lunes, 14 de septiembre de 2009

Auckland


Nos levantamos temprano, y sin que Vicky me dejara darme una de mis macro duchas de agua caliente, nos medio arreglamos y nos dirigimos a la parada del bus. Nos habían dicho que sacando un “day pass” puedes coger el autobús y el ferry las veces que quieras en el día. Efectivamente, cogimos el autobús 813 (que a hora punta pasa cada 15 minutos) en el centro de Takapuna, y nos dejó en Davenport, justo frente a la Terminal del ferry que lleva a Auckland. Además, están coordinados por lo que el ferry no sale hasta que llega el autobús. A esa hora el ferry iba lleno, porque mucha gente bajaba a trabajar a la ciudad. En escasos 15 minutos cruzamos la bahía desde la North Shore y atracamos en la Terminal del ferry que está frente a Queen Street, una de las arterias del centro de la ciudad. Además, junto a los muelles se encuentra la estación de autobuses llamada Britomart, por lo que todo está muy bien comunicado.

Salimos de la Terminal y nos encaminamos hacia Queen Street, parando un par de manzanas después a tomar el desayuno (ese día no lo habíamos tomado en la caravana). Tras ese pequeño parón, vimos que estábamos relativamente cerca de la Catedral de San Patricio, así que hacia allí fuimos. Desde la entrada de la catedral se puede ver la Sky Tower, probablemente la edificación más famosa de Nueva Zelanda, con sus 238 metros de altura, el edificio más alto del hemisferio sur, más alta que la Torre Eiffel. La catedral es bonita, de estilo neogótico. Una parte data de 1848 y el resto se añadió a finales del siglo XIX hasta su consagración como catedral en 1908. Recuerda a las típicas iglesias inglesas, pero, al igual que la catedral de San Patricio de Nueva York, destaca entre los rascacielos de acero, hormigón y cristal. Lo más llamativo es su techo interior, todo un artesonado de madera oscura.

De ahí nos hemos ido directos a la Sky Tower, donde además si quieres gastarte 100 euritos puedes saltar haciendo algo parecido al bungy jumping (puenting), que aquí llaman “sky jump”. Nosotros pagamos 30 por los dos y subimos a los observatorios (el más alto a 202 metros de altura). Los oídos se taponan al subir en el ascensor, que es de esos exteriores, por lo que mientras subes vas viendo ya la ciudad alejarse… La torre tiene 1029 escalones, y aunque a ritmo normal uno tardaría unos 24 minutos en subir andando, hubo un loco que en el 2002 subió en poco más de cinco minutos! Las vistas desde la torre son lo más bonito probablemente de Auckland, una ciudad que se asienta sobre un campo volcánico formado por 50 cráteres, algunos inactivos pero otros todavía vivitos y coleando. De hecho, hace “sólo” 600 años, una erupción hizo surgir del mar la isla Rangitoto, que se encuentra directamente frente a Takapuna Beach, donde tenemos el camping. Si se produjera alguna erupción más, algo posible porque Auckland tiene a 100 km bajo tierra una enorme reserva de magma, creemos que Auckland se iría a freír espárragos…pero como a estos neozelandeses les mola eso del riesgo pues parece no importarles demasiado.

Como decíamos la vista desde la torre, de 360º, es magnífica. Se ven los distintos barrios y la enorme extensión de la ciudad. Las islas de la bahía de Auckland y el puerto deportivo. Algunos volcanes también. De hecho, la ciudad es mucho más bonita desde arriba que a ras de suelo, donde no deja de ser, a nuestro parecer, una ciudad más, con algún edificio o zona interesante, y ya está. Aún así, como lucía el sol, parecía una ciudad relativamente agradable donde vivir, sobre todo si te encuentras cerca de alguno de los muchísimos parques que tiene.

A continuación, nosotros seguimos más o menos un circuito a pie que recomienda la guía Lonely Planet. No es nada del otro mundo, salvo la parte que pasas por la Universidad y el parque Albert. El paseo por el parque es agradable, con árboles enormes y extensiones de jardín y flores. Justo antes pasas por un mural de azulejos muy bien conservado que homenajea a las primeras sufragistas de NZ, de 1893. La universidad por su parte cuenta con dos edificios emblemáticos, la University Clock Tower y la Old Government House. La torre es la joya arquitectónica más importante de Auckland, de 1926, con rasgos “art nouveau”, incluyendo algunos temas de la flora y fauna autóctona. Lo mejor nos ha pasado con la Old Government House, la antigua sede del gobierno neozelandés hasta que la capital se trasladó a Wellington. Hoy es un restaurante y sala de reuniones para los profesores de la universidad (decorada al estilo inglés antiguo, con moquetas, cuadros, chimeneas, lámparas enormes…). Nosotros nos hemos colado hábilmente y tras pedirnos algo para almorzar, nos hemos sentado en una de sus salas. Algunos profesores nos miraban, supongo que preguntándose qué materia darían estos dos españoles, si éramos invitados de la universidad o algo parecido. La verdad es que era un sitio muy agradable para tomarse algo, y encima, lo hemos hecho sin que estuviera permitido. ¡Toma ya la cara española!
Luego hemos bajado por Chancery Street, una zona de bares y restaurantes muy chic, peatonal. A esa hora, toda la gente, mayoritariamente joven, de las oficinas de alrededor estaba almorzando. Como no podía ser de otra manera, Vicky los ha grabado en vídeo a todos!! De ahí hemos seguido por High Street, donde se concentran las tiendas más de moda de Auckland. No estaba Zara, pero es cierto que la ropa aquí parecía un poco más exclusiva, de diseño.

