lunes, 14 de septiembre de 2009

Auckland


Nos levantamos temprano, y sin que Vicky me dejara darme una de mis macro duchas de agua caliente, nos medio arreglamos y nos dirigimos a la parada del bus. Nos habían dicho que sacando un “day pass” puedes coger el autobús y el ferry las veces que quieras en el día. Efectivamente, cogimos el autobús 813 (que a hora punta pasa cada 15 minutos) en el centro de Takapuna, y nos dejó en Davenport, justo frente a la Terminal del ferry que lleva a Auckland. Además, están coordinados por lo que el ferry no sale hasta que llega el autobús. A esa hora el ferry iba lleno, porque mucha gente bajaba a trabajar a la ciudad. En escasos 15 minutos cruzamos la bahía desde la North Shore y atracamos en la Terminal del ferry que está frente a Queen Street, una de las arterias del centro de la ciudad. Además, junto a los muelles se encuentra la estación de autobuses llamada Britomart, por lo que todo está muy bien comunicado.

Salimos de la Terminal y nos encaminamos hacia Queen Street, parando un par de manzanas después a tomar el desayuno (ese día no lo habíamos tomado en la caravana). Tras ese pequeño parón, vimos que estábamos relativamente cerca de la Catedral de San Patricio, así que hacia allí fuimos. Desde la entrada de la catedral se puede ver la Sky Tower, probablemente la edificación más famosa de Nueva Zelanda, con sus 238 metros de altura, el edificio más alto del hemisferio sur, más alta que la Torre Eiffel. La catedral es bonita, de estilo neogótico. Una parte data de 1848 y el resto se añadió a finales del siglo XIX hasta su consagración como catedral en 1908. Recuerda a las típicas iglesias inglesas, pero, al igual que la catedral de San Patricio de Nueva York, destaca entre los rascacielos de acero, hormigón y cristal. Lo más llamativo es su techo interior, todo un artesonado de madera oscura.

De ahí nos hemos ido directos a la Sky Tower, donde además si quieres gastarte 100 euritos puedes saltar haciendo algo parecido al bungy jumping (puenting), que aquí llaman “sky jump”. Nosotros pagamos 30 por los dos y subimos a los observatorios (el más alto a 202 metros de altura). Los oídos se taponan al subir en el ascensor, que es de esos exteriores, por lo que mientras subes vas viendo ya la ciudad alejarse… La torre tiene 1029 escalones, y aunque a ritmo normal uno tardaría unos 24 minutos en subir andando, hubo un loco que en el 2002 subió en poco más de cinco minutos! Las vistas desde la torre son lo más bonito probablemente de Auckland, una ciudad que se asienta sobre un campo volcánico formado por 50 cráteres, algunos inactivos pero otros todavía vivitos y coleando. De hecho, hace “sólo” 600 años, una erupción hizo surgir del mar la isla Rangitoto, que se encuentra directamente frente a Takapuna Beach, donde tenemos el camping. Si se produjera alguna erupción más, algo posible porque Auckland tiene a 100 km bajo tierra una enorme reserva de magma, creemos que Auckland se iría a freír espárragos…pero como a estos neozelandeses les mola eso del riesgo pues parece no importarles demasiado.

Como decíamos la vista desde la torre, de 360º, es magnífica. Se ven los distintos barrios y la enorme extensión de la ciudad. Las islas de la bahía de Auckland y el puerto deportivo. Algunos volcanes también. De hecho, la ciudad es mucho más bonita desde arriba que a ras de suelo, donde no deja de ser, a nuestro parecer, una ciudad más, con algún edificio o zona interesante, y ya está. Aún así, como lucía el sol, parecía una ciudad relativamente agradable donde vivir, sobre todo si te encuentras cerca de alguno de los muchísimos parques que tiene.

A continuación, nosotros seguimos más o menos un circuito a pie que recomienda la guía Lonely Planet. No es nada del otro mundo, salvo la parte que pasas por la Universidad y el parque Albert. El paseo por el parque es agradable, con árboles enormes y extensiones de jardín y flores. Justo antes pasas por un mural de azulejos muy bien conservado que homenajea a las primeras sufragistas de NZ, de 1893. La universidad por su parte cuenta con dos edificios emblemáticos, la University Clock Tower y la Old Government House. La torre es la joya arquitectónica más importante de Auckland, de 1926, con rasgos “art nouveau”, incluyendo algunos temas de la flora y fauna autóctona. Lo mejor nos ha pasado con la Old Government House, la antigua sede del gobierno neozelandés hasta que la capital se trasladó a Wellington. Hoy es un restaurante y sala de reuniones para los profesores de la universidad (decorada al estilo inglés antiguo, con moquetas, cuadros, chimeneas, lámparas enormes…). Nosotros nos hemos colado hábilmente y tras pedirnos algo para almorzar, nos hemos sentado en una de sus salas. Algunos profesores nos miraban, supongo que preguntándose qué materia darían estos dos españoles, si éramos invitados de la universidad o algo parecido. La verdad es que era un sitio muy agradable para tomarse algo, y encima, lo hemos hecho sin que estuviera permitido. ¡Toma ya la cara española!
Luego hemos bajado por Chancery Street, una zona de bares y restaurantes muy chic, peatonal. A esa hora, toda la gente, mayoritariamente joven, de las oficinas de alrededor estaba almorzando. Como no podía ser de otra manera, Vicky los ha grabado en vídeo a todos!! De ahí hemos seguido por High Street, donde se concentran las tiendas más de moda de Auckland. No estaba Zara, pero es cierto que la ropa aquí parecía un poco más exclusiva, de diseño.

Si uno no va a ver la New Gallery (museos) o alguno de los volcanes cercanos, tampoco Auckland tiene mucho más que ofrecer. Hay multitud de cafés, bares y restaurantes. Por ejemplo, en Vulcan Lane, una callecita peatonal de escasos 40 metros, aglutina a varios pubs y cafés que datan del siglo XIX. Pero en materia de “cosas que ver”, pues poco más: el puerto deportivo, más que nada por pasear un poco, y el Civic Theatre (de 1929, uno de los siete teatros ambientales que quedan en el mundo) o el Auckland Town Hall (este último sede de la filarmónica). Fuera del centro, se recomienda visitar los Botanical Gardens o los barrios de Parnell y Newmarket, pero que a un europeo tampoco ofrecerán nada que no haya visto por su tierra. Como un neozelandés nos dijo una vez, uno no viene a Nueva Zelanda a ver ciudades, sino a experimentar la naturaleza. Pues eso.

Cogimos el ferry de vuelta y luego el bus hasta Takapuna. Dimos un garbeo por un centro comercial de la zona y al camping, que hoy tocaba hacer la maleta para tenerlo listo todo mañana. Toca devolver la autocaravana (limpia en la medida de lo posible) y estar en el aeropuerto por la tarde. Ahora sí que se acaba. Mañana por la mañana nos daremos un garbeo por Davenport para ver el par de volcanes extinguidos que tiene y ya está. Se acabó Nueva Zelanda.

Waipoua Forest y Takapuna Beach


Como todas las cosas buenas, este viaje no iba a durar para siempre, por lo que recogimos bien las cosas y nos encaminamos hacia Auckland. Eso sí, no queríamos despedirnos de la Nueva Zelanda de bosques y montañas sin pasar antes a presentar nuestros respetos al Dios del Bosque, llamado Tane Mahuta por los maoríes. Por ello, en lugar de dirigirnos hacia el Sur, cogimos el camino más largo hacia la costa Oeste y la bahía de Hokianga, para detenernos en el Santuario de Kauris del Bosque de Waipoua.

Tras alguna parada para hacer fotos en Opononi y Omapere, un par de pueblos que rodean la enorme bahía de Hokianga, aprovechando que el día lucía con sol tras la lluvia de ayer, pronto alcanzamos la costa y torcimos hacia el sur, iniciando el ascenso por la carretera del bosque. Unos kilómetros después llegamos al lugar de reposo de Tane Mahuta, un kauri de aproximadamente 2.000 años de antigüedad, y más de 50 metros de altura. Es el kauri vivo más grande del mundo. No obstante, lo más impresionante es su perímetro, alrededor de 14 metros. Como los kauris tienen las raíces sensibles y cerca de la superficie, Tane Mahuta se encuentra vallado y no pudimos acercarnos a él para darle un abrazo (eso es muy típico por aquí, lo de abrazar los árboles, ya diremos por qué). Aún así, es increíble encontrarse con un árbol tan enorme y antiguo. Verdaderamente infunde respeto.

La anécdota del viaje creo que va a ser ésta. Después de aparcar en la carretera para encaminarnos hacia el bosque, y maldecir a los idiotas que habían dejado el coche en mitad del aparcamiento, salía en ese momento de ver a Tane Mahuta John Hannah. Si os preguntáis quién es, podéis pensar en Cuatro Bodas y un Funeral (el amigo gay de Hugh Grant) o en las pelis de la Momia (el hermano cobarde y avaricioso de la chica protagonista), entre otras pelis. Es un actor escocés, pero estaba de vacaciones por Nueva Zelanda, y quién sabe si participando de algún modo en alguna película que estén haciendo por aquí.

Luego de reírnos un montón porque la Vicky no paraba de decir… ¿pero tú no has visto quién era? mientras yo me limitaba a saludarle con un educado “good morning”, volvimos a la autocaravana para continuar camino hacia los siguientes kauris gigantes: “The Four Sisters” (las cuatro hermanas) y “Te Matua Ngapere” (en maorí, el Padre del Bosque). Tras una hora de camino por un bosque lleno de kauris gigantes, por fín llegamos a las principales atracciones. Primero las Four Sisters: es un único kauri pero con cuatro brazos, lo que sucede es que parecen cuatro árboles distintos, habida cuenta su grosor. Luego, en lo más profundo del bosque, se encuentra el Te Matua Ngapere, un gigantesco kauri que aunque sólo mide unos 30 y pico metros de altura, tiene un perímetro de 16,7 metros!!! Además, se encuentra rodeado de otros kauris adultos que parecen palillos a su lado, lo que resalta la enormidad de su figura. Este en particular tiene como que un poco de “cara de cabreo”, con lo que resulta aún más amenazante. También se encuentra vallado, pero de camino nos abrazamos a otros kauris (también gigantes) porque dicen que eso da fertilidad… habrá que ver si es verdad o un rollo druídico-maorí.

Como estábamos bastante cansados, seguimos camino en la autocaravana hacia Auckland, haciendo una parada técnica en Dargaville, un aburrido pueblo al que sólo debería ir uno si le gustan los boniatos (o kumara, como se conocen por aquí).

Justo antes de llegar al puente que da acceso al downtown de Auckland, cogimos la desviación hacia North Shore, y tras algún pequeño lío, alcanzamos el camping de Takapuna Beach. De hecho, el camping está en la playa, y a nosotros nos dieron un sitio a escasos 10 metros de ella. Dejamos la caravana y nos fuimos a dar un paseo por el barrio, donde vimos ya que Auckland es distinta. No hay ni mucho menos la misma cantidad de gordos que en el resto del país, los coches son mucho mejores, y hay bastantes apartamentos, aunque siguen habiendo casitas con jardín. Se nota que tiene más de un millón y medio de habitantes. Además, esto está lleno de chinos, japos, y asiáticos de toda clase. Desde estudiantes, hasta turistas, pasando por los que residen y trabajan aquí. Como era domingo, las tiendas cerraban muy pronto (entre 3 y 4 p.m.), así que nosotros nos volvimos al camping también pronto, para planificar el último día completo que íbamos a estar en Nueva Zelanda.

domingo, 13 de septiembre de 2009

Cabo Reinga y la 90 Mile Beach


Nuevamente nos tocó madrugón. Esta vez era para salir de Kerikeri dirección a Paihia, donde nos recogería el autobús de la excursión que contratamos a Cabo Reinga. Llegamos con tiempo para aparcar la autocaravana y tomarnos un capuccino en el único café que abre a las 7:00, y que está justo junto a la parada del bus.

