miércoles, 9 de septiembre de 2009

Cuevas Waitomo


Empezamos el día con un buen café capuccino en un restaurante – bar regentado por una familia maorí, con una agradable terraza de madera con vistas a un bonito jardín, en un día realmente espléndido. Una vez cogidas las fuerzas que la aventura requería, nos dirigimos con la autocaravana al Black Café, sede de la Legendary Black Water Rafting Company, los pioneros del lugar y que inventaron el llamado black water rafting (rafting por aguas negras).

Nosotros escogimos el recorrido “Black Abbyss”, que es para la clientela más osada, con descenso en rappel por una sima de 37 metros, tirolina en la oscuridad, salto por una pequeña casacada, salto de unos 3-4 metros al río subterráneo, navegación con neumáticos y escalada por dos cascadas para salir de la cueva, todo ello aderezado con arrastrarse por pasadizos llenos de agua, etc.

Esta empresa utiliza para sus “expediciones” la cueva Ruakuri, una cueva descubierta por los maoríes hace 400 o 500 años, cuando un cazador que iba en una partida de guerra con el jefe kawhia Tane Tinorau fue atacado por una jauría de perros que vivían en la entrada. Los perros fueron abatidos y comidos (los maoríes no desperdiciaban nada) pero la cueva se quedó con el nombre de “guarida de perros” (Ruakuri). Poco después Tinorau trasladó a su pueblo a la zona y la gruta se convirtió en un wahi tapu (“lugar sagrado”), utilizado para los entierros y guardar importantes taonga (“tesoros”).

Está muy bien, si se tiene tiempo, hacer la ruta de las tres cuevas principales, la Waitomo, la Ruakuri, y la Aranui, pero salvo que se quiera no mojarse y pasar un día tranquilo, recomendamos escoger alguna de las expediciones subterráneas, porque realmente es algo que en general no se practica habitualmente en España.

Nuestro grupo estaba formado por George, un neozelandés con trazos maoríes, dos americanos que parecían hermanos, Greg y otro cuyo nombre no recordamos, y tres chicas, una escocesa, una inglesa y otra neozelandesa (Maria, Jo, y Faith). Además estaba el Team Spain (Vicky y yo!). Nuestros guías eran Bran y Doug (el mayor parecía medio italiano y el otro era un chavalín espigado con un humor típico inglés). Después de embutirnos en los trajes de neopreno y ponernos los cascos de espeleólogo (esos con la lucecita de minero…), nos llevaron en minibús a la entrada de la cueva. Allí practicamos un poco el descenso en rappel (abseiling le llaman por aquí), y a la faena.

Los primeros metros del descenso son delicados porque hay que pasar por un agujero bastante estrecho (todavía no sabemos cómo el maorí y los americanos pasaron, dada la talla de calzoncillos que usaban). Luego se hace muy rápido, sobre todo si te mola bajar a toda leche, porque el agujero de ensancha mucho. Tras descolgarnos, continuamos andando a la cueva hasta la zona de la tirolina. Aquí el cabronazo de Doug apagaba todas las luces y así parecía que volabas en la oscuridad sin saber si te la ibas a pegar o no. En el techo ya brillaban multitud de luciérnagas, pero claro, de eso no te das cuenta hasta que te sientas a esperar a los otros. Por cierto, las luciérnagas que vimos en Te Anau debían ser tímidas, porque nos decían que había que guardar silencio y no hacer fotos o si no se apagaban. Como siempre, una trola para sacarte más pasta. En Raikuri da igual que chilles, las luciérnagas van a lo suyo, o sea, a brillar para cazar algún insectillo que comerse…

Aquí nos dieron chocolate caliente y una galletilla, lo cual significa que te van a joder un poco a continuación. Efectivamente, nos sentamos al borde de un pequeño risco sobre el río subterráneo, nos dieron los neumáticos y nos dijeron que saltáramos los más de 3 metros hasta el agua con la goma en el culo. Aparte de la impresión que te llevas con el golpe (en realidad no notas nada, es más el susto), el agua helada hace que reacciones rápidamente y empieces a maldecir en arameo. El neopreno ayuda siempre que el agua no llegue al pecho, momento en el cual da igual que vayas en bolas.

En fin, tras meternos todos en el río, continuamos sobre los neumáticos hasta llegar a una zona en la que ya podíamos andar. Poco después nos dijeron de apagar las luces, formar una cadena sentados con los neumáticos y volvimos hacia otro pasillo subterráneo observando el techo brillante, lleno de luciérnagas. Debían de haber cientos, o miles, yo qué sé. Era brutal. Además, que no lo hemos dicho, las cavernas en sí son una pasada, con cientos de pasadizos que se intercomunican, agua corriendo por muchos sitios, estalactitas, estalagmitas, fósiles... Son increíbles.

Luego dejamos los neumáticos y nos deslizamos por un tobogán colocado sobre una pequeña cascada, para después meternos por otros pasadizos donde había que ir o en cuclillas o arrastrándose (nuevamente los gorditos del grupo, entre los que increíblemente no me encontraba yo, tuvieron que apretujarse contra el suelo y el agua). Entre medio, nos tocó nadar algunos tramos, donde volvimos a acordarnos de la madre que parió al que inventó los trajes de neopreno permeables (porque algo de agua entra).

Llegamos a la parte final, donde había que escalar dos cascadas para salir a la superficie. Sabíamos que la cosa no sería fácil porque nos dieron unas onzas de chocolate!! En las cascadas el agua caía con fuerza, y en la primera de ellas, Vicky perdió una de sus botas. La cosa no llegó a más porque ya estábamos al final de la ruta que si no… se deja hasta los juanetes en las rocas. La bota no se encontró, pero sí otra que alguna había perdido en otra expedición, aunque era del pie contrario… no se puede tener todo, Vicky!!

Salimos extenuados, y con frío, pero el magnífico sol que lucía nos hizo entrar en calor rápidamente. De ahí volvimos a la base donde tras quitarnos los trajes, cascos y botas (ya no parecíamos salchichas peleonas!), nos dimos una buena ducha caliente y tomamos una (asquerosa pero ardiente) sopa de tomate y unos bagels con mantequilla.

Estábamos agotados tras cinco horas de aventura, y encima habíamos de volver a Rotorúa, cerca del Lago Taupo, lo que suponía unas dos horas largas de carretera. Así, nos despedimos del grupo de aventureros, una gente muy maja y agradable, y cogimos caminito con nuestra inseparable Campervan.

La llegada a Rotorua fue impactante, ya que aunque era de noche y no se veía nada, nos invadió un olor insoportable a huevos podridos (azufre). Bienvenidos a Rotorua!! Uno se pregunta cómo la gente puede vivir aquí, con este olor. Eso sí, dos días después paseamos por el lago y los Government Gardens y descubrimos que, aunque el olor a azufre no termina de irse del todo, al menos las vistas son muy pero que muy agradables.

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