Si uno no va a ver la New Gallery (museos) o alguno de los volcanes cercanos, tampoco Auckland tiene mucho más que ofrecer. Hay multitud de cafés, bares y restaurantes. Por ejemplo, en Vulcan Lane, una callecita peatonal de escasos 40 metros, aglutina a varios pubs y cafés que datan del siglo XIX. Pero en materia de “cosas que ver”, pues poco más: el puerto deportivo, más que nada por pasear un poco, y el Civic Theatre (de 1929, uno de los siete teatros ambientales que quedan en el mundo) o el Auckland Town Hall (este último sede de la filarmónica). Fuera del centro, se recomienda visitar los Botanical Gardens o los barrios de Parnell y Newmarket, pero que a un europeo tampoco ofrecerán nada que no haya visto por su tierra. Como un neozelandés nos dijo una vez, uno no viene a Nueva Zelanda a ver ciudades, sino a experimentar la naturaleza. Pues eso.

Cogimos el ferry de vuelta y luego el bus hasta Takapuna. Dimos un garbeo por un centro comercial de la zona y al camping, que hoy tocaba hacer la maleta para tenerlo listo todo mañana. Toca devolver la autocaravana (limpia en la medida de lo posible) y estar en el aeropuerto por la tarde. Ahora sí que se acaba. Mañana por la mañana nos daremos un garbeo por Davenport para ver el par de volcanes extinguidos que tiene y ya está. Se acabó Nueva Zelanda.

Waipoua Forest y Takapuna Beach


Como todas las cosas buenas, este viaje no iba a durar para siempre, por lo que recogimos bien las cosas y nos encaminamos hacia Auckland. Eso sí, no queríamos despedirnos de la Nueva Zelanda de bosques y montañas sin pasar antes a presentar nuestros respetos al Dios del Bosque, llamado Tane Mahuta por los maoríes. Por ello, en lugar de dirigirnos hacia el Sur, cogimos el camino más largo hacia la costa Oeste y la bahía de Hokianga, para detenernos en el Santuario de Kauris del Bosque de Waipoua.

Tras alguna parada para hacer fotos en Opononi y Omapere, un par de pueblos que rodean la enorme bahía de Hokianga, aprovechando que el día lucía con sol tras la lluvia de ayer, pronto alcanzamos la costa y torcimos hacia el sur, iniciando el ascenso por la carretera del bosque. Unos kilómetros después llegamos al lugar de reposo de Tane Mahuta, un kauri de aproximadamente 2.000 años de antigüedad, y más de 50 metros de altura. Es el kauri vivo más grande del mundo. No obstante, lo más impresionante es su perímetro, alrededor de 14 metros. Como los kauris tienen las raíces sensibles y cerca de la superficie, Tane Mahuta se encuentra vallado y no pudimos acercarnos a él para darle un abrazo (eso es muy típico por aquí, lo de abrazar los árboles, ya diremos por qué). Aún así, es increíble encontrarse con un árbol tan enorme y antiguo. Verdaderamente infunde respeto.

La anécdota del viaje creo que va a ser ésta. Después de aparcar en la carretera para encaminarnos hacia el bosque, y maldecir a los idiotas que habían dejado el coche en mitad del aparcamiento, salía en ese momento de ver a Tane Mahuta John Hannah. Si os preguntáis quién es, podéis pensar en Cuatro Bodas y un Funeral (el amigo gay de Hugh Grant) o en las pelis de la Momia (el hermano cobarde y avaricioso de la chica protagonista), entre otras pelis. Es un actor escocés, pero estaba de vacaciones por Nueva Zelanda, y quién sabe si participando de algún modo en alguna película que estén haciendo por aquí.

Luego de reírnos un montón porque la Vicky no paraba de decir… ¿pero tú no has visto quién era? mientras yo me limitaba a saludarle con un educado “good morning”, volvimos a la autocaravana para continuar camino hacia los siguientes kauris gigantes: “The Four Sisters” (las cuatro hermanas) y “Te Matua Ngapere” (en maorí, el Padre del Bosque). Tras una hora de camino por un bosque lleno de kauris gigantes, por fín llegamos a las principales atracciones. Primero las Four Sisters: es un único kauri pero con cuatro brazos, lo que sucede es que parecen cuatro árboles distintos, habida cuenta su grosor. Luego, en lo más profundo del bosque, se encuentra el Te Matua Ngapere, un gigantesco kauri que aunque sólo mide unos 30 y pico metros de altura, tiene un perímetro de 16,7 metros!!! Además, se encuentra rodeado de otros kauris adultos que parecen palillos a su lado, lo que resalta la enormidad de su figura. Este en particular tiene como que un poco de “cara de cabreo”, con lo que resulta aún más amenazante. También se encuentra vallado, pero de camino nos abrazamos a otros kauris (también gigantes) porque dicen que eso da fertilidad… habrá que ver si es verdad o un rollo druídico-maorí.