A las 7:20 llega un autobús y Vicky dice: ese no es, que será el autobús del colegio… Pues sí que era. Lo que pasa que de los dos grupos que había para hoy nos ha tocado ir con los jóvenes (sobre 23-25 años, más o menos, la mayoría). Eso es porque nos vieron que estábamos hechos unos chavales!! Paramos a recoger a una taiwanesa y a una loca backpacker (ignoramos la nacionalidad, pero podría ser canadiense, que están un poco chotaos…). Lo peor fue cuando resulta que empezamos a hacer la misma ruta que habíamos hecho por la mañana temprano: el autobús iba a pasar por Kerikeri!! En fin, cosas que pasan en las mejores familias…
Aunque en principio se tenía que pasar primero por el bosque de Puketi, el conductor decidió invertir el orden de la excursión, creyendo que al norte haría mejor tiempo, porque había empezado a llover. Nos detuvimos un momento para tomar un café o té, y comprar algo de almuerzo, en Taipa Beach, un pueblecito justo antes del inicio de la 90 Mile Beach (“la playa de las 90 millas”).

Lo de la playa merece una mención aparte. En realidad tiene 60 millas aproximadamente (casi 100 km que no es poco), y es tan amplia que se ha convertido en una autopista. Bueno en una carretera sin asfaltar. Los vehículos van por la arena, pero se recomienda circular por la arena mojada y a una velocidad media de 70 km/h mínimo para evitar quedarse atrapado en la arena. La mayoría si no todas las compañías de caravanas prohíben por contrato circular por aquí. Nuestro autobús en realidad tenía un chasis y suspensión de camión (tipo los del París Dakar), y circulaba a las mil maravillas por allí. No tiene nada que ver con nuestro tipo de playas. Allí es para sentirse solo con la naturaleza que te rodea por todas partes, cormoranes, gaviotas y otros pájaros que no habíamos visto nunca.

Realmente la playa es una pasada. Es literalmente interminable, vas viendo las olas romper mientras el autobús va sobre la arena, y de vez en cuando, saltos, cuando coge algún bache. Aquí ya estaba lloviendo bastante, pero era lluvia fina, lo cual nos permitió hacer una parada a mitad más o menos, para tomar fotos de unas formaciones rocosas curiosas e incluso algunos/as locos/as meter los pies en el agua, que se encontraba lejísimos, por el efecto de la marea. En ese momento vimos llegar el otro autobús (el de los abueletes), y realmente la estampa es chulísima, contemplando el vehículo acercarse sobre la inmensidad de la arena…

Al final del norte de la 90 Mile Beach se encuentran las dunas gigantes de Te Paki, que según nos informaron, se formaron como consecuencia de una antigua erupción volcánica, y han perdurado allí. Lo que se lleva en este país en el que siempre están buscando la actividad más extrema, es lanzarse desde lo alto de las dunas sobre una tabla parecida a las de surf. Para que os hagáis una idea, las dunas no son como las que tenemos por casa. La pendiente rondaría entre los 50 y 65 grados de inclinación, y la longitud, fácilmente los 500 metros. Las dunas eran literalmente gigantes. Nosotros nos quedamos en bañador y camiseta (algunos locos americanos sólo en bañador) y comenzamos a subir la duna con la tabla a cuestas. Los últimos 50 metros fueron matadores literalmente, para romperse los gemelos. Apenas se podía subir, y eso que no nos hundíamos en la arena, que si no… Empezó la gente a tirarse y ahí ya empezó a llover fuerte. Una chica americana se pasó de frenada y cayó desde el final de la duna a un trozo de arena con agua, metiéndose un morrón… Dos chicas más también se dieron con la cara en el pequeño riachuelillo. Había entre 40cm a 1 m de desnivel al final de la duna, con lo que era primordial detenerse antes. Nosotros lo hicimos bien, y el descenso a toda velocidad fue una pasada. Si no hubiera estado lloviendo, habríamos repetido otra vez. Cuando llueve, además, cuesta más deslizarse aunque nosotros fuimos bajando a toda leche… Los primeros 30-40 metros o así son los más impresionantes, cuando la pendiente es muy pronunciada.

Uno de los americanos, que se tiró tres o cuatro veces por lo menos, intentó hacerlo por otro sitio y ahí el desnivel del final de la duna era mayor, con lo que se dio un golpe tremendo. Luego decía que le dolían las costillas e incluso se astilló un diente. ¡Americanos! El otro autobús, el de los abueletes, fue a una duna más pequeña y no se tiró casi nadie. De nuestro autobús, se tiró todo el mundo menos dos japonesas. Incluso las gordas americanas, que no tenían ningún complejo.

Después de subir y poner perdido de arena y agua el autobús, recorrimos los escasos 10 km hasta el Cabo Reinga. Una verdadera lástima que el tiempo estuviera realmente mal, porque las vistas (lo que podíamos ver) eran muy bonitas. El cabo Reinga se eleva 300 metros sobre el nivel del mar, y frente a él se encuentran el Mar de Tasmania y el Océano Pacífico, con lo que el estado de la mar ya os lo podéis imaginar, olas rompiendo por todos los sitios, etc. Los maoríes consideran al Cabo Reinga el punto desde donde las almas saltan cuando emprenden el viaje de retorno a Hawaiki. En el extremo del cabo se encuentra un árbol Pohutukawa, de 800 años de edad, cargado de significado espiritual para los maoríes. Se cree que las almas se deslizan por sus raíces.

Nosotros recorrimos el camino desde el autobús hasta el faro, con una lluvia y un viento fortísimos. Acabamos completamente calados, por lo que pasamos casi todo el día mojados. Las vistas desde el faro en un día soleado seguro que quitan la respiración. Los últimos metros se recorren por una estrecha franja de tierra con los mares a ambos lados hasta llegar al faro. Allí además hay un poste con indicaciones y distancias a lugares como Sydney, Londres, Singapur, Los Ángeles, etc.

Rendidos y mojados volvimos al bus para tomarnos el sándwich que teníamos preparado. Poco después nos dirigimos por la carretera, no por la playa, hacia el sur, deteniéndonos en una especie de tienda denominada Ancient Kauri Kingdoms, donde se dedican a tallar y crear mobiliario y adornos decorativos de madera de kauri fosilizado. El kauri es un tipo de árbol gigantesco que antiguamente cubría casi toda la Isla Norte. Ahora sólo ocupan un 5% del territorio, pero están protegidos. El kauri que esta empresa utiliza es el proveniente de árboles que quedaron cubiertos bajos las marismas hace entre 30.000 y 50.000 años aproximadamente, muertos pero con su madera intacta, como pudimos ver, como si fuera una momia embalsamada. Son troncos inmensos con los que incluso han hecho una escalera de caracol (dentro del tronco). Los muebles son una pasada, pero muy exclusivos y por tanto, de elevado precio.

De ahí nos llevaron a uno de los mejores sitios para tomar Fish and Chips en la Isla Norte. Se llama Mangonui Fish Shop, y está, obviamente, en Mangonui, un pueblecito pesquero en Doubtless Bay. Las patatas fritas son del montón, pero el pescado está muy bueno, puesto que en realidad lo pescan ellos mismos en el día y cada día puede “tocarte” un pescado diferente. El que tomamos nosotros era “bluenose”, con una carne muy consistente pero un buen sabor a pescado. Todo esto para dos personas por 7 euritos. Bueno y barato. Y encima bonito, porque en lugar de llevártelo a tu casa, te lo puedes tomar en una terraza de madera sobre el mar (ese día estaba cubierta por unos plásticos transparentes), y contemplar la bahía. Muy relajante.

Ya para terminar, nos fuimos a ver un ejemplar de kauri que se encuentra en el Bosque de Puketi, y que tiene unos quinientos años de antigüedad. Era enorme, pero nada que ver con lo que al día siguiente podríamos contemplar en el Bosque de Waipoua. Aún así, y eso que estaba lloviendo a cántaros, fue un paseo bonito (caminar en el bosque siempre es como llevar un paraguas).

A las seis más o menos nos dejaron en Paihia y cogimos la autocaravana para volver al camping de Kerikeri, ya que de noche y con lluvia preferimos no arriesgarnos. Además, Vicky había hecho un amiguito peludo allí y quería verlo otra vez (se llamaba “boliche”, y era blanco y tenía bigotes, ¿qué era?).

Kerikeri


Nos hemos levantado temprano porque a las 9:00 tenemos que estar en Paihia, así que hemos cogido la autocaravana y nos hemos dirigido hacia el ferry de vehículos de Okiato (la primera capital de Nueva Zelanda, mucho antes que Auckland y después Wellington). Es una barcaza que por 7 euros te lleva al otro lado del estuario en apenas 5 minutos. Tras atracar en Opua, hemos seguido carretera otros diez minutos hasta Paihia. Hoy el tiempo ha amanecido mal y nos tememos lo peor.

Efectivamente, cuando llamamos a la compañía con la que teníamos contratado el crucero en catamarán para ver (y quizá nadar con) delfines, nos dicen que hay aviso de galerna en la zona de Bay of Islands y por tanto ni hoy ni mañana van a salir ningún crucero. Qué le vamos a hacer. Es el riesgo que tiene venir en estas fechas, que con el cambio de estación nunca se sabe si va a llover de pronto, a hacer sol… Al menos a nosotros sí nos devolverá el dinero la agencia de Madrid (NZviajes).

Aprovechamos para encaminarnos hacia el cercano pueblo de Kerikeri, un lugar estupendo si uno quiere cultivar (o comer) cítricos o kivis. Es una comunidad que sin saberse muy bien por qué, ha atraido a muchos ingleses, alemanes, o incluso brasileños, ecuatorianos y tailandeses, aparte de la población maorí que abunda en la zona. A nosotros lo que nos interesaba ver eran los dos edificios más antiguos (dentro cada uno de su clase) de Nueva Zelanda.

Por un lado, junto al río Kerirkeri, se encuentra la Stone Store, el edificio de piedra más antiguo de NZ (1836), lleno de artículos que solían trocarse en el almacén, entre ellos mosquetes y mantas. Un mosquete llegó a valer 8 cerdos!! Junto a esta tienda de anigüedades se encuentra la Misión House y su jardín. Es el edificio de madera más antiguo del país, de 1822, y contiene algunos enseres y mobiliario original.

De allí mismo parte un pequeño paseo de 20 minutos que conduce al Kororipo Pa, el lugar donde se encontraba una fortificación del famoso jefe maorí ngapuhi Hongi Hika. En su día fue centro de partida de colosales destacamentos capitaneados por Hika que aterrorizaron a gran parte de la isla norte y masacraron a miles de personas durante la guerra de los mosquetes. Hoy allí no queda nada más que una bonita colina con vistas al río y a la ensenada.

