Finalmente decidimos no ir a la Península de Coromandel, y no porque no hubiera nada que ver, sino porque a estas alturas ya hemos aprendido que más vale ver un par de cosas bien vistas y disfrutarlas, en lugar de ir corriendo y agotados sin ver nada bien. Así que no madrugamos demasiado por una vez y, tras desayunar, nos dirigimos al centro de la ciudad de los huevos podridos, Rotorua.
Fuimos primero a tomar un café, y de ahí nos acercamos al lago, que si bien no es especialmente bonito (está bien y nada más), se encuentra rodeado de un parque muy relajante, junto a un embarcadero, lleno de patos, gaviotas de varios tipos y cisnes negros, muy comunes en Nueva Zelanda. Vimos a muchos neozelandeses caminando alrededor del lago y otros que se sentaban en sus coches con un café para llevar y se relajaban un poco antes de ir a trabajar. Es evidente que cuanto más viaja uno, más se da cuenta de lo paletos que somos los españoles cuando decimos “¡Como en España no se vive en ningún sitio!”. Aquí trabajan menos horas, o al menos se organizan mejor, son más productivos y nunca se les ve particularmente estresados. Nunca hay un pedazo de naturaleza muy lejos de sus vidas. Todos viven en casitas con jardín (de las de verdad), mucho más grandes que los bungalows nuestros, que además tienen precios inferiores… Yo me venía aquí enseguida.
Volviendo al lago Rotorua, éste es el mayor de los 16 lagos de la región y, por debajo de toda su agua, se encuentra un volcán extinto. Junto al lago, se encuentran los denominados “Government Gardens”, de estilo inglés, y que se extienden alrededor del Museo. Incluyen abundantes rosales, e instalaciones tales como campos de croquet, pistas de bolos y piscinas termales, así como campo de golf, minigolf y béisbol.
El edificio del museo es absolutamente espectacular, de lo bonito que es, de estilo tudor, y que podría encontrase en Oxford o ciudades inglesas similares. Abiertos en 1933, eran unos antiguos baños terapéuticos. Hoy se puede visitar un pequeño museo que celebra la edad dorada del edificio, con documentales, piscina climatizada, un mirador, y un bonito café. El entorno invita a coger un libro, sentarse junto a su fachada y disfrutar del verde del parque y del colorido de sus innumerables flores.
A partir de ahí, cogimos tranquilamente la carretera hacia Matamata, un perfecto ejemplo de cómo se puede exportar la campiña inglesa al resto del mundo. Matamata sólo era conocida por los amantes de los caballos de Australasia, puesto que se encuentran en este pueblo muchos de los mejores establos de caballos de carreras del hemisferio sur. No obstante, llegó el bueno de Peter Jackson y decidió que iba a convertir a este pueblo de 8000 habitantes en el imán del turismo extranjero. Se convirtió en Hobbiton, el pequeño pueblo campestre hogar de los hobbits descrito por Tolkien. Así, Matamata fue un lugar estupendo para vivir durante los años 2000 a 2003 más o menos, si uno era bajito y mofletudo. Más de 300 habitantes salieron como extras en la película. Nosotros íbamos mirando las caras de la gente a ver si nos sonaba alguno de la peli, pero no hubo suerte. Al que sí encontramos por allí, al lado de un enorme cartel que nos daba la bienvenida a “Hobbiton” fue al famosísimo Gollum (sí el de “mi tesssssoooooroooo”), convertido en una estupenda estatua de piedra. Probablemente es el elemento más fotografiado del pueblo.
No fuimos al lugar donde se filmó la peli, puesto que se trataba de un tour de 2 horas y media, de las que sólo media hora se pasaba en los decorados (que no son más que unas tablas blancas tapando los agujeros de la colina, puesto que el resto de decorados se retiró al terminar el rodaje). El resto del tiempo se pasaba en una granja viendo esquilar ovejas, así que…como que no. Lo que sí hicimos es comprarme un gorro y una bufanda de recuerdo, así como una cerveza de la marca que tomaron los actores en el rodaje (llamada desde entonces The SobeRing Thought).