Como estábamos bastante cansados, seguimos camino en la autocaravana hacia Auckland, haciendo una parada técnica en Dargaville, un aburrido pueblo al que sólo debería ir uno si le gustan los boniatos (o kumara, como se conocen por aquí).

Justo antes de llegar al puente que da acceso al downtown de Auckland, cogimos la desviación hacia North Shore, y tras algún pequeño lío, alcanzamos el camping de Takapuna Beach. De hecho, el camping está en la playa, y a nosotros nos dieron un sitio a escasos 10 metros de ella. Dejamos la caravana y nos fuimos a dar un paseo por el barrio, donde vimos ya que Auckland es distinta. No hay ni mucho menos la misma cantidad de gordos que en el resto del país, los coches son mucho mejores, y hay bastantes apartamentos, aunque siguen habiendo casitas con jardín. Se nota que tiene más de un millón y medio de habitantes. Además, esto está lleno de chinos, japos, y asiáticos de toda clase. Desde estudiantes, hasta turistas, pasando por los que residen y trabajan aquí. Como era domingo, las tiendas cerraban muy pronto (entre 3 y 4 p.m.), así que nosotros nos volvimos al camping también pronto, para planificar el último día completo que íbamos a estar en Nueva Zelanda.

domingo, 13 de septiembre de 2009

Cabo Reinga y la 90 Mile Beach


Nuevamente nos tocó madrugón. Esta vez era para salir de Kerikeri dirección a Paihia, donde nos recogería el autobús de la excursión que contratamos a Cabo Reinga. Llegamos con tiempo para aparcar la autocaravana y tomarnos un capuccino en el único café que abre a las 7:00, y que está justo junto a la parada del bus.

A las 7:20 llega un autobús y Vicky dice: ese no es, que será el autobús del colegio… Pues sí que era. Lo que pasa que de los dos grupos que había para hoy nos ha tocado ir con los jóvenes (sobre 23-25 años, más o menos, la mayoría). Eso es porque nos vieron que estábamos hechos unos chavales!! Paramos a recoger a una taiwanesa y a una loca backpacker (ignoramos la nacionalidad, pero podría ser canadiense, que están un poco chotaos…). Lo peor fue cuando resulta que empezamos a hacer la misma ruta que habíamos hecho por la mañana temprano: el autobús iba a pasar por Kerikeri!! En fin, cosas que pasan en las mejores familias…
Aunque en principio se tenía que pasar primero por el bosque de Puketi, el conductor decidió invertir el orden de la excursión, creyendo que al norte haría mejor tiempo, porque había empezado a llover. Nos detuvimos un momento para tomar un café o té, y comprar algo de almuerzo, en Taipa Beach, un pueblecito justo antes del inicio de la 90 Mile Beach (“la playa de las 90 millas”).

Lo de la playa merece una mención aparte. En realidad tiene 60 millas aproximadamente (casi 100 km que no es poco), y es tan amplia que se ha convertido en una autopista. Bueno en una carretera sin asfaltar. Los vehículos van por la arena, pero se recomienda circular por la arena mojada y a una velocidad media de 70 km/h mínimo para evitar quedarse atrapado en la arena. La mayoría si no todas las compañías de caravanas prohíben por contrato circular por aquí. Nuestro autobús en realidad tenía un chasis y suspensión de camión (tipo los del París Dakar), y circulaba a las mil maravillas por allí. No tiene nada que ver con nuestro tipo de playas. Allí es para sentirse solo con la naturaleza que te rodea por todas partes, cormoranes, gaviotas y otros pájaros que no habíamos visto nunca.

Realmente la playa es una pasada. Es literalmente interminable, vas viendo las olas romper mientras el autobús va sobre la arena, y de vez en cuando, saltos, cuando coge algún bache. Aquí ya estaba lloviendo bastante, pero era lluvia fina, lo cual nos permitió hacer una parada a mitad más o menos, para tomar fotos de unas formaciones rocosas curiosas e incluso algunos/as locos/as meter los pies en el agua, que se encontraba lejísimos, por el efecto de la marea. En ese momento vimos llegar el otro autobús (el de los abueletes), y realmente la estampa es chulísima, contemplando el vehículo acercarse sobre la inmensidad de la arena…

Al final del norte de la 90 Mile Beach se encuentran las dunas gigantes de Te Paki, que según nos informaron, se formaron como consecuencia de una antigua erupción volcánica, y han perdurado allí. Lo que se lleva en este país en el que siempre están buscando la actividad más extrema, es lanzarse desde lo alto de las dunas sobre una tabla parecida a las de surf. Para que os hagáis una idea, las dunas no son como las que tenemos por casa. La pendiente rondaría entre los 50 y 65 grados de inclinación, y la longitud, fácilmente los 500 metros. Las dunas eran literalmente gigantes. Nosotros nos quedamos en bañador y camiseta (algunos locos americanos sólo en bañador) y comenzamos a subir la duna con la tabla a cuestas. Los últimos 50 metros fueron matadores literalmente, para romperse los gemelos. Apenas se podía subir, y eso que no nos hundíamos en la arena, que si no… Empezó la gente a tirarse y ahí ya empezó a llover fuerte. Una chica americana se pasó de frenada y cayó desde el final de la duna a un trozo de arena con agua, metiéndose un morrón… Dos chicas más también se dieron con la cara en el pequeño riachuelillo. Había entre 40cm a 1 m de desnivel al final de la duna, con lo que era primordial detenerse antes. Nosotros lo hicimos bien, y el descenso a toda velocidad fue una pasada. Si no hubiera estado lloviendo, habríamos repetido otra vez. Cuando llueve, además, cuesta más deslizarse aunque nosotros fuimos bajando a toda leche… Los primeros 30-40 metros o así son los más impresionantes, cuando la pendiente es muy pronunciada.