Como teníamos ganas de caminar un ratillo, cruzamos el río y tras dejar aparcada la autocaravana en un parking lleno de gallinas, polluelos, gaviotas, gallos, ocas y patos, además de pukekos (esto parecía un zoológico), iniciamos la Kerikeri Walkway, un paseo de unos 4 kms que llega a las cascadas Rainbow Falls. Nosotros caminamos por un bosque muy agradable hasta las cascadas Wharepoke y las Fairy Pools (piscinas de las hadas). Allí nos dimos media vuelta y en lugar de caminar el km que quedaba hasta las Rainbow Falls, preferimos volver al parking, coger la autocaravana y llegar a las cascadas por otra carretera, Waipapa Road, que te dejaba a escasos 5 minutos. Se empieza a notar el cansancio… Las cascadas estaban bien, eran amplias y llevaban bastante agua, y se podía apreciar, al final de su caida de 27 metros, el efecto del arco-iris (de ahí su nombre, suponemos).

Luego volvimos al pueblo de Kerikeri para tomarnos un café y ver algunas tiendecillas. Estuvimos un rato hablando con una señora británica que tras sólo 3 años aquí terminaba de conseguir la residencia neozelandesa, y se puso a darnos consejos por si queríamos pedirla nosotros (no diría yo que no, viendo cómo se vive aquí de relajado…).

Esa noche nos quedamos en el top 10 de Kerikeri, y tras una buena ducha, nos fuimos a dormir, puesto que al día siguiente a las 7:00 teníamos excursión en autobús a Cabo Reinga, el extremo más alejado en el norte de NZ.

viernes, 11 de septiembre de 2009

Waitangi y Haruru Falls


Tras levantarnos, nos hemos dirigido al embarcadero de Russell, a tomar un café en el “Waterfront Café”, antes de tomar el ferry a Paihia. La verdad es que este pueblecito es muy relajante, sobre todo las casas, cafés y restaurantes que dan al paseo de la playa… Uno cogería un libro, se sentaría en uno de los bancos que hay bajo los árboles y pasaría todo el día así.

En fin, vuelta al trabajo, aunque estamos ya un poco cansados físicamente, después de todas las palizas que nos hemos pegado. Cogimos el “Happy Ferry” de las 9:20 y quince minutos después de surcar la Bay of Islands, atracábamos en Paihia. Es un pueblo de playa, pero sin el encanto que tiene Russell. Tiene más tiendecillas y empresas que te bombardean con cruceros, pero no apetece mucho quedarse allí.

En todo caso, a nosotros nos daba igual, puesto que nuestro destino era Waitangi, lugar donde se debatió y firmó el tratado que lleva su mismo nombre, y que supuso el reconocimiento oficial de la soberanía de la Reina Victoria de Inglaterra sobre los territorios de Nueva Zelanda, otorgando asimismo a los maoríes el status de súbditos de la corona británica. Yo sigo pensando que hicieron un mal trato los indígenas, y que si se hubieran unido todos contra los ingleses podría haber sido un “Estados Unidos de Nueva Zelanda”, habida cuenta de que contaban con armas de fuego y conocimiento del terreno (en gran medida los maoríes inventaron la guerra de trincheras). Pero como suele pasar muchas veces, las distintas tribus se odiaban más entre ellas que a los pakehas (hombres blancos), y muchas apoyaban a los ingleses para masacrar a una tribu rival. Visto así, el Tratado aseguró la supervivencia de los maoríes y sus costumbres, pero ha sido fuente de muchas injusticias, hasta que en los últimos cuarenta años se ha empezado a devolver tierras a las tribus locales para que las administren directamente.

Nosotros recorrimos a pie, junto a la playa, los 2 km que separan Waitangi de Paihia. El sol salía y se escondía, pero hacía algo de viento hasta que alcanzamos los bosques que rodean el centro de visitantes de Waitangi. Lo peor fue que no pudimos ver la canoa de guerra que se construyó en 1940 en conmemoración del centenario de la firma del Tratado, réplica de la que se supone utilizó el bisnieto de Kupe (el primer explorador y descubridor maorí de NZ) para volver desde Hawaiki a Aotearoa (nombre maorí de Nueva Zelanda). La estaban restaurando, pero pudimos ver sus 2 metros de ancho por más de 35 de largo, hecha de una única pieza de madera y con un peso de 6 toneladas!! Se necesitan al menos 80-90 remeros para manejarla, pero puede llevar hasta 160 guerreros, una pasada.

Sí que visitamos la colina donde se firmó el Tratado, ocupada por el mástil de un barco con tres banderas (inglesa, maorí y neozelandesa). Es un prado verde frente al mar, rodeado de algunos árboles enormes que aunque sólo tienen 150 años, parecen milenarios por su tamaño.
Junto al prado se encuentra una marae espectacular, toda tallada, con símbolos y tótems de las principales tribus maoríes. Es única en el mundo por cuanto se trata de una marae (casa de encuentros) de carácter nacional, frente a las habituales maraes que pertenecen a una única tribu. Tiene muchísimos grabados tribales y una estatua de Kupe preside su entrada. Luego nos dimos un garbeo por la casa del antiguo gobernador inglés que vivía en la colina y nos tomamos un café en el bar restaurante de Waitangi, recomendado por muchas guías y que es de madera, con un precioso y tranquilo jardín, estanque y terraza donde descansar un rato.

Tras el café de turno, decidimos recorrer los 4,5 km que sigue una ruta desde el Centro de Visitantes de Waitangi hasta las Cascadas Haruru. Sin perjuicio de que se trata de una ruta agradable, que recorre vastos bosques de helechos y demás árboles autóctonos, lo más interesante se encuentra justo tras cruzar el puente sobre el estuario del río. Allí atravesamos 1km aproximadamente de manglares y terrenos pantanosos muy cuidados que tenían un aire siniestro, mientras que el camino seguía por una estrecha pasarela de madera. Vimos la forma que tienen estos árboles de “reproducirse” y extenderse a lo largo del estuario luchando contra la marea que los cubre al menos dos veces al día. Muy curioso.

Justo cuando llegamos a las cascadas Haruru volvimos a encontrarnos con la pareja de catalanes (de la zona de Sant Sadurní) con quienes estuvimos la noche del espectáculo maorí. Ellos venían de un crucero para ver delfines, pero con tan mala suerte que no habían visto nada y encima no les devolvieron el dinero. Aprovechamos que ellos habían ido con autocaravana para que nos acercaran por la carretera de vuelta a Paihia y ahorrarnos nosotros otros 4-5 kms. Allí nos despedimos de ellos. Lo cierto es que nos hemos encontrado, además de esta pareja, a otras de Sevilla, de Palma, vascos, de Madrid… No somos los que más viajamos a NZ pero Vicky y Gerardo no son obviamente los únicos españoles que se van hasta allí.

Ya en Paihia nos dimos un voltio para ver la Iglesia Anglicana de St. Paul. No es demasiado antigua (1925) pero se erige en el emplazamiento de la primera iglesia de NZ, una modesta cabaña de juncos construida en 1823. es de piedra oscura de Kawakawa, y el interior presenta distintas aves autóctonas en la cristalera del ábside: un kotare (parecido al martín pescador) como Jesús, y a los dos hermanos Williams, fundadores de la iglesia, como un tui y un kereru (paloma torcaz).

De ahí volvimos a coger el ferry hasta Russell, junto con los chavales que volvían del colegio. El tiempo había empeorado y el mar estaba más picado, con lo que el barco se movía más. Compramos un par de cosas en el supermercado y cuando fuimos a ver la casa Pompellier (un antiguo edificio de misioneros católicos de 1842) estaba cerrada (a las 16:00 chapa). Es el único edificio que se conserva de las misiones católicas en el Pacífico Oeste.

Así que nos volvimos al camping a cenar en el jardín y nos fuimos relativamente pronto a dormir.

jueves, 10 de septiembre de 2009

Whangarei y Old Russel Road.


Tras desayunar, nos dirigimos a la zona denominada Town Basin de Whangarei, que consiste en un pequeño embarcadero de veleros y yates deportivos, los cuales se suelen guarecer allí cuando empieza la temporada de huracanes del Pacífico Sur. Junto al embarcadero, se concentran una serie de edificios de estilo colonial realmente cucos que albergan tiendas de souvenirs, cafés, restaurantes y un museo de relojes. Nosotros pasamos por el museo para cotillear, pero donde realmente nos paramos fue en The Fudge Farm, una tienda de dulces artesanales muy estilo inglés donde no pudimos evitar comprar alguna cosilla…. Menos mal que luego lo terminamos quemando con las caminatas, que si no… El café diario lo tomamos en esta zona, y aunque el sol salía y se escondía tras unas pequeñas nubes, se estaba de cine, sin pensar en nada más.

Tras cotillear un poco lo de los relojes, nos dirigimos a las Whangarei Falls (lo nuestro con las cascadas ya es de psiquiatra…), unas cascadas de 30 metros de altura que aunque no son las más bonitas que hemos visto, se encuentran entre las más fotografiadas de Nueva Zelanda, dada su accesibilidad a todo el mundo, junto a la ciudad, rodeada de bosques y parques. La verdad es que a nosotros nos recordaban al anuncio aquél de ¡Tulipán Negro! y sin duda eran muy bonitas y fotogénicas. Hicimos una pequeña ruta circular de unos 20-25 minutos, echamos unas fotillos y hala, de vuelta a la autocaravana camino del Norte.

Como el día estaba bastante abierto (lucía el sol en general) decidimos ir hasta el pueblo de Russell por la antigua carretera (Russell Old Road), un pintoresco conjunto de curvas, caminos, cuestas que serpentea junto a la costa, contemplando pequeñas bahías ocultas y asentamientos maoríes (vimos varias maraes de camino). Fue un trayecto muy bonito, aunque tardamos bastante más que si hubiéramos ido por la estatal y luego cogido el ferry hasta Russell. Porque este pueblo, sin ser una isla, se encuentra en la punta de una estrecha península de forma que no es muy accesible por carretera.

Al llegar, buscamos el Top 10 y no nos defraudó. En la recepción del camping nos dijeron de colocar la autocaravana de lado, para así poder contemplar las vistas sobra la bahía. Además, teníamos una mesita y bancos de madera para nosotros solos, sobre el césped y bajo un árbol, justo al lado de la autocaravana. Una pasada.

Tras descansar un poquito, bajamos al pueblo a darnos un garbeo. Tiene un ferry para personas que conecta con Paihia cada media hora más o menos, y otro para automóviles que sale a 10 minutos de aquí.

Russell es ahora encantador, con algunas casas muy antiguas para el estándar de Nueva Zelanda. Vimos varias de 1830-1840, estilo colonial, junto a la playa. Además cuenta con la primera iglesia de NZ, la Christ Church, famosa entre otras cosas porque Charles Darwin (el de la teoría de la evolución), en uno de sus múltiples viajes, dio un donativo para su construcción. Tiene marcas de mosquetes de cuando la guerra de 1845 entre maoríes y británicos. Tiene un imponente monumento conmemorativo en su cementerio en honor a Waka Nene, un jefe maorí de la tribu de los ngapuhi que apoyó a los ingleses contra otras tribus del Norte.

