamente, parece que estemos en otro mundo. Sólo se oyen los pájaros y el murmullo del mar. Una pasada. Además, hemos tenido mucha suerte porque nos hace un sol tremendo (nos hemos puesto protección solar) y no hay viento. Aquí hay que tener cuidado con el sol en verano, donde los 30º son engañosos. A los diez minutos puedes haberte quemado. De hecho, nuestro guía para el día de kayak, Adam, nos comentó que 1 de cada 4 neozelandeses tienen algún tipo de problema cancerígeno en la piel, causado por el sol.
Nos llevaron en barco hasta Anchorage Bay, donde una lancha nos acercó a la playa. De camino vimos varias formaciones rocosas muy curiosas, como una roca totalmente redonda partida por la mitad, como una sandía. Por cierto, la lancha tenía algo de agua dentro, completamente helada, así que tuvimos que descalzarnos (botas y calcetines) para meternos en ella. Nos dijeron que pensáramos que estábamos en el trópico, pero por mucho que nos imagináramos las playas de Cayo Coco aquello seguía helado… Una vez en la playa, Adam nos llevó a los dos a una especie de albergue que la empresa Wilson´s tiene en la bahía, donde recogimos los kayaks, nos equipamos con chalecos, chaquetas de kayaking impermeables y una funda para evitar que el agua entrara en el kayak. Metimos las cosas y provisiones en bolsas impermeables y nos preparamos para nuestro día de remo.
Primero fuimos saliendo de la bahía y remando junto a la costa hasta la bahía del francés, llamada así porque el explorador galo D´Urville llegó a ella para calcular con su astrolabio la ruta a seguir. De ahí nos acercamos a una isla cercana, en la que se encuentra una colonia de focas. Vimos un montón, pero eran todas hembras y cachorros, dado que no se juntan con los machos salvo en la época de apareamiento. Las focas están embarazadas unos 11 meses al año!! Por eso, se pasan buscando comida horas y horas para ellas, para el que llevan dentro y para el que acaba de nacer… qué vida más perra! Y luego se quejan algunas…
De vez en cuando, Adam gritaba “penguin!” y rápidamente mirábamos para ver a un pequeño pingüino azul tomar aire y zambullirse para seguir pescando. Tuvimos suerte, puesto que en los últimos meses no se habían dejado ver mucho. También estuvimos viendo varios tipos de cormoranes. Incluso a unos cuantos que estaban cortejando a una hembra, con su cresta levantada, luciéndose como gallos.
Para comer, nos acercamos a una bahía sagrada para los maoríes, puesto que detrás de la playa hay un cementerio maorí. Estaba totalmente desierta y en silencio. Una gozada. Mientras comíamos, Adam se adentró en el bosque y nos trajo hojas del árbol del té y una especie de espárrago salvaje, todo comestible. La hoja mascada sabía fuerte pero el espárrago sabía igual que los guisantes!!
Luego de comer volvimos a embarcarnos en el kayak, para hacer un poco de travesía en mar abierto. Ahí fue el único momento del día que se nubló un poco, y empezó a hacer viento, lo que dificultaba bastante el remar. Así las cosas, tras un nuevo recorrido por la costa viendo, estrellas de mar, mejillones y focas, además de muchas aves, volvimos a la playa de Anchorage Bay para la recogida por el barco. Allí Adam nos enseñó el llamado “oro de los idiotas” (Fool´s gold), que abunda en todas las playas de Abel Tasman en cantidades industriales, que no es otra cosa que pirita. Lo que sucede es que brilla como el oro bajo el sol. Es una caña, mueves la arena y sale multitud de pirita granulada…
Ya de vuelta en Kaiteriteri, con las botas algo mojadas (por la baja marea el barco tuvo que atracar a unos metros de la arena y tuvimos que mojarnos), volvimos a la caravana con la idea de avanzar todo lo posible antes de dormir, dado que al día siguiente teníamos ferry.
La carretera va desde Motuela hasta Picton, pasando por Richmond y Nelson, y unas zonas costeras muy agradables. En general es una carretera bastante recta y bien asfaltada. Aún así, llegamos a Havelock cuando ya anochecía. La idea de parar aquí no era sólo porque está a 26 km de Picton por la Queen Charlotte Driving Road, sino porque es la capital de los mejillones de labios verdes, según nos había contado Adam!!
Aprovechamos las indicaciones de la Lonely Planet y cenamos en “The Mussel Pot”: buen precio y unos mejillones exquisitos en un lugar que tiene aires de taberna. Llegamos justo media hora antes del cierre, menos mal. Luego volvimos al camping, que estaba junto al pequeño puerto de Havelock, muy tranquilo, y nos preparamos para dormir y descansar antes de pasar nuestras últimas horas en la Isla Sur.