Uno de los americanos, que se tiró tres o cuatro veces por lo menos, intentó hacerlo por otro sitio y ahí el desnivel del final de la duna era mayor, con lo que se dio un golpe tremendo. Luego decía que le dolían las costillas e incluso se astilló un diente. ¡Americanos! El otro autobús, el de los abueletes, fue a una duna más pequeña y no se tiró casi nadie. De nuestro autobús, se tiró todo el mundo menos dos japonesas. Incluso las gordas americanas, que no tenían ningún complejo.

Después de subir y poner perdido de arena y agua el autobús, recorrimos los escasos 10 km hasta el Cabo Reinga. Una verdadera lástima que el tiempo estuviera realmente mal, porque las vistas (lo que podíamos ver) eran muy bonitas. El cabo Reinga se eleva 300 metros sobre el nivel del mar, y frente a él se encuentran el Mar de Tasmania y el Océano Pacífico, con lo que el estado de la mar ya os lo podéis imaginar, olas rompiendo por todos los sitios, etc. Los maoríes consideran al Cabo Reinga el punto desde donde las almas saltan cuando emprenden el viaje de retorno a Hawaiki. En el extremo del cabo se encuentra un árbol Pohutukawa, de 800 años de edad, cargado de significado espiritual para los maoríes. Se cree que las almas se deslizan por sus raíces.

Nosotros recorrimos el camino desde el autobús hasta el faro, con una lluvia y un viento fortísimos. Acabamos completamente calados, por lo que pasamos casi todo el día mojados. Las vistas desde el faro en un día soleado seguro que quitan la respiración. Los últimos metros se recorren por una estrecha franja de tierra con los mares a ambos lados hasta llegar al faro. Allí además hay un poste con indicaciones y distancias a lugares como Sydney, Londres, Singapur, Los Ángeles, etc.

Rendidos y mojados volvimos al bus para tomarnos el sándwich que teníamos preparado. Poco después nos dirigimos por la carretera, no por la playa, hacia el sur, deteniéndonos en una especie de tienda denominada Ancient Kauri Kingdoms, donde se dedican a tallar y crear mobiliario y adornos decorativos de madera de kauri fosilizado. El kauri es un tipo de árbol gigantesco que antiguamente cubría casi toda la Isla Norte. Ahora sólo ocupan un 5% del territorio, pero están protegidos. El kauri que esta empresa utiliza es el proveniente de árboles que quedaron cubiertos bajos las marismas hace entre 30.000 y 50.000 años aproximadamente, muertos pero con su madera intacta, como pudimos ver, como si fuera una momia embalsamada. Son troncos inmensos con los que incluso han hecho una escalera de caracol (dentro del tronco). Los muebles son una pasada, pero muy exclusivos y por tanto, de elevado precio.

De ahí nos llevaron a uno de los mejores sitios para tomar Fish and Chips en la Isla Norte. Se llama Mangonui Fish Shop, y está, obviamente, en Mangonui, un pueblecito pesquero en Doubtless Bay. Las patatas fritas son del montón, pero el pescado está muy bueno, puesto que en realidad lo pescan ellos mismos en el día y cada día puede “tocarte” un pescado diferente. El que tomamos nosotros era “bluenose”, con una carne muy consistente pero un buen sabor a pescado. Todo esto para dos personas por 7 euritos. Bueno y barato. Y encima bonito, porque en lugar de llevártelo a tu casa, te lo puedes tomar en una terraza de madera sobre el mar (ese día estaba cubierta por unos plásticos transparentes), y contemplar la bahía. Muy relajante.

Ya para terminar, nos fuimos a ver un ejemplar de kauri que se encuentra en el Bosque de Puketi, y que tiene unos quinientos años de antigüedad. Era enorme, pero nada que ver con lo que al día siguiente podríamos contemplar en el Bosque de Waipoua. Aún así, y eso que estaba lloviendo a cántaros, fue un paseo bonito (caminar en el bosque siempre es como llevar un paraguas).

A las seis más o menos nos dejaron en Paihia y cogimos la autocaravana para volver al camping de Kerikeri, ya que de noche y con lluvia preferimos no arriesgarnos. Además, Vicky había hecho un amiguito peludo allí y quería verlo otra vez (se llamaba “boliche”, y era blanco y tenía bigotes, ¿qué era?).

Kerikeri


Nos hemos levantado temprano porque a las 9:00 tenemos que estar en Paihia, así que hemos cogido la autocaravana y nos hemos dirigido hacia el ferry de vehículos de Okiato (la primera capital de Nueva Zelanda, mucho antes que Auckland y después Wellington). Es una barcaza que por 7 euros te lleva al otro lado del estuario en apenas 5 minutos. Tras atracar en Opua, hemos seguido carretera otros diez minutos hasta Paihia. Hoy el tiempo ha amanecido mal y nos tememos lo peor.