Pero Russell no fue siempre un remanso de paz, con buenos restaurantes y tranquilas casas de huéspedes. El mismo Charles Darwin, cuando hizo una escala en la ciudad, la definió como el lugar donde se encuentran los mayores desperdicios de la sociedad. Conocida como “la boca del infierno del Pacífico”, el primer asentamiento europeo en Nueva Zelanda se convirtió pronto en un imán para indeseables, presos fugados, marineros borrachos y rudos balleneros. Incluso en 1830 el asentamiento se convirtió en el escenario de la “Girls War”, cuando dos mujeres maoríes que deseaban el amor de un capitán ballenero provocaron un enfrentamiento entre sus familias que causó cientos de muertos y heridos hasta que los misioneros lograron cerrar un acuerdo entre ambas facciones.

Nosotros nos dimos un paseo por su tranquila playa y al final decidimos cenar en el Kamakura, un restaurante muy mono (Recomendado por la Lonely Planet) que no nos decepcionó. Tomamos carne (ternera) y pescado (uno de nombre impronunciable que sólo se encuentra por aquí), y encima la camarera sabía lo que era un “cortado”!! Había estado trabajando 6 meses en Mallorca cuando era más jovencita. En fin, fue un día tranquilo pero muy agradable, que terminamos dando otro paseo de vuelta al camping.

Más Rotorua, Matamata y llegada a Whangarei


Finalmente decidimos no ir a la Península de Coromandel, y no porque no hubiera nada que ver, sino porque a estas alturas ya hemos aprendido que más vale ver un par de cosas bien vistas y disfrutarlas, en lugar de ir corriendo y agotados sin ver nada bien. Así que no madrugamos demasiado por una vez y, tras desayunar, nos dirigimos al centro de la ciudad de los huevos podridos, Rotorua.

Fuimos primero a tomar un café, y de ahí nos acercamos al lago, que si bien no es especialmente bonito (está bien y nada más), se encuentra rodeado de un parque muy relajante, junto a un embarcadero, lleno de patos, gaviotas de varios tipos y cisnes negros, muy comunes en Nueva Zelanda. Vimos a muchos neozelandeses caminando alrededor del lago y otros que se sentaban en sus coches con un café para llevar y se relajaban un poco antes de ir a trabajar. Es evidente que cuanto más viaja uno, más se da cuenta de lo paletos que somos los españoles cuando decimos “¡Como en España no se vive en ningún sitio!”. Aquí trabajan menos horas, o al menos se organizan mejor, son más productivos y nunca se les ve particularmente estresados. Nunca hay un pedazo de naturaleza muy lejos de sus vidas. Todos viven en casitas con jardín (de las de verdad), mucho más grandes que los bungalows nuestros, que además tienen precios inferiores… Yo me venía aquí enseguida.

Volviendo al lago Rotorua, éste es el mayor de los 16 lagos de la región y, por debajo de toda su agua, se encuentra un volcán extinto. Junto al lago, se encuentran los denominados “Government Gardens”, de estilo inglés, y que se extienden alrededor del Museo. Incluyen abundantes rosales, e instalaciones tales como campos de croquet, pistas de bolos y piscinas termales, así como campo de golf, minigolf y béisbol.

El edificio del museo es absolutamente espectacular, de lo bonito que es, de estilo tudor, y que podría encontrase en Oxford o ciudades inglesas similares. Abiertos en 1933, eran unos antiguos baños terapéuticos. Hoy se puede visitar un pequeño museo que celebra la edad dorada del edificio, con documentales, piscina climatizada, un mirador, y un bonito café. El entorno invita a coger un libro, sentarse junto a su fachada y disfrutar del verde del parque y del colorido de sus innumerables flores.

A partir de ahí, cogimos tranquilamente la carretera hacia Matamata, un perfecto ejemplo de cómo se puede exportar la campiña inglesa al resto del mundo. Matamata sólo era conocida por los amantes de los caballos de Australasia, puesto que se encuentran en este pueblo muchos de los mejores establos de caballos de carreras del hemisferio sur. No obstante, llegó el bueno de Peter Jackson y decidió que iba a convertir a este pueblo de 8000 habitantes en el imán del turismo extranjero. Se convirtió en Hobbiton, el pequeño pueblo campestre hogar de los hobbits descrito por Tolkien. Así, Matamata fue un lugar estupendo para vivir durante los años 2000 a 2003 más o menos, si uno era bajito y mofletudo. Más de 300 habitantes salieron como extras en la película. Nosotros íbamos mirando las caras de la gente a ver si nos sonaba alguno de la peli, pero no hubo suerte. Al que sí encontramos por allí, al lado de un enorme cartel que nos daba la bienvenida a “Hobbiton” fue al famosísimo Gollum (sí el de “mi tesssssoooooroooo”), convertido en una estupenda estatua de piedra. Probablemente es el elemento más fotografiado del pueblo.
No fuimos al lugar donde se filmó la peli, puesto que se trataba de un tour de 2 horas y media, de las que sólo media hora se pasaba en los decorados (que no son más que unas tablas blancas tapando los agujeros de la colina, puesto que el resto de decorados se retiró al terminar el rodaje). El resto del tiempo se pasaba en una granja viendo esquilar ovejas, así que…como que no. Lo que sí hicimos es comprarme un gorro y una bufanda de recuerdo, así como una cerveza de la marca que tomaron los actores en el rodaje (llamada desde entonces The SobeRing Thought).

En el I-site de Matamata nos indicaron el camino hacia las Wairere Falls, unas espectaculares (cómo no!) cascadas de 105 metros de altura. Dejamos la caravana en el aparcamiento desde el que empieza la caminata (hora y media larga de ida y vuelta hasta el mirador) y empezamos la subida. Se trata de una caminata bastante exigente, con continuas subidas e incluso un tramo de escaleras (literales) con 50 peldaños. El paisaje, una vez más, es magnífico durante todo el recorrido, vadeando varias veces el río Wairere con sus rápidos y demás, todo a través de un densísimo bosque, con helechos de más de 5 o 6 metros de altura. El ascenso fue duro pero valió realmente la pena el esfuerzo. Se puede subir hasta la cima por la que caen las cascadas, pero se trata de otra hora y media (ida y vuelta) adicional desde el mirador, realmente empinada y decidimos que ya estábamos bastante cansados. Además, queríamos coger ya camino hacia el norte, así que volvimos a la autocaravana y de ahí al pueblecito de Cambridge.

En Cambridge paramos a tomar algo en Deli on the corner, en Victoria Street. El café no era muy allá, pero las cosa de comer del menú están exquisitas. En Cambridge pretenden ser muy ingleses, con plazas verdes, avenidas flanqueadas por magníficos árboles exóticos y una cantidad indecente de casas de falso estilo tudor. Nosotros no tuvimos mucho tiempo para ver nada, pero parecía un pueblo agradable por el que pasear.

De ahí cogimos camino a Whangarei, ciudad que se encuentra al norte de Auckland. Al pasar de largo por dicha ciudad pudimos efectivamente comprobar que ésta es LA CIUDAD de Nueva Zelanda. Aún así, la travesía por las distintas circunvalaciones fue muy cómoda y rápida. Vimos de cerca la famosa Sky Tower y parte del puerto deportivo con sus innumerables yates. Ya contaremos más dentro de unos días cuando volvamos.

Nuevamente nos pegamos un poco de paliza hasta alcanzar Whangarei, ya de noche. Algo de la ciudad y sus alrededores la visitaríamos al día siguiente, antes de encaminarnos hacia la zona conocida como Bay of Islands (Bahía de las islas).

miércoles, 9 de septiembre de 2009

Rotorua


Esa noche habíamos localizado, previo dar un par de vueltas a la ciudad, el Top 10 de turno, que estaba muy bien, como suele ser habitual en estos establecimientos. Nos levantamos con calma, con la idea de hacer algo relajado tras las palizas de los últimos días. Así que decidimos irnos a la zona termal denominada “Hell´s Gate”, la más importante de NZ, y la más activa de Rotorua, con géiseres, tórridas fuentes termales y piscinas de barro burbujeante.

Es un tesoro (taonga) de la tribu Ngati Rangiteaorere, que son los guardianes (kaitiaki) de la zona. Esta reserva geotermal se formó aproximadamente hace 10.000 años cuando erupciones volcánicas secaron un antiguo lago para formar los lagos Rotorua y Rotoiti. Una de las diferencias principales respecto de otras zonas radica en que en Hell´s Gate (la puerta del infierno), la fuente de calor se encuentra a apenas 1,5 km de la superficie, mientras que en el resto se suele encontrar a 10 kms.

En maorí se la conoce como Tikitere, abreviatura de Taku Tiki i Tere ne (“mi hija pequeña se ha ido a la deriva”) en recuerdo de la tragedia de una joven que se suicidó saltando a una piscina termal. El nombre inglés procede de una visita de George Bernard Shaw en 1934.

Es una reserva geotérmica impresionante. Cubre 10 hectáreas, que se puede recorrer a través de un sendero de unos dos km y medio que lleva a todos los puntos de interés, incluida la mayor cascada termal de agua caliente del hemisferio sur. Son las Cataratas Karaki, cuya temperatura media es de 38 grados. Se alimentan de las aguas calientes de los lagos de azufre que se encuentran a un nivel más alto. Ocasionalmente algún visitante se ha dado una ducha bajo sus chorros con fines terapéuticos, pero nosotros preferimos no arriesgarnos… Son un lugar especial para los maoríes, puesto que en la antigüedad, sus guerreros se bañaban en ellas para quitarse la sangre de la batalla. El azufre del agua servía como desinfectante de las heridas que sufrían a manos de sus enemigos, así como para eliminar el mal rollo de la guerra antes de volver con sus familias.

Otra de las atracciones del parque es el Volcán de barro, otro de los pocos sitios donde el barro cae con gran estrépito. La mayor parte de esta área es tan caliente que se solidifica al instante. Parece roca, pero si se pone el pie encima, ésta cede abriéndose la tierra y dando paso al agua y barro hirviente.

Como curiosidad, se pueden ver unas pequeñas piletas donde los maoríes cocinaban los alimentos, que se colocaban en canastos de yute tejidos a mano y se requería sólo media hora para su cocción. Eso sí, ahí los huevos fritos salían ya con olor a podrido…

De acuerdo con el último análisis geológico, las piletas que conforman el grupo denominado “Inferno” tienen una variación de temperatura de 100º a 115º grados, una profundidad de 3 a 20 metros, y el grafito en suspenso calentado al vapor hace posible que sea más caliente que el punto de ebullición, siendo precisamente el grafito el que le da ese color de metal pavonado.

La anécdota del parque la representa la piscina conocida como Australia, puesto que tiene la misma forma. Dicen que los aussies preguntan porqué no está Tasmania. Los maoríes contestan con un encogimiento de hombros pero invitan a sus vecinos australianos a hacer ellos mismos el agujero que represente a la pequeña isla… Todavía ningún australiano se ha atrevido. A nosotros nos da igual, porque como somos spanish…

Luego nos dimos un baño de barro caliente medicinal y otro de agua con azufre durante casi una hora. Dicen que deja la piel muy suave y es bueno para los huesos (lo recomiendan en los tratamientos contra la artritis). Yo sólo puedo decir que han pasado 3 días y sigo apestando a azufre!!!

Ya era algo tarde y a las 18:00 teníamos una cena y espectáculo maorí, así que como ya habíamos visto muchas reservas termales, preferimos irnos a ver animalitos en Rainbow Springs, una especie de mini zoo con especies autóctonas de aves y plantas principalmente (sin olvidar a los pedazo de truchas de arco iris!!), de carácter privado pero que tiene uno de los mejores sistemas de protección y cuidado del kiwi que existen en NZ.