En el I-site de Matamata nos indicaron el camino hacia las Wairere Falls, unas espectaculares (cómo no!) cascadas de 105 metros de altura. Dejamos la caravana en el aparcamiento desde el que empieza la caminata (hora y media larga de ida y vuelta hasta el mirador) y empezamos la subida. Se trata de una caminata bastante exigente, con continuas subidas e incluso un tramo de escaleras (literales) con 50 peldaños. El paisaje, una vez más, es magnífico durante todo el recorrido, vadeando varias veces el río Wairere con sus rápidos y demás, todo a través de un densísimo bosque, con helechos de más de 5 o 6 metros de altura. El ascenso fue duro pero valió realmente la pena el esfuerzo. Se puede subir hasta la cima por la que caen las cascadas, pero se trata de otra hora y media (ida y vuelta) adicional desde el mirador, realmente empinada y decidimos que ya estábamos bastante cansados. Además, queríamos coger ya camino hacia el norte, así que volvimos a la autocaravana y de ahí al pueblecito de Cambridge.
En Cambridge paramos a tomar algo en Deli on the corner, en Victoria Street. El café no era muy allá, pero las cosa de comer del menú están exquisitas. En Cambridge pretenden ser muy ingleses, con plazas verdes, avenidas flanqueadas por magníficos árboles exóticos y una cantidad indecente de casas de falso estilo tudor. Nosotros no tuvimos mucho tiempo para ver nada, pero parecía un pueblo agradable por el que pasear.
De ahí cogimos camino a Whangarei, ciudad que se encuentra al norte de Auckland. Al pasar de largo por dicha ciudad pudimos efectivamente comprobar que ésta es LA CIUDAD de Nueva Zelanda. Aún así, la travesía por las distintas circunvalaciones fue muy cómoda y rápida. Vimos de cerca la famosa Sky Tower y parte del puerto deportivo con sus innumerables yates. Ya contaremos más dentro de unos días cuando volvamos.
Nuevamente nos pegamos un poco de paliza hasta alcanzar Whangarei, ya de noche. Algo de la ciudad y sus alrededores la visitaríamos al día siguiente, antes de encaminarnos hacia la zona conocida como Bay of Islands (Bahía de las islas).
Fuimos primero a tomar un café, y de ahí nos acercamos al lago, que si bien no es especialmente bonito (está bien y nada más), se encuentra rodeado de un parque muy relajante, junto a un embarcadero, lleno de patos, gaviotas de varios tipos y cisnes negros, muy comunes en Nueva Zelanda. Vimos a muchos neozelandeses caminando alrededor del lago y otros que se sentaban en sus coches con un café para llevar y se relajaban un poco antes de ir a trabajar. Es evidente que cuanto más viaja uno, más se da cuenta de lo paletos que somos los españoles cuando decimos “¡Como en España no se vive en ningún sitio!”. Aquí trabajan menos horas, o al menos se organizan mejor, son más productivos y nunca se les ve particularmente estresados. Nunca hay un pedazo de naturaleza muy lejos de sus vidas. Todos viven en casitas con jardín (de las de verdad), mucho más grandes que los bungalows nuestros, que además tienen precios inferiores… Yo me venía aquí enseguida.
Volviendo al lago Rotorua, éste es el mayor de los 16 lagos de la región y, por debajo de toda su agua, se encuentra un volcán extinto. Junto al lago, se encuentran los denominados “Government Gardens”, de estilo inglés, y que se extienden alrededor del Museo. Incluyen abundantes rosales, e instalaciones tales como campos de croquet, pistas de bolos y piscinas termales, así como campo de golf, minigolf y béisbol.
El edificio del museo es absolutamente espectacular, de lo bonito que es, de estilo tudor, y que podría encontrase en Oxford o ciudades inglesas similares. Abiertos en 1933, eran unos antiguos baños terapéuticos. Hoy se puede visitar un pequeño museo que celebra la edad dorada del edificio, con documentales, piscina climatizada, un mirador, y un bonito café. El entorno invita a coger un libro, sentarse junto a su fachada y disfrutar del verde del parque y del colorido de sus innumerables flores.