Efectivamente, cuando llamamos a la compañía con la que teníamos contratado el crucero en catamarán para ver (y quizá nadar con) delfines, nos dicen que hay aviso de galerna en la zona de Bay of Islands y por tanto ni hoy ni mañana van a salir ningún crucero. Qué le vamos a hacer. Es el riesgo que tiene venir en estas fechas, que con el cambio de estación nunca se sabe si va a llover de pronto, a hacer sol… Al menos a nosotros sí nos devolverá el dinero la agencia de Madrid (NZviajes).

Aprovechamos para encaminarnos hacia el cercano pueblo de Kerikeri, un lugar estupendo si uno quiere cultivar (o comer) cítricos o kivis. Es una comunidad que sin saberse muy bien por qué, ha atraido a muchos ingleses, alemanes, o incluso brasileños, ecuatorianos y tailandeses, aparte de la población maorí que abunda en la zona. A nosotros lo que nos interesaba ver eran los dos edificios más antiguos (dentro cada uno de su clase) de Nueva Zelanda.

Por un lado, junto al río Kerirkeri, se encuentra la Stone Store, el edificio de piedra más antiguo de NZ (1836), lleno de artículos que solían trocarse en el almacén, entre ellos mosquetes y mantas. Un mosquete llegó a valer 8 cerdos!! Junto a esta tienda de anigüedades se encuentra la Misión House y su jardín. Es el edificio de madera más antiguo del país, de 1822, y contiene algunos enseres y mobiliario original.

De allí mismo parte un pequeño paseo de 20 minutos que conduce al Kororipo Pa, el lugar donde se encontraba una fortificación del famoso jefe maorí ngapuhi Hongi Hika. En su día fue centro de partida de colosales destacamentos capitaneados por Hika que aterrorizaron a gran parte de la isla norte y masacraron a miles de personas durante la guerra de los mosquetes. Hoy allí no queda nada más que una bonita colina con vistas al río y a la ensenada.

Como teníamos ganas de caminar un ratillo, cruzamos el río y tras dejar aparcada la autocaravana en un parking lleno de gallinas, polluelos, gaviotas, gallos, ocas y patos, además de pukekos (esto parecía un zoológico), iniciamos la Kerikeri Walkway, un paseo de unos 4 kms que llega a las cascadas Rainbow Falls. Nosotros caminamos por un bosque muy agradable hasta las cascadas Wharepoke y las Fairy Pools (piscinas de las hadas). Allí nos dimos media vuelta y en lugar de caminar el km que quedaba hasta las Rainbow Falls, preferimos volver al parking, coger la autocaravana y llegar a las cascadas por otra carretera, Waipapa Road, que te dejaba a escasos 5 minutos. Se empieza a notar el cansancio… Las cascadas estaban bien, eran amplias y llevaban bastante agua, y se podía apreciar, al final de su caida de 27 metros, el efecto del arco-iris (de ahí su nombre, suponemos).

Luego volvimos al pueblo de Kerikeri para tomarnos un café y ver algunas tiendecillas. Estuvimos un rato hablando con una señora británica que tras sólo 3 años aquí terminaba de conseguir la residencia neozelandesa, y se puso a darnos consejos por si queríamos pedirla nosotros (no diría yo que no, viendo cómo se vive aquí de relajado…).

Esa noche nos quedamos en el top 10 de Kerikeri, y tras una buena ducha, nos fuimos a dormir, puesto que al día siguiente a las 7:00 teníamos excursión en autobús a Cabo Reinga, el extremo más alejado en el norte de NZ.

viernes, 11 de septiembre de 2009

Waitangi y Haruru Falls


Tras levantarnos, nos hemos dirigido al embarcadero de Russell, a tomar un café en el “Waterfront Café”, antes de tomar el ferry a Paihia. La verdad es que este pueblecito es muy relajante, sobre todo las casas, cafés y restaurantes que dan al paseo de la playa… Uno cogería un libro, se sentaría en uno de los bancos que hay bajo los árboles y pasaría todo el día así.

En fin, vuelta al trabajo, aunque estamos ya un poco cansados físicamente, después de todas las palizas que nos hemos pegado. Cogimos el “Happy Ferry” de las 9:20 y quince minutos después de surcar la Bay of Islands, atracábamos en Paihia. Es un pueblo de playa, pero sin el encanto que tiene Russell. Tiene más tiendecillas y empresas que te bombardean con cruceros, pero no apetece mucho quedarse allí.

En todo caso, a nosotros nos daba igual, puesto que nuestro destino era Waitangi, lugar donde se debatió y firmó el tratado que lleva su mismo nombre, y que supuso el reconocimiento oficial de la soberanía de la Reina Victoria de Inglaterra sobre los territorios de Nueva Zelanda, otorgando asimismo a los maoríes el status de súbditos de la corona británica. Yo sigo pensando que hicieron un mal trato los indígenas, y que si se hubieran unido todos contra los ingleses podría haber sido un “Estados Unidos de Nueva Zelanda”, habida cuenta de que contaban con armas de fuego y conocimiento del terreno (en gran medida los maoríes inventaron la guerra de trincheras). Pero como suele pasar muchas veces, las distintas tribus se odiaban más entre ellas que a los pakehas (hombres blancos), y muchas apoyaban a los ingleses para masacrar a una tribu rival. Visto así, el Tratado aseguró la supervivencia de los maoríes y sus costumbres, pero ha sido fuente de muchas injusticias, hasta que en los últimos cuarenta años se ha empezado a devolver tierras a las tribus locales para que las administren directamente.