Lo mejor del recorrido es que pudimos ver cómo cuidan de estos extraños animales (son unos pájaros con unas pequeñas alitas que no usan), en peligro de extinción desde que en el siglo XIX el hombre, tratando de controlar a la enorme plaga de conejos que invadía Nueva Zelanda, trajo a las islas comadrejas, zarigüeyas y martas, que prefirieron comerse al kiwi que a los conejos. En ciento cincuenta años han pasado de ser 12 millones a escasos 70.000 ejemplares. Menos mal que estos centros están recuperando al kiwi, que durante sus primeros 6 meses de vida está muy desprotegido frente a estos depredadores. Nosotros vimos huevos de kiwi (son enormes para el tamaño del animal y pesan mucho), una cría de pocos días (monísima!) y cuatro animales adultos que nos sorprendieron por su tamaño. La verdad es que quedamos muy contentos porque teníamos muchas ganas de ver a estos bichos, únicos en el mundo y que sólo se pueden contemplar aquí. Cómo no, Vicky quería traerse un bebé kiwi, pero renunció a ello cuando le recordé que cualquiera de nuestros gatos se lo iba a pasar bomba con el pajarito…

Volvimos al camping a acicalarnos (dentro de lo posible, porque no hemos traido ropa elegante), y a las 17:30 un minibús vino a recogernos para llevarnos a Te Puia, un complejo en el valle que lleva el mismo nombre, propiedad de la tribu maorí local donde habitualmente realizan espectáculos y cenas tradicionales llamadas “Hangi”. En Te Puia se encuentra la atracción maorí más pulida de NZ, con una excelente tienda de regalos típicos (souvenirs).

Primero nos recibieron frente a la Marae (casa sagrada) un grupo de maoríes con trajes tradicionales. Un guerrero se acercó gritando y amenazandonos con su lanza, dejó una hoja en el suelo, que uno de nuestro grupo (haciendo el papel de jefe) recogió y lentamente caminó hacia atrás. Eso significa en su tradición que la tribu que ha venido a verles viene en son de paz. A partir de ahí nos recibieron con cantos y bailes y nos descalzamos para entrar en la marae. Allí más cantos y bailes precedieron al archiconocido Haka, popularizado en todo el mundo por el equipo nacional de rugby (los All Blacks). Después, algunas de las chicas y mujeres del grupo de visitantes tuvieron que salir a imitar el baile del Poi que antes habían representado las maoríes. Pero lo mejor es cuando a los chicos nos sacaron para aprender e imitar el Haka. Yo me reí mucho, sobre todo sacando la lengua y poniendo los ojos de loco esos que ponen ellos para supuestamente intimidar. Creo que nosotros dábamos más bien risa, o pena, jejeje, pero fue un momento divertido.

De ahí pasamos a un comedor donde pudimos probar la comida cocinada en piedras calentadas con el calor de los géiseres del valle de Te Puia, pero tampoco era para tirar cohetes. No estaba mal y punto, dejémoslo ahí. Lo mejor de la velada fue definitivamente el espectáculo, donde nos contaron detalles de historia y tradición maorí.

Antes de embarcarnos en el minibús de vuelta al camping, en Te Puia nos llevaron a ver la erupción de uno de sus géiseres, pero esa noche estaba algo tímido y no lo pudimos ver demasiado bien. Vicky consiguió verlo, pero yo apenas, debido a la gran cantidad de vapor que desprendía.

Cuevas Waitomo


Empezamos el día con un buen café capuccino en un restaurante – bar regentado por una familia maorí, con una agradable terraza de madera con vistas a un bonito jardín, en un día realmente espléndido. Una vez cogidas las fuerzas que la aventura requería, nos dirigimos con la autocaravana al Black Café, sede de la Legendary Black Water Rafting Company, los pioneros del lugar y que inventaron el llamado black water rafting (rafting por aguas negras).

Nosotros escogimos el recorrido “Black Abbyss”, que es para la clientela más osada, con descenso en rappel por una sima de 37 metros, tirolina en la oscuridad, salto por una pequeña casacada, salto de unos 3-4 metros al río subterráneo, navegación con neumáticos y escalada por dos cascadas para salir de la cueva, todo ello aderezado con arrastrarse por pasadizos llenos de agua, etc.

Esta empresa utiliza para sus “expediciones” la cueva Ruakuri, una cueva descubierta por los maoríes hace 400 o 500 años, cuando un cazador que iba en una partida de guerra con el jefe kawhia Tane Tinorau fue atacado por una jauría de perros que vivían en la entrada. Los perros fueron abatidos y comidos (los maoríes no desperdiciaban nada) pero la cueva se quedó con el nombre de “guarida de perros” (Ruakuri). Poco después Tinorau trasladó a su pueblo a la zona y la gruta se convirtió en un wahi tapu (“lugar sagrado”), utilizado para los entierros y guardar importantes taonga (“tesoros”).

Está muy bien, si se tiene tiempo, hacer la ruta de las tres cuevas principales, la Waitomo, la Ruakuri, y la Aranui, pero salvo que se quiera no mojarse y pasar un día tranquilo, recomendamos escoger alguna de las expediciones subterráneas, porque realmente es algo que en general no se practica habitualmente en España.

Nuestro grupo estaba formado por George, un neozelandés con trazos maoríes, dos americanos que parecían hermanos, Greg y otro cuyo nombre no recordamos, y tres chicas, una escocesa, una inglesa y otra neozelandesa (Maria, Jo, y Faith). Además estaba el Team Spain (Vicky y yo!). Nuestros guías eran Bran y Doug (el mayor parecía medio italiano y el otro era un chavalín espigado con un humor típico inglés). Después de embutirnos en los trajes de neopreno y ponernos los cascos de espeleólogo (esos con la lucecita de minero…), nos llevaron en minibús a la entrada de la cueva. Allí practicamos un poco el descenso en rappel (abseiling le llaman por aquí), y a la faena.

Los primeros metros del descenso son delicados porque hay que pasar por un agujero bastante estrecho (todavía no sabemos cómo el maorí y los americanos pasaron, dada la talla de calzoncillos que usaban). Luego se hace muy rápido, sobre todo si te mola bajar a toda leche, porque el agujero de ensancha mucho. Tras descolgarnos, continuamos andando a la cueva hasta la zona de la tirolina. Aquí el cabronazo de Doug apagaba todas las luces y así parecía que volabas en la oscuridad sin saber si te la ibas a pegar o no. En el techo ya brillaban multitud de luciérnagas, pero claro, de eso no te das cuenta hasta que te sientas a esperar a los otros. Por cierto, las luciérnagas que vimos en Te Anau debían ser tímidas, porque nos decían que había que guardar silencio y no hacer fotos o si no se apagaban. Como siempre, una trola para sacarte más pasta. En Raikuri da igual que chilles, las luciérnagas van a lo suyo, o sea, a brillar para cazar algún insectillo que comerse…

Aquí nos dieron chocolate caliente y una galletilla, lo cual significa que te van a joder un poco a continuación. Efectivamente, nos sentamos al borde de un pequeño risco sobre el río subterráneo, nos dieron los neumáticos y nos dijeron que saltáramos los más de 3 metros hasta el agua con la goma en el culo. Aparte de la impresión que te llevas con el golpe (en realidad no notas nada, es más el susto), el agua helada hace que reacciones rápidamente y empieces a maldecir en arameo. El neopreno ayuda siempre que el agua no llegue al pecho, momento en el cual da igual que vayas en bolas.

En fin, tras meternos todos en el río, continuamos sobre los neumáticos hasta llegar a una zona en la que ya podíamos andar. Poco después nos dijeron de apagar las luces, formar una cadena sentados con los neumáticos y volvimos hacia otro pasillo subterráneo observando el techo brillante, lleno de luciérnagas. Debían de haber cientos, o miles, yo qué sé. Era brutal. Además, que no lo hemos dicho, las cavernas en sí son una pasada, con cientos de pasadizos que se intercomunican, agua corriendo por muchos sitios, estalactitas, estalagmitas, fósiles... Son increíbles.

Luego dejamos los neumáticos y nos deslizamos por un tobogán colocado sobre una pequeña cascada, para después meternos por otros pasadizos donde había que ir o en cuclillas o arrastrándose (nuevamente los gorditos del grupo, entre los que increíblemente no me encontraba yo, tuvieron que apretujarse contra el suelo y el agua). Entre medio, nos tocó nadar algunos tramos, donde volvimos a acordarnos de la madre que parió al que inventó los trajes de neopreno permeables (porque algo de agua entra).

Llegamos a la parte final, donde había que escalar dos cascadas para salir a la superficie. Sabíamos que la cosa no sería fácil porque nos dieron unas onzas de chocolate!! En las cascadas el agua caía con fuerza, y en la primera de ellas, Vicky perdió una de sus botas. La cosa no llegó a más porque ya estábamos al final de la ruta que si no… se deja hasta los juanetes en las rocas. La bota no se encontró, pero sí otra que alguna había perdido en otra expedición, aunque era del pie contrario… no se puede tener todo, Vicky!!

Salimos extenuados, y con frío, pero el magnífico sol que lucía nos hizo entrar en calor rápidamente. De ahí volvimos a la base donde tras quitarnos los trajes, cascos y botas (ya no parecíamos salchichas peleonas!), nos dimos una buena ducha caliente y tomamos una (asquerosa pero ardiente) sopa de tomate y unos bagels con mantequilla.

Estábamos agotados tras cinco horas de aventura, y encima habíamos de volver a Rotorúa, cerca del Lago Taupo, lo que suponía unas dos horas largas de carretera. Así, nos despedimos del grupo de aventureros, una gente muy maja y agradable, y cogimos caminito con nuestra inseparable Campervan.

La llegada a Rotorua fue impactante, ya que aunque era de noche y no se veía nada, nos invadió un olor insoportable a huevos podridos (azufre). Bienvenidos a Rotorua!! Uno se pregunta cómo la gente puede vivir aquí, con este olor. Eso sí, dos días después paseamos por el lago y los Government Gardens y descubrimos que, aunque el olor a azufre no termina de irse del todo, al menos las vistas son muy pero que muy agradables.

martes, 8 de septiembre de 2009

Más Lago Taupo y Tongariro National Park


Nos levantamos con la idea de contratar una excursión por el Lago Taupo, para ir a ver las “Maori Carvings” (tallas maoríes), sólo accesibles en barco. Al principio pensamos que era otra excusa para sacarnos dinero, pero luego comprobamos que por una vez tenían razón.

Así que fuimos al I-site para reservar una excusión de estas. Nosotros fuimos con el Ernest Kemp, una réplica de un antiguo barco de vapor muy graciosote. De hecho cuando volvimos una señora mayor con una niña estaba esperando al barco porque la nena era la tataranieta del famoso Ernest… cosas de aquí… Dura dos horas y media más o menos. El barco sale desde el punto donde nace el río Waikato (El más largo de NZ), y como no podía ser de otra manera, hay que ir con cuidado para no pisar a uno de los múltiples patos y gaviotas que hay por allí. Primero te llevan por Acacia Bay, llena de casas de veraneo de primera. Entre ellas se encuentra una casa enorme, que costó 6 millones de dólares nz construirla hace ya muchos años, y que posteriormente fue adquirida por la embajada americana.