A partir de ahí, cogimos tranquilamente la carretera hacia Matamata, un perfecto ejemplo de cómo se puede exportar la campiña inglesa al resto del mundo. Matamata sólo era conocida por los amantes de los caballos de Australasia, puesto que se encuentran en este pueblo muchos de los mejores establos de caballos de carreras del hemisferio sur. No obstante, llegó el bueno de Peter Jackson y decidió que iba a convertir a este pueblo de 8000 habitantes en el imán del turismo extranjero. Se convirtió en Hobbiton, el pequeño pueblo campestre hogar de los hobbits descrito por Tolkien. Así, Matamata fue un lugar estupendo para vivir durante los años 2000 a 2003 más o menos, si uno era bajito y mofletudo. Más de 300 habitantes salieron como extras en la película. Nosotros íbamos mirando las caras de la gente a ver si nos sonaba alguno de la peli, pero no hubo suerte. Al que sí encontramos por allí, al lado de un enorme cartel que nos daba la bienvenida a “Hobbiton” fue al famosísimo Gollum (sí el de “mi tesssssoooooroooo”), convertido en una estupenda estatua de piedra. Probablemente es el elemento más fotografiado del pueblo.
No fuimos al lugar donde se filmó la peli, puesto que se trataba de un tour de 2 horas y media, de las que sólo media hora se pasaba en los decorados (que no son más que unas tablas blancas tapando los agujeros de la colina, puesto que el resto de decorados se retiró al terminar el rodaje). El resto del tiempo se pasaba en una granja viendo esquilar ovejas, así que…como que no. Lo que sí hicimos es comprarme un gorro y una bufanda de recuerdo, así como una cerveza de la marca que tomaron los actores en el rodaje (llamada desde entonces The SobeRing Thought).
En el I-site de Matamata nos indicaron el camino hacia las Wairere Falls, unas espectaculares (cómo no!) cascadas de 105 metros de altura. Dejamos la caravana en el aparcamiento desde el que empieza la caminata (hora y media larga de ida y vuelta hasta el mirador) y empezamos la subida. Se trata de una caminata bastante exigente, con continuas subidas e incluso un tramo de escaleras (literales) con 50 peldaños. El paisaje, una vez más, es magnífico durante todo el recorrido, vadeando varias veces el río Wairere con sus rápidos y demás, todo a través de un densísimo bosque, con helechos de más de 5 o 6 metros de altura. El ascenso fue duro pero valió realmente la pena el esfuerzo. Se puede subir hasta la cima por la que caen las cascadas, pero se trata de otra hora y media (ida y vuelta) adicional desde el mirador, realmente empinada y decidimos que ya estábamos bastante cansados. Además, queríamos coger ya camino hacia el norte, así que volvimos a la autocaravana y de ahí al pueblecito de Cambridge.
En Cambridge paramos a tomar algo en Deli on the corner, en Victoria Street. El café no era muy allá, pero las cosa de comer del menú están exquisitas. En Cambridge pretenden ser muy ingleses, con plazas verdes, avenidas flanqueadas por magníficos árboles exóticos y una cantidad indecente de casas de falso estilo tudor. Nosotros no tuvimos mucho tiempo para ver nada, pero parecía un pueblo agradable por el que pasear.
De ahí cogimos camino a Whangarei, ciudad que se encuentra al norte de Auckland. Al pasar de largo por dicha ciudad pudimos efectivamente comprobar que ésta es LA CIUDAD de Nueva Zelanda. Aún así, la travesía por las distintas circunvalaciones fue muy cómoda y rápida. Vimos de cerca la famosa Sky Tower y parte del puerto deportivo con sus innumerables yates. Ya contaremos más dentro de unos días cuando volvamos.
Nuevamente nos pegamos un poco de paliza hasta alcanzar Whangarei, ya de noche. Algo de la ciudad y sus alrededores la visitaríamos al día siguiente, antes de encaminarnos hacia la zona conocida como Bay of Islands (Bahía de las islas).
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