Nosotros recorrimos a pie, junto a la playa, los 2 km que separan Waitangi de Paihia. El sol salía y se escondía, pero hacía algo de viento hasta que alcanzamos los bosques que rodean el centro de visitantes de Waitangi. Lo peor fue que no pudimos ver la canoa de guerra que se construyó en 1940 en conmemoración del centenario de la firma del Tratado, réplica de la que se supone utilizó el bisnieto de Kupe (el primer explorador y descubridor maorí de NZ) para volver desde Hawaiki a Aotearoa (nombre maorí de Nueva Zelanda). La estaban restaurando, pero pudimos ver sus 2 metros de ancho por más de 35 de largo, hecha de una única pieza de madera y con un peso de 6 toneladas!! Se necesitan al menos 80-90 remeros para manejarla, pero puede llevar hasta 160 guerreros, una pasada.

Sí que visitamos la colina donde se firmó el Tratado, ocupada por el mástil de un barco con tres banderas (inglesa, maorí y neozelandesa). Es un prado verde frente al mar, rodeado de algunos árboles enormes que aunque sólo tienen 150 años, parecen milenarios por su tamaño.
Junto al prado se encuentra una marae espectacular, toda tallada, con símbolos y tótems de las principales tribus maoríes. Es única en el mundo por cuanto se trata de una marae (casa de encuentros) de carácter nacional, frente a las habituales maraes que pertenecen a una única tribu. Tiene muchísimos grabados tribales y una estatua de Kupe preside su entrada. Luego nos dimos un garbeo por la casa del antiguo gobernador inglés que vivía en la colina y nos tomamos un café en el bar restaurante de Waitangi, recomendado por muchas guías y que es de madera, con un precioso y tranquilo jardín, estanque y terraza donde descansar un rato.

Tras el café de turno, decidimos recorrer los 4,5 km que sigue una ruta desde el Centro de Visitantes de Waitangi hasta las Cascadas Haruru. Sin perjuicio de que se trata de una ruta agradable, que recorre vastos bosques de helechos y demás árboles autóctonos, lo más interesante se encuentra justo tras cruzar el puente sobre el estuario del río. Allí atravesamos 1km aproximadamente de manglares y terrenos pantanosos muy cuidados que tenían un aire siniestro, mientras que el camino seguía por una estrecha pasarela de madera. Vimos la forma que tienen estos árboles de “reproducirse” y extenderse a lo largo del estuario luchando contra la marea que los cubre al menos dos veces al día. Muy curioso.

Justo cuando llegamos a las cascadas Haruru volvimos a encontrarnos con la pareja de catalanes (de la zona de Sant Sadurní) con quienes estuvimos la noche del espectáculo maorí. Ellos venían de un crucero para ver delfines, pero con tan mala suerte que no habían visto nada y encima no les devolvieron el dinero. Aprovechamos que ellos habían ido con autocaravana para que nos acercaran por la carretera de vuelta a Paihia y ahorrarnos nosotros otros 4-5 kms. Allí nos despedimos de ellos. Lo cierto es que nos hemos encontrado, además de esta pareja, a otras de Sevilla, de Palma, vascos, de Madrid… No somos los que más viajamos a NZ pero Vicky y Gerardo no son obviamente los únicos españoles que se van hasta allí.

Ya en Paihia nos dimos un voltio para ver la Iglesia Anglicana de St. Paul. No es demasiado antigua (1925) pero se erige en el emplazamiento de la primera iglesia de NZ, una modesta cabaña de juncos construida en 1823. es de piedra oscura de Kawakawa, y el interior presenta distintas aves autóctonas en la cristalera del ábside: un kotare (parecido al martín pescador) como Jesús, y a los dos hermanos Williams, fundadores de la iglesia, como un tui y un kereru (paloma torcaz).

De ahí volvimos a coger el ferry hasta Russell, junto con los chavales que volvían del colegio. El tiempo había empeorado y el mar estaba más picado, con lo que el barco se movía más. Compramos un par de cosas en el supermercado y cuando fuimos a ver la casa Pompellier (un antiguo edificio de misioneros católicos de 1842) estaba cerrada (a las 16:00 chapa). Es el único edificio que se conserva de las misiones católicas en el Pacífico Oeste.

Así que nos volvimos al camping a cenar en el jardín y nos fuimos relativamente pronto a dormir.

jueves, 10 de septiembre de 2009

Whangarei y Old Russel Road.


Tras desayunar, nos dirigimos a la zona denominada Town Basin de Whangarei, que consiste en un pequeño embarcadero de veleros y yates deportivos, los cuales se suelen guarecer allí cuando empieza la temporada de huracanes del Pacífico Sur. Junto al embarcadero, se concentran una serie de edificios de estilo colonial realmente cucos que albergan tiendas de souvenirs, cafés, restaurantes y un museo de relojes. Nosotros pasamos por el museo para cotillear, pero donde realmente nos paramos fue en The Fudge Farm, una tienda de dulces artesanales muy estilo inglés donde no pudimos evitar comprar alguna cosilla…. Menos mal que luego lo terminamos quemando con las caminatas, que si no… El café diario lo tomamos en esta zona, y aunque el sol salía y se escondía tras unas pequeñas nubes, se estaba de cine, sin pensar en nada más.