El nombre del lago viene de una leyenda maorí, por la cual, cuando el jefe Tamatea-arikinui visitó la zona por vez primera, sus pasos retumbaron, lo que le llevó a pensar que el suelo estaba hueco, llamándola Tapuaeharuru (“pasos retumbantes”). Los maoríes eran entonces bastante simples… El nombre actual se debe a Tia, que durmió junto al lago envuelto en su capa, llamando al lago, Taupo nui a Tia (“la gran capa de Tia).

Fuimos bordeando la costa hasta alcanzar la Mine Bay, que es donde se encuentran las tallas. Se encuentran sobre la propia roca, en el lago, alcanzando más de 10 metros de altura alguna de ellas. La más grande parecía la puerta secreta a un templo sagrado escondido, al estilo de las pelis de Indiana Jones. Alrededor había otras tallas, de caras de dioses y otras criaturas (una representa al viento, otra a una sirena, unos reptiles perfectamente tallados…). Son increíbles. Las esculpió en 1970 el maestro Matahi Whakataka-Brightwell, y representan a Ngatoro-i-rangi, el navegador visionario que guió a las tribus tuwharetoa y te arawa a la zona de Taupo hace más de mil años.

Desde el barco vimos varios skydivers (paracaidistas) dado que últimamente quieren competir con Rotorua (al estilo Queenstown – Wanaka) en cuanto a deportes de riesgos. También vimos varios barcos con gente pescando, ya que es uno de los mejores lugares del mundo para practicar la pesca de la trucha, con 12 tipos diferentes de la misma. A pesar de que el Lago es precioso, no puedes evitar dirigir la mirada hacia los volcanes del Tongariro National Park, puesto que desde el agua se vislumbran las cumbres del Tongariro, Ngauruhoe y Ruapehu.

Ya cerca del embarcadero se encuentra una playa que tiene aguas termales bajo ella, y que el agua mantiene una temperatura ideal durante todo el año.

Tras llegar a puerto, nos dirigimos en autocaravana hacia el Tongariro NP y su centro neurálgico, la aldea Whakapapa. Fue el primer parque nacional de NZ, creado en 1887, cuando la tribu local le entregó como regalo estas tierras al gobierno para conservar de esa forma una zona espiritualmente importante para los maoríes. El nombre proviene de Tonga (“viento del sur”) y de Riro (“dejarse llevar”), e inicialmente comprendía los tres montes del parque. Los tres volcanes están activos, siendo el más movido de ellos el Ruapehu, que erupcionó en 1995. Aún así, el último movimiento importante del volcán se produjo en 2007 cuando un leve terremoto hirió de gravedad a un excursionista que dormía en un refugio. Tiene 2.797 metros de altura, y es el más alto de los tres.

Sin embargo, el más fotografiado es con diferencia el Ngauruhoe, con 2.287 metros de altura y creado hace “sólo” 2.500 años. Si uno se imagina a Frodo y a Sam por allí, enseguida lo relacionará con el Mount Doom (“Monte del destino”) de la aclamada trilogía “El Señor de los Anillos”. Todo el mundo se hace fotos con este volcán de fondo. Además es el que tiene la forma más típica, la cónica con la cima cortada. En verano se puede subir a su cima, a tirar el anillo de poder, jejejeje, pero en invierno está cubierto de nieve y sólo es accesible para alpinistas experimentados. Nosotros quisimos realizar la famosísima Tongariro Alpine Crossing, pero fue imposible dado que incluso a las seis de la tarde del día anterior no sabían si iba a salir la expedición por culpa no de la nieve, sino del viento, mucho más peligroso aquí que cualquier otro elemento. La duración de este trayecto es de todo el día, y aunque se puede hacer por cuenta propia, se desaconseja totalmente en invierno salvo con guías experimentados que proporcionen crampones y hachas para el hielo (así como ropa abrigada).

Nosotros llegamos hasta el I-site de Whakapapa y allí decidimos hacer un par de rutas, de 1 hora y 2 horas, respectivamente. Primero hicimos la Ridge Track, que lleva por una ladera ascendente (todo el rato) y embarrada hasta una colina cercana donde se pueden ver los tres volcanes, sobre todo el Ruapehu. No está mal pero no es nada comparada con la que hicimos a continuación, la caminata circular hasta las Taranaki Falls y vuelta.

Ésta pasa por terrenos muy distintos, desde zonas casi de marisma hasta bosques tupidos y zonas montañosas. Siempre cruzando una y otra vez el río Wairere, donde se acumulaba el hielo de la noche. Es mejor empezar en el sentido de las agujas del reloj (por el camino de la izquierda), dado que de esta forma la parte de subida es menor y se puede hacer de forma más agradable.
Las cascadas son espectaculares, y caen desde una zona de lava petrificada a una pequeña piscina natural, donde encontramos bloques de hielo flotando tranquilamente sobre el agua. No nos apetecía bañarnos así que continuamos la ruta, fotografiando una y otra vez los tres volcanes. Esta ruta permite verlos mucho más de cerca. Conseguimos hacer la ruta de 6 km en el tiempo estipulado. Increíblemente vimos a un par de personas ¡corriendo! por la ruta, con el frío que hacía, cuesta arriba y abajo…

Ya se hacía de noche, pero como queríamos ir al día siguiente a las cuevas Waitomo, cogimos camino sin dejar de mirar una y otra vez a los volcanes, que son algo indescriptible, coronados de nieve… Llegamos al camping Top 10 de Waitomo justo cuando estaban cerrando la oficina, y nos preparamos para la aventura del día siguiente durmiendo a pierna suelta entre bosques y pájaros nocturnos (¿serían kiwis?)

domingo, 6 de septiembre de 2009

Turangi-Lago Taupo


Esta mañana nos hemos levantado sin demasiadas prisas, después de la agitada jornada del día anterior. Tranquilamente hemos ido al I-site para consultar las cosas que se podían hacer en Turangi. Las fundamentales: pesca y más pesca. Es uno de los sitios más famosos del mundo para pescar truchas e incluso tienen un centro de estudios y observación del susodicho pececillo… De hecho, en nuestro camino a Taupo, que está a unos 45 km, vimos un montón de pescadores en plena faena en el río Waikato.

Como vimos que había más cosas que ver en Taupo, cogimos la autocaravana y nos fuimos para allá. Son 45 km bordeando el Lago Taupo. Es el más grande de Nueva Zelanda, con más de 40 km de longitud, y se formó hace millones de años en el cráter de un antiguo volcán. Conforme lo vas bordeando, se puede ver al fondo los 3 volcanes más famosos de NZ, entre los que se encuentra la montaña más fotografiada de los últimos tiempos: el Ngaurhoe, alias “el Monte del Destino” del Señor de los Anillos…

Taupo es una ciudad eminentemente vacacional, donde muchísima gente acude en verano, de ahí la cantidad de hoteles y moteles que hay en la ciudad. Nosotros nos dirigimos en primer lugar a unos 5 km aproximadamente al norte, en dirección Hamilton, para ver los denominados “Cráteres de la Luna”.

Esta zona termal surgió a raiz de los ajustes hidroeléctricos en la década de los cincuenta provocados por la central. Cuando los niveles de agua subterránea descendieron y cambió la presión, los cráteres de la luna aparecieron con nuevas fumarolas de vapor y piscinas de lodo burbujeantes. Nos costó 12$ la entrada y se trata de una caminata de 45min aproximadamente a lo largo de todos los cráteres, respirando azufre. Es muy curioso y sirve como aperitivo a lo que uno puede ver a continuación.

Sin perder el tiempo con las terrazas Waikarei (hechas por la mano del hombre como réplica a las naturales que se perdieron con la erupción del Tarawera en 1886), nosotros preferimos encaminarnos al Valle Escondido o Orakei Korako. Se trata probablemente del mejor recinto termal de Nueva Zelanda. A pesar de que ¾ partes del parque se encuentran sumergidas bajo la presa del lago Ohakuri, la parte que se conserva es realmente asombrosa. La visita la iniciamos con un pequeño paseo en bote a motos, que cruza el río hasta el comienzo de las terrazas de sílice. A partir de ahí, una hora y media de visita nos dejó con la boca abierta. Vimos distintos géiseres, calderas llenas de agua caliente, pequeñas cascadas termales y sobre todo una zona llamada la Paleta del Artista, que ya veréis en fotos, y que es sencillamente preciosa. El plato fuerte final es la cueva Ruatapu, una de las dos únicas cuevas termales que existen en el mundo. Es una impresionante cavidad natural que tiene una pequeña laguna verde jade, y que las mujeres maoríes usaban para acicalarse antes de su boda. Nosotros pedimos un deseo cada uno siguiendo la tradición, metiendo la mano izquierda en el agua caliente. A ver si se cumplen!!

La visión de toda la zona es particularmente atrayente porque los colores ocre, blanco y añil, junto con algún toque de rojo y verde, da a las llamadas terrazas esmeralda una vistosidad fuera de lugar. Encima, con la luz del sol todavía lucen más, así que volvimos a tener suerte con el tiempo!!

De vuelta a Taupo, paramos en las llamadas Huka Falls (Cascadas Huka), lugar donde el Waikato, río más largo de Nueva Zelanda, que nace en el Lago Taupo, atraviesa una estrecha sima precipitándose desde 10 metros a una laguna. La altura puede parecer una tontería pero el volumen y la fuerza del agua que se precipita por allí la hace increíble. En maorí, “Hukanui” significa gran cuerpo de espuma, debido precisamente a la cantidad de espuma provocada por las aguas al caer al río.

Como se nos había hecho tarde para comer pero pronto para cenar, nos encontramos con que todo estaba cerrado, restaurantes y cafés, así que acabamos malcomiendo en un Kentucky Fried Chicken, un desastre, contemplando a vacas maoríes (ya sabemos por qué están tan gordos).

Queríamos haber ido a unos baños termales cerca de Turangi pero esa tarde no estábamos ninguno de los dos demasiado bien, así que nos fuimos al Top 10 de Taupo y ya no nos movimos de allí. Suponemos que todo se debió a la resaca de la jornada ferry-caravana del día anterior.

sábado, 5 de septiembre de 2009

Queen Charlotte Dr, el Interislander y la locura más grande de todo el viaje


El jueves salimos sin prisas, con la idea de llegar a Picton a través de la carretera que bordea los fiordos de Malborough. Fue una gran idea, puesto que además de hacer un sol estupendo, las vistas son nuevamente impresionantes. No nos importó que la carretera también fuera totalmente sinuosa, porque valía la pena parar cada poco a filmar y hacer fotos.

Lástima que justo a la entrada de Picton, se nos vino encima una tormenta de esas de aúpa, que no nos dejó apenas disfrutar de la ciudad antes de coger el ferry. Aún así, pudimos hacer algunas compritas y tomarnos uno de los mejores capuchinos que hemos probado por aquí.

Lo del ferry merece mención aparte. Te ponen en unas colas dependiendo del tipo de automóvil y su peso, y vas embarcando poco a poco. Dejas cerrado el coche, con freno y marcha puesta, pero apagado, y te subes arriba. El ferry tiene restaurante, café bar, tienda, cine y no sé cuantas cosas más. Las vistas si el día es medio bueno (la tormenta había amainado cuando salimos) son estupendas, sobre todo mientras surcas el fiordo Queen Charlotte y los demás estrechos y recovecos de la costa. El problema empieza cuando sales al estrecho de Cook, porque generalmente el mar está bastante picado, y si encima hace viento, es que no puedes ni salir a la cubierta a filmar nada, porque te congelas. De todas formas, entre dormir un poquito, comer algo y hacer fotos, se nos pasaron rápidamente las 3 horas que dura el viaje.