Los de la compañía de kayaks (Wilson) nos habían dicho de esperar en la playa, y sobre las 9:15 llega un barco tipo catamarán que llega prácticamente hasta la arena (gracias a que la marea estaba alta). Sueltan una pasarela y subimos. Los water-taxis, como los llaman por aquí, es la única forma de recorrer las distintas zonas de Abel Tasman. No hay carreteras, sólo rutas para trekking y multitud de bahías de arena dorada. En verano se pone hasta la bandera, pero ahora lo vemos tranquilamente, parece que estemos en otro mundo. Sólo se oyen los pájaros y el murmullo del mar. Una pasada. Además, hemos tenido mucha suerte porque nos hace un sol tremendo (nos hemos puesto protección solar) y no hay viento. Aquí hay que tener cuidado con el sol en verano, donde los 30º son engañosos. A los diez minutos puedes haberte quemado. De hecho, nuestro guía para el día de kayak, Adam, nos comentó que 1 de cada 4 neozelandeses tienen algún tipo de problema cancerígeno en la piel, causado por el sol.
Nos llevaron en barco hasta Anchorage Bay, donde una lancha nos acercó a la playa. De camino vimos varias formaciones rocosas muy curiosas, como una roca totalmente redonda partida por la mitad, como una sandía. Por cierto, la lancha tenía algo de agua dentro, completamente helada, así que tuvimos que descalzarnos (botas y calcetines) para meternos en ella. Nos dijeron que pensáramos que estábamos en el trópico, pero por mucho que nos imagináramos las playas de Cayo Coco aquello seguía helado… Una vez en la playa, Adam nos llevó a los dos a una especie de albergue que la empresa Wilson´s tiene en la bahía, donde recogimos los kayaks, nos equipamos con chalecos, chaquetas de kayaking impermeables y una funda para evitar que el agua entrara en el kayak. Metimos las cosas y provisiones en bolsas impermeables y nos preparamos para nuestro día de remo.
Primero fuimos saliendo de la bahía y remando junto a la costa hasta la bahía del francés, llamada así porque el explorador galo D´Urville llegó a ella para calcular con su astrolabio la ruta a seguir. De ahí nos acercamos a una isla cercana, en la que se encuentra una colonia de focas. Vimos un montón, pero eran todas hembras y cachorros, dado que no se juntan con los machos salvo en la época de apareamiento. Las focas están embarazadas unos 11 meses al año!! Por eso, se pasan buscando comida horas y horas para ellas, para el que llevan dentro y para el que acaba de nacer… qué vida más perra! Y luego se quejan algunas…
De vez en cuando, Adam gritaba “penguin!” y rápidamente mirábamos para ver a un pequeño pingüino azul tomar aire y zambullirse para seguir pescando. Tuvimos suerte, puesto que en los últimos meses no se habían dejado ver mucho. También estuvimos viendo varios tipos de cormoranes. Incluso a unos cuantos que estaban cortejando a una hembra, con su cresta levantada, luciéndose como gallos.
Para comer, nos acercamos a una bahía sagrada para los maoríes, puesto que detrás de la playa hay un cementerio maorí. Estaba totalmente desierta y en silencio. Una gozada. Mientras comíamos, Adam se adentró en el bosque y nos trajo hojas del árbol del té y una especie de espárrago salvaje, todo comestible. La hoja mascada sabía fuerte pero el espárrago sabía igual que los guisantes!!
Luego de comer volvimos a embarcarnos en el kayak, para hacer un poco de travesía en mar abierto. Ahí fue el único momento del día que se nubló un poco, y empezó a hacer viento, lo que dificultaba bastante el remar. Así las cosas, tras un nuevo recorrido por la costa viendo, estrellas de mar, mejillones y focas, además de muchas aves, volvimos a la playa de Anchorage Bay para la recogida por el barco. Allí Adam nos enseñó el llamado “oro de los idiotas” (Fool´s gold), que abunda en todas las playas de Abel Tasman en cantidades industriales, que no es otra cosa que pirita. Lo que sucede es que brilla como el oro bajo el sol. Es una caña, mueves la arena y sale multitud de pirita granulada…
Ya de vuelta en Kaiteriteri, con las botas algo mojadas (por la baja marea el barco tuvo que atracar a unos metros de la arena y tuvimos que mojarnos), volvimos a la caravana con la idea de avanzar todo lo posible antes de dormir, dado que al día siguiente teníamos ferry.
La carretera va desde Motuela hasta Picton, pasando por Richmond y Nelson, y unas zonas costeras muy agradables. En general es una carretera bastante recta y bien asfaltada. Aún así, llegamos a Havelock cuando ya anochecía. La idea de parar aquí no era sólo porque está a 26 km de Picton por la Queen Charlotte Driving Road, sino porque es la capital de los mejillones de labios verdes, según nos había contado Adam!!
Aprovechamos las indicaciones de la Lonely Planet y cenamos en “The Mussel Pot”: buen precio y unos mejillones exquisitos en un lugar que tiene aires de taberna. Llegamos justo media hora antes del cierre, menos mal. Luego volvimos al camping, que estaba junto al pequeño puerto de Havelock, muy tranquilo, y nos preparamos para dormir y descansar antes de pasar nuestras últimas horas en la Isla Sur.
No hay comentarios:
Publicar un comentario