Tras cotillear un poco lo de los relojes, nos dirigimos a las Whangarei Falls (lo nuestro con las cascadas ya es de psiquiatra…), unas cascadas de 30 metros de altura que aunque no son las más bonitas que hemos visto, se encuentran entre las más fotografiadas de Nueva Zelanda, dada su accesibilidad a todo el mundo, junto a la ciudad, rodeada de bosques y parques. La verdad es que a nosotros nos recordaban al anuncio aquél de ¡Tulipán Negro! y sin duda eran muy bonitas y fotogénicas. Hicimos una pequeña ruta circular de unos 20-25 minutos, echamos unas fotillos y hala, de vuelta a la autocaravana camino del Norte.

Como el día estaba bastante abierto (lucía el sol en general) decidimos ir hasta el pueblo de Russell por la antigua carretera (Russell Old Road), un pintoresco conjunto de curvas, caminos, cuestas que serpentea junto a la costa, contemplando pequeñas bahías ocultas y asentamientos maoríes (vimos varias maraes de camino). Fue un trayecto muy bonito, aunque tardamos bastante más que si hubiéramos ido por la estatal y luego cogido el ferry hasta Russell. Porque este pueblo, sin ser una isla, se encuentra en la punta de una estrecha península de forma que no es muy accesible por carretera.

Al llegar, buscamos el Top 10 y no nos defraudó. En la recepción del camping nos dijeron de colocar la autocaravana de lado, para así poder contemplar las vistas sobra la bahía. Además, teníamos una mesita y bancos de madera para nosotros solos, sobre el césped y bajo un árbol, justo al lado de la autocaravana. Una pasada.

Tras descansar un poquito, bajamos al pueblo a darnos un garbeo. Tiene un ferry para personas que conecta con Paihia cada media hora más o menos, y otro para automóviles que sale a 10 minutos de aquí.

Russell es ahora encantador, con algunas casas muy antiguas para el estándar de Nueva Zelanda. Vimos varias de 1830-1840, estilo colonial, junto a la playa. Además cuenta con la primera iglesia de NZ, la Christ Church, famosa entre otras cosas porque Charles Darwin (el de la teoría de la evolución), en uno de sus múltiples viajes, dio un donativo para su construcción. Tiene marcas de mosquetes de cuando la guerra de 1845 entre maoríes y británicos. Tiene un imponente monumento conmemorativo en su cementerio en honor a Waka Nene, un jefe maorí de la tribu de los ngapuhi que apoyó a los ingleses contra otras tribus del Norte.

Pero Russell no fue siempre un remanso de paz, con buenos restaurantes y tranquilas casas de huéspedes. El mismo Charles Darwin, cuando hizo una escala en la ciudad, la definió como el lugar donde se encuentran los mayores desperdicios de la sociedad. Conocida como “la boca del infierno del Pacífico”, el primer asentamiento europeo en Nueva Zelanda se convirtió pronto en un imán para indeseables, presos fugados, marineros borrachos y rudos balleneros. Incluso en 1830 el asentamiento se convirtió en el escenario de la “Girls War”, cuando dos mujeres maoríes que deseaban el amor de un capitán ballenero provocaron un enfrentamiento entre sus familias que causó cientos de muertos y heridos hasta que los misioneros lograron cerrar un acuerdo entre ambas facciones.

Nosotros nos dimos un paseo por su tranquila playa y al final decidimos cenar en el Kamakura, un restaurante muy mono (Recomendado por la Lonely Planet) que no nos decepcionó. Tomamos carne (ternera) y pescado (uno de nombre impronunciable que sólo se encuentra por aquí), y encima la camarera sabía lo que era un “cortado”!! Había estado trabajando 6 meses en Mallorca cuando era más jovencita. En fin, fue un día tranquilo pero muy agradable, que terminamos dando otro paseo de vuelta al camping.

Más Rotorua, Matamata y llegada a Whangarei


Finalmente decidimos no ir a la Península de Coromandel, y no porque no hubiera nada que ver, sino porque a estas alturas ya hemos aprendido que más vale ver un par de cosas bien vistas y disfrutarlas, en lugar de ir corriendo y agotados sin ver nada bien. Así que no madrugamos demasiado por una vez y, tras desayunar, nos dirigimos al centro de la ciudad de los huevos podridos, Rotorua.

Fuimos primero a tomar un café, y de ahí nos acercamos al lago, que si bien no es especialmente bonito (está bien y nada más), se encuentra rodeado de un parque muy relajante, junto a un embarcadero, lleno de patos, gaviotas de varios tipos y cisnes negros, muy comunes en Nueva Zelanda. Vimos a muchos neozelandeses caminando alrededor del lago y otros que se sentaban en sus coches con un café para llevar y se relajaban un poco antes de ir a trabajar. Es evidente que cuanto más viaja uno, más se da cuenta de lo paletos que somos los españoles cuando decimos “¡Como en España no se vive en ningún sitio!”. Aquí trabajan menos horas, o al menos se organizan mejor, son más productivos y nunca se les ve particularmente estresados. Nunca hay un pedazo de naturaleza muy lejos de sus vidas. Todos viven en casitas con jardín (de las de verdad), mucho más grandes que los bungalows nuestros, que además tienen precios inferiores… Yo me venía aquí enseguida.