Sacamos la autocaravana de los últimos, y ya eran las 18:30 horas. Encima en Wellington no hay cámpings, por lo que pasamos de quedarnos allí. La agencia de viajes nos sugería hacer viaje de 5 horas a Napier, pero esta ciudad de edificios art-déco no nos mataba demasiado, sobre todo porque queríamos tener tiempo para Tongariro y el Lago Taupo, así que dijimos, pues nos vamos hasta Taupo a ver hasta donde llegamos.

Al final paramos en Turangi, a 50 km de Taupo, lo que quiere decir que nos metimos entre pecho y espalda casi 400 km después de la travesía del barco. Pero la locura no acabó allí. Casi toda la carretera hasta Taupo es buena, bastante recta y permite ir a buen ritmo. El problema se plantea si cuando llegas a Waiaru te olvidas que la Desert Road (entre Waiaru y Turangi) no es lo más recomendable en invierno y de noche. Nosotros no nos percatamos de ello y nos metimos por allí. La Desert Road es famosa porque atraviesa el Tongariro Nacional Park, pasando cerca de los tres volcanes, y porque se llena de hielo y nieve casi todo el invierno, llegando a cortarse a menudo hasta que los quitanieves hacen su trabajo. Imaginaros a nosotros con la autocaravana, mirando cómo todo, incluso la carretera, estaba helado. A pesar de ir despacio, el coche nos patinó levemente un par de veces. En fin, que lo mejor que nos ha podido pasar ha sido contarlo…

Encima, llegamos a Turangi pensando en dormir en cualquier aparcamiento, pero en eso tuvimos suerte y había un motel que también tenía sitios para autocaravanas, con lo que al menos pudimos descansar más calentitos, con calefacción y todo. Turangi, por cierto, es la autoproclamada capital mundial de la trucha. Pero eso queda para otro día…

Abel Tasman Dia 2


Nuevamente nos levantamos temprano para coger la carretera de la costa a Kaiteriteri (son unos 14 km). Como tenemos que estar allí a las nueve, salimos con bastante tiempo para no andar con prisas. Además nos conocemos cómo son las carreteras en el sur, sobre todo si hay costa o montañas de por medio (estrechas, sin arcén, curvas sin cesar…). La idea era llegar a Kaiteriteri y tomarnos un café allí. Sin embargo, la cosa no resulta como esperamos porque en invierno el café de la playa (el único que hay) no abre hasta las 10, así que nos acercamos a la tienda del pueblo y nos cogemos uno de máquina, que la verdad no estaba mal. Como hace sol, nos vamos con nuestro café a sentarnos en un banco de la playa, rodeados de gaviotas y… patos!! Kaiteriteri es una de las puertas al parque nacional de Abel Tasman, una pequeña bahía rodeada de casas muy cucas, enormes y con unas vistas magníficas. ç

Los de la compañía de kayaks (Wilson) nos habían dicho de esperar en la playa, y sobre las 9:15 llega un barco tipo catamarán que llega prácticamente hasta la arena (gracias a que la marea estaba alta). Sueltan una pasarela y subimos. Los water-taxis, como los llaman por aquí, es la única forma de recorrer las distintas zonas de Abel Tasman. No hay carreteras, sólo rutas para trekking y multitud de bahías de arena dorada. En verano se pone hasta la bandera, pero ahora lo vemos tranquilamente, parece que estemos en otro mundo. Sólo se oyen los pájaros y el murmullo del mar. Una pasada. Además, hemos tenido mucha suerte porque nos hace un sol tremendo (nos hemos puesto protección solar) y no hay viento. Aquí hay que tener cuidado con el sol en verano, donde los 30º son engañosos. A los diez minutos puedes haberte quemado. De hecho, nuestro guía para el día de kayak, Adam, nos comentó que 1 de cada 4 neozelandeses tienen algún tipo de problema cancerígeno en la piel, causado por el sol.

Nos llevaron en barco hasta Anchorage Bay, donde una lancha nos acercó a la playa. De camino vimos varias formaciones rocosas muy curiosas, como una roca totalmente redonda partida por la mitad, como una sandía. Por cierto, la lancha tenía algo de agua dentro, completamente helada, así que tuvimos que descalzarnos (botas y calcetines) para meternos en ella. Nos dijeron que pensáramos que estábamos en el trópico, pero por mucho que nos imagináramos las playas de Cayo Coco aquello seguía helado… Una vez en la playa, Adam nos llevó a los dos a una especie de albergue que la empresa Wilson´s tiene en la bahía, donde recogimos los kayaks, nos equipamos con chalecos, chaquetas de kayaking impermeables y una funda para evitar que el agua entrara en el kayak. Metimos las cosas y provisiones en bolsas impermeables y nos preparamos para nuestro día de remo.

Primero fuimos saliendo de la bahía y remando junto a la costa hasta la bahía del francés, llamada así porque el explorador galo D´Urville llegó a ella para calcular con su astrolabio la ruta a seguir. De ahí nos acercamos a una isla cercana, en la que se encuentra una colonia de focas. Vimos un montón, pero eran todas hembras y cachorros, dado que no se juntan con los machos salvo en la época de apareamiento. Las focas están embarazadas unos 11 meses al año!! Por eso, se pasan buscando comida horas y horas para ellas, para el que llevan dentro y para el que acaba de nacer… qué vida más perra! Y luego se quejan algunas…

De vez en cuando, Adam gritaba “penguin!” y rápidamente mirábamos para ver a un pequeño pingüino azul tomar aire y zambullirse para seguir pescando. Tuvimos suerte, puesto que en los últimos meses no se habían dejado ver mucho. También estuvimos viendo varios tipos de cormoranes. Incluso a unos cuantos que estaban cortejando a una hembra, con su cresta levantada, luciéndose como gallos.

Para comer, nos acercamos a una bahía sagrada para los maoríes, puesto que detrás de la playa hay un cementerio maorí. Estaba totalmente desierta y en silencio. Una gozada. Mientras comíamos, Adam se adentró en el bosque y nos trajo hojas del árbol del té y una especie de espárrago salvaje, todo comestible. La hoja mascada sabía fuerte pero el espárrago sabía igual que los guisantes!!

Luego de comer volvimos a embarcarnos en el kayak, para hacer un poco de travesía en mar abierto. Ahí fue el único momento del día que se nubló un poco, y empezó a hacer viento, lo que dificultaba bastante el remar. Así las cosas, tras un nuevo recorrido por la costa viendo, estrellas de mar, mejillones y focas, además de muchas aves, volvimos a la playa de Anchorage Bay para la recogida por el barco. Allí Adam nos enseñó el llamado “oro de los idiotas” (Fool´s gold), que abunda en todas las playas de Abel Tasman en cantidades industriales, que no es otra cosa que pirita. Lo que sucede es que brilla como el oro bajo el sol. Es una caña, mueves la arena y sale multitud de pirita granulada…

Ya de vuelta en Kaiteriteri, con las botas algo mojadas (por la baja marea el barco tuvo que atracar a unos metros de la arena y tuvimos que mojarnos), volvimos a la caravana con la idea de avanzar todo lo posible antes de dormir, dado que al día siguiente teníamos ferry.

La carretera va desde Motuela hasta Picton, pasando por Richmond y Nelson, y unas zonas costeras muy agradables. En general es una carretera bastante recta y bien asfaltada. Aún así, llegamos a Havelock cuando ya anochecía. La idea de parar aquí no era sólo porque está a 26 km de Picton por la Queen Charlotte Driving Road, sino porque es la capital de los mejillones de labios verdes, según nos había contado Adam!!

Aprovechamos las indicaciones de la Lonely Planet y cenamos en “The Mussel Pot”: buen precio y unos mejillones exquisitos en un lugar que tiene aires de taberna. Llegamos justo media hora antes del cierre, menos mal. Luego volvimos al camping, que estaba junto al pequeño puerto de Havelock, muy tranquilo, y nos preparamos para dormir y descansar antes de pasar nuestras últimas horas en la Isla Sur.

viernes, 4 de septiembre de 2009

Abel Tasman Día 1


Hoy hemos empezado el camino hacia Motueka. Lugar que sería la base de nuestro par de días en Abel Tasman National Park. Conforme ibamos subiendo hacia el Norte, el tiempo iba mejorando, al igual que nuestro humor. De hecho al llegar a Motueka, una ciudad (para los estándares de por aquí) de costa con bastantes servicios, el sol se colaba por entre las nubes. Nos dirigimos al café del museo donde nos tomamos un capuccino y algo de comer para reanimarnos y a continuación nos pasamos por el I-site de Motueka, para informarnos de cosas que hacer por allí.

La idea que teníamos era ir a las cuevas Ngarua, unas cuevas naturales donde se encuentran huesos de Moas y algunas cosas bastante curiosas más. Sin embargo, sólo abren los fines de semana en los meses de invierno. Así las cosas, no obstante cogimos igualmente la carretera hacia Takaka, porque pasadas las cuevas Ngarua, por una carretera de mil demonios (curvas cerradas, cuesta arriba, cuesta abajo), se encuentra Harwood´s hole, el mayor agujero (tomo) del hemisferio sur: 400 metros de profundidad, 70 de anchura y una caida vertical de 183 metros. Pero al llegar a la carretera que enlazaba con Harwood, vimos con desazón que no aconsejaban el paso de autocaravanas, por lo que no nos quisimos arriesgar y continuamos hacia Takaka.

Eso sí, por allí paramos a hacer unas fotos dado que en la zona de Canaan Road se filmó una escena del Señor de los Anillos (la del bosque Chetwood después de Bree).

Llegados a Takaka, continuamos un poco más para, en dirección a Collingwood, ir a ver las llamadas Pupu Springs, la mayor fuente de agua dulce de Nueva Zelanda, y la más transparente del mundo, según ellos. De los conductos subterráneos de los manantiales brotan unos 14000 litros de agua por segundo!!! Vimos incluso las "arenas danzantes", impulsadas por el agua que sale del suelo a borbotones. El circuito de 1 hora por la zona, llena de bosques, arroyos y manantiales es realmente bonito y relajante. Es muy curioso ver cómo sale el agua del suelo...

De vuelta a Takaka, cogimos la desviación hacia Pohara Beach, una playa algo pija de la zona, por las casas que vimos por allí. En cualquier caso, nuestro destino eran la cueva Rawhiti, con la entrada más grande de todas las cuevas de NZ. Al principio no la encontramos, y en su lugar vistamos la reserva Escénica de The Grove, a las espaldas de Motupipi. Espectacular bosque, que nos recordó a las películas de Parque Jurásico. Por cualquier lugar podía salir un dinosaurio. HAbía muchas rocas calizas deformadas por la erosión y que formaban formas curiosísimas, con pasillos y desfiladeros pequeños entre ellas.

Después llegamos a la zona de Rawhiti. Allí la caravana se nos quedó atascada en el barro. Unos chicos que también iban a la cueva intentaron, sin éxito, ayudarnos. Finalmente le pedimos ayuda a un granjero de la zona, Leon, de abuelos italianos, quien con su 4x4 consiguió sacarnos de allí. No teníamos muchas ganas, pero tanto Leon como otra señora, tambien vecina de la zona, nos aconsejó seguir.

Nos preparamos para la caminata de 3 horas y, debidamente equipados, nos encaminamos hacia allá. El principio de la ruta es sencillo, llano. Discurre entre el barro de las praderas de Leon y el curso de un arroyo. Pero a partir de los primeros 35 minutos, la cosa se complica y hay que subir una ladera muy escarpada, por una senda muy estrecha, llena de ramas y pedruscos, y parece no tener fin. La senda no está muy señalada que digamos, y casi nos volvemos atrás antes de llegar, porque no quedaban muchas horas de luz y empezaba a chispear. Sin embargo, seguimos porque Vicky se empeñó y finalmente llegamos a una de las cosas más especiales que hemos visto por aquí. Sinceramente es bueno que sea tan dificil llegar, porque así no pueden subir cientos de japoneses a invadir el paisaje.

La cueva en sí es muy profunda (y no bajamos hasta el final, que estaba esta vez si señalizado), pero la entrada en sí es suficiente. Llena de estalactitas y estalagmitas gigantes por todas partes, sencillamente quita la respiración.

HAbía valido la pena subir. Luego la bajada finalmente fue menos dificil de lo que pensábamos porque dejó de llover y volvió a salir el sol.

Llegamos a la caravana llenos de barro pero muy contentos. El día había salido redondo. De alli tomamos la carretera de vuelta a Motueka donde pasamos la noche, antes del día del kayaking por Abel Tasman.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Bahía Tauranga y Punakaiki


Hoy cuando nos levantamos en Reefton también estaba lloviendo. Parece que no nos vamos a quitar ese “muerto” hasta que dejemos la Isla Sur, al paso que vamos… Estamos tan malhumorados que no nos detenemos en ver Reefton y tampoco nos damos cuenta de que no tenemos demasiada gasolina en el depósito.

Nos encaminamos hacia la ciudad costera de Westport, a través de la magnífica garganta del río Buller, un enorme río bastante caudaloso que corre hacia el Mar de Tasmania entre montañas y bosques cerrados. Nos damos cuenta de la poca gasolina que tenemos y rezamos para que sea suficiente para recorrer los 90 km hasta Westport… En NZ hay que llevar cuidado con el tema de las gasolineras, dado que no hay en todos los pueblos.

Finalmente llegamos a Westport y parece incluso que el día se arregla un poco. Hay algunos claros entre las nubes cuando tocamos la costa. Encaminamos nuestra caravana hacia el Cabo Foulwind (“viento en contra”), donde atracaron primero Abel Tasman, explorador holandés que dio su nombre a la famosa Isla y el mar homónimo, entre otras cosas, y luego por el pesado del Capitán Cook, que está hasta en la sopa en los mares del Sur… En fin, como suele pasar, aunque el holandés llegó antes, el nombre que le dio el inglés tras sufrir una terrible tormenta frente a estas costas, fue el que hizo fortuna y así se quedó: Cape Foulwind. Subimos hasta el faro que hay en lo alto del cabo y las vistas (y el viento) nos mostraron el por qué de este nombre. Es un tramo de costa salpicado de muchos peñascos y acantilados, con traicioneros vientos soplando todo el tiempo. Una buena vista. Desde aquí se puede llegar hasta Tauranga Bay por un camino costero (1 hora) pero como soplaba muchísimo el viento decidimos ir en coche.

A unos quince minutos o menos se encuentra Bahía Tauranga, una zona natural protegida porque es una colonia de pingüinos azules, y de kekenos (focas de Nueva Zelanda). Los pingüinos llegan al caer el sol, pero se puede caminar unos 20 minutos por un camino que bordea los acantilados hasta la colonia de focas. Nosotros tuvimos mucha suerte, y vimos más de 80 especímenes. Incluso vimos una pelea entre dos de ellas por un sitio entre las rocas para tomar el sol. Vamos, como pasa en las playas de España para plantar la sombrilla en agosto… Fue muy entretenido, y la zona de acantilados, con el mar de Tasmania rompiendo también es muy fotogénica y espectacular.

Tratamos de tomar un café en la bahía pero el restaurante “Bay House Café” se encuentra cerrado varios días de la semana en invierno (o sea, ahora). Así que nuevamente cogimos caminito y nos bajamos, via Charleston, hacia las rocas de Punakaiki.

La carretera de la costa es una pasada, pero desde luego, conducir por aquí la autocaravana es bastante complicado. Yo ya le he cogido el tranquillo pero hay multitud de curvas de 180º, firme en mal estado y pasos y puentes de un solo sentido (hay que esperar a que pase el que viene de frente). Incluso un día llegamos a encontrar un puente que compartíamos con la vía del ferrocarril… Tras casi una hora de camino llegamos por fin al aparcamiento que hay frente a las rocas, donde nos asaltaron varios wekas, otro pájaro zancudo típico de aquí, aunque yo me sigo quedando con el pukeko…

El circuito de las rocas Punakaiki (las conocidas como “Pancake Rocks”) dura en teoría unos 30 minutos, pero podríamos haber pasado toda la mañana. Gracias a un proceso de formación de capas y erosión, la caliza del Dolomite Point ha creado lo que parecen montones de gruesos crepes. Entre estas rocas hay multitud de respiraderos por donde se cuela por igual el viento y el mar con fuerza. Las formas de las rocas llegan a ser tan curiosas que parecen crear figuras de animales y todo. Realmente una pasada. Lo malo es que si en invierno había bastante turista, en verano debe ser una locura.

Fuimos al centro de información de Punakaiki, interesados en hacer la ruta “Fox River Tourist Cave”, de 3 horas, pero el desbordamiento del río había hecho imposible hacer la ruta. Incluso unos operarios que tenían que realizar unas obras habían tenido que volverse atrás.

Vuelta a la carretera de nuevo, hicimos la misma ruta que por la mañana, aunque la práctica hizo que fuéramos más rápido. Al llegar cerca de la desviación hacia Reefton, continuamos por la SH6 hacia Murchison. Como llevábamos muchos km en el cuerpo, decidimos no continuar hasta Motueka (150 km más) y dormir en el Top10 de Murchison. Eso sí, antes de llegar al pueblo de Murchison, Vicky había localizado el puente oscilante más largo de NZ (110 metros), así que hicimos una parada para cruzar el río Buller (aquí incluso era más caudaloso). Se puede volver con una tirolina de 160 metros pero estaba cerrada (sólo se usa en verano). Vickyy se quedó con ganas de usarla… La verdad es que no lo recomendamos a la gente que tenga vértigo. Si miras para abajo, las aguas del río surcan la garganta a toda velocidad, con un estruendo enorme al chocar contra las paredes de roca. Encima, empezó a llover con fuerza cuando estábamos sobre el puente… Teníamos las manos heladas, pero lo pasamos muy bien. En el otro lado se pueden hacer unos circuitos a pie y ponerse a buscar oro con una batea… En fin, nosotros ya íbamos con poco tiempo, así que rápidamente volvimos a la carretera.

En el camping de Murchison, el wireless no funcionaba bien, así que en su lugar, Vicky se puso a dar de comer a las ovejas, corderitos, patos, venados, avestruces y a todo el que se pusiera por delante. Como premio, el granjero, que era el dueño del camping, le obsequió con un huevo de pato recién “parido”. Fue muy divertido. Una pareja mayor de turistas también estuvieron dando de comer a los animales. Pero empezó a llover de nuevo, e incluso a granizar unos segundos, así que plegamos velas y volvimos a la caravana.

Cuando paró, nos fuimos a tomar algo al pueblo, que estaba prácticamente muerto y eso que eran las 18:00 de la tarde sólo. Cenamos en el Commercial Hotel, el edificio que vio nacer el pueblo de Murchison y donde incluso el Príncipe de Gales cenó unos fish and chips (como Vicky) en 1920. Todo muy bueno.

Bastante cansados, nos fuimos a dormir con la esperanza que en el Norte de la Isla Sur, donde iríamos al día siguiente, hiciera buen tiempo. Al menos hoy habíamos disfrutado de algunas (pocas) horitas de sol, pero luego había vuelto a llover.

martes, 1 de septiembre de 2009

Glaciares Fox y Franz Josef


Nos levantamos temprano pero el cielo amenazaba tormenta otra vez. La verdad es que últimamente no estamos teniendo mucha suerte. Siguiendo el plan que nos habíamos trazado la noche antes, recorrimos el par de kilómetros que nos separaban del Lago Matheson, otro lago “espejo” que refleja con buen tiempo los montes Cook y Tasman. Sin embargo, y tras una buena caminata de 45 minutos (pasando por un puente oscilante, además), al llegar al lago el tiempo no permitía ver los reflejos de las montañas. Una lástima.

En fin, al menos, de camino habíamos visto varios Pukekos, algo así como un pollo zancudo de color azul oscuro con la frente y el pico rojos, y que nos han hecho mucha gracia.

Nos dirigimos a continuación hacia el glaciar Fox, y tras una carretera sin asfaltar que ríete tú del Dakar, llegamos a la zona de aparcamientos. Preparados para explorar el glaciar, nos encontramos con que la ruta desde el mirador hasta la lengua está cerrada por riesgo de avalancha, salvo que vayas con un guía experimentado (y por supuesto hayas pagado lo que vale). Nos supo bastante mal, porque vimos pasar una excusión con guía y algunos de los que iban en ella tenían pinta de domingueros. Lo cierto es que probablemente la prohibición se haya puesto para incentivar las excursiones de pago. Nosotros no teníamos tiempo, así que tras unas cuantas fotos más, nos volvimos a la caravana y de ahí nos encaminamos hacia el pueblo de Franz Josef.

Este pueblo y el glaciar que lo preside deben su nombre a que el explorador austriaco Julius Haast se lo puso en honor al emperador Francisco José (sí, es el de Sissi). Es un pueblo más grande que Fox, y tiene más y mejores servicios y tiendas. Nos acercamos a Helicopter Line y pudimos comprobar con mucha desilusión que el tiempo iba a impedir volar a los helicópteros ese día y el siguiente. Nos reembolsan el dinero pero fue un gran chasco, puesto que nos apetecía mucho eso de aterrizar sobre el glaciar, ver las cuevas de hielo, caminar por ellas, etc. Así las cosas, decidimos coger la autocaravana y acercarnos a ver el glaciar.

Tras otra carretera horrible, llegamos al parking y esta vez nos pertrechamos bien, con los flamantes impermeables del Decathlon que son una auténtica maravilla. Desde el aparcamiento y eso que caía a raudales la lluvia (con viento) hicimos un par de rutas de 45 minutos cada una, para ver desde distintas posiciones el glaciar. Si nos gustó el de Fox, el de Franz Josef es aún más espectacular. Una pasada. Hicimos muchas fotos y video, y algo helados, pero más contentos, nos volvimos a la caravana para entrar en calor.

Cogimos carretera hacia el Norte con ánimo de avanzar todo lo posible, y lo cierto es que incluso nos pasamos un poco, puesto que hicimos noche en Reefton, un pueblo con algunas casas estilo Far West, pero que su camping deja mucho que desear. Debíamos de havernos quedado en Greymouth, como pudimos comprobar al día siguiente, ya que nos tocó desandar unos 60 km más o menos.

Antes de llegar a Reefton, paramos en Hoitika, cuna del jade de Nueva Zelanda, pero como era domingo casi todas las tiendas estaban cerradas. Nos tomamos un café en el Café de Paris, que había ganado el Best Coffee in New Zealand, pero que a Vicky le supo a rayos. Este es un café de los que levantan a un muerto. Seguro que al Sr. Gerardo le gustaría.