Volviendo al lago Rotorua, éste es el mayor de los 16 lagos de la región y, por debajo de toda su agua, se encuentra un volcán extinto. Junto al lago, se encuentran los denominados “Government Gardens”, de estilo inglés, y que se extienden alrededor del Museo. Incluyen abundantes rosales, e instalaciones tales como campos de croquet, pistas de bolos y piscinas termales, así como campo de golf, minigolf y béisbol.

El edificio del museo es absolutamente espectacular, de lo bonito que es, de estilo tudor, y que podría encontrase en Oxford o ciudades inglesas similares. Abiertos en 1933, eran unos antiguos baños terapéuticos. Hoy se puede visitar un pequeño museo que celebra la edad dorada del edificio, con documentales, piscina climatizada, un mirador, y un bonito café. El entorno invita a coger un libro, sentarse junto a su fachada y disfrutar del verde del parque y del colorido de sus innumerables flores.

A partir de ahí, cogimos tranquilamente la carretera hacia Matamata, un perfecto ejemplo de cómo se puede exportar la campiña inglesa al resto del mundo. Matamata sólo era conocida por los amantes de los caballos de Australasia, puesto que se encuentran en este pueblo muchos de los mejores establos de caballos de carreras del hemisferio sur. No obstante, llegó el bueno de Peter Jackson y decidió que iba a convertir a este pueblo de 8000 habitantes en el imán del turismo extranjero. Se convirtió en Hobbiton, el pequeño pueblo campestre hogar de los hobbits descrito por Tolkien. Así, Matamata fue un lugar estupendo para vivir durante los años 2000 a 2003 más o menos, si uno era bajito y mofletudo. Más de 300 habitantes salieron como extras en la película. Nosotros íbamos mirando las caras de la gente a ver si nos sonaba alguno de la peli, pero no hubo suerte. Al que sí encontramos por allí, al lado de un enorme cartel que nos daba la bienvenida a “Hobbiton” fue al famosísimo Gollum (sí el de “mi tesssssoooooroooo”), convertido en una estupenda estatua de piedra. Probablemente es el elemento más fotografiado del pueblo.
No fuimos al lugar donde se filmó la peli, puesto que se trataba de un tour de 2 horas y media, de las que sólo media hora se pasaba en los decorados (que no son más que unas tablas blancas tapando los agujeros de la colina, puesto que el resto de decorados se retiró al terminar el rodaje). El resto del tiempo se pasaba en una granja viendo esquilar ovejas, así que…como que no. Lo que sí hicimos es comprarme un gorro y una bufanda de recuerdo, así como una cerveza de la marca que tomaron los actores en el rodaje (llamada desde entonces The SobeRing Thought).

En el I-site de Matamata nos indicaron el camino hacia las Wairere Falls, unas espectaculares (cómo no!) cascadas de 105 metros de altura. Dejamos la caravana en el aparcamiento desde el que empieza la caminata (hora y media larga de ida y vuelta hasta el mirador) y empezamos la subida. Se trata de una caminata bastante exigente, con continuas subidas e incluso un tramo de escaleras (literales) con 50 peldaños. El paisaje, una vez más, es magnífico durante todo el recorrido, vadeando varias veces el río Wairere con sus rápidos y demás, todo a través de un densísimo bosque, con helechos de más de 5 o 6 metros de altura. El ascenso fue duro pero valió realmente la pena el esfuerzo. Se puede subir hasta la cima por la que caen las cascadas, pero se trata de otra hora y media (ida y vuelta) adicional desde el mirador, realmente empinada y decidimos que ya estábamos bastante cansados. Además, queríamos coger ya camino hacia el norte, así que volvimos a la autocaravana y de ahí al pueblecito de Cambridge.

En Cambridge paramos a tomar algo en Deli on the corner, en Victoria Street. El café no era muy allá, pero las cosa de comer del menú están exquisitas. En Cambridge pretenden ser muy ingleses, con plazas verdes, avenidas flanqueadas por magníficos árboles exóticos y una cantidad indecente de casas de falso estilo tudor. Nosotros no tuvimos mucho tiempo para ver nada, pero parecía un pueblo agradable por el que pasear.

De ahí cogimos camino a Whangarei, ciudad que se encuentra al norte de Auckland. Al pasar de largo por dicha ciudad pudimos efectivamente comprobar que ésta es LA CIUDAD de Nueva Zelanda. Aún así, la travesía por las distintas circunvalaciones fue muy cómoda y rápida. Vimos de cerca la famosa Sky Tower y parte del puerto deportivo con sus innumerables yates. Ya contaremos más dentro de unos días cuando volvamos.

Nuevamente nos pegamos un poco de paliza hasta alcanzar Whangarei, ya de noche. Algo de la ciudad y sus alrededores la visitaríamos al día siguiente, antes de encaminarnos hacia la zona conocida como Bay of Islands (Bahía de las islas).