Tras nuestra mañana de “granjeros”, continuamos camino por el Sur, sin detenernos en algún sitio pintoresco como Curio Bay, dado que no teníamos mucho tiempo. Invercargill es una ciudad anodina, pero que a nuestro juicio destaca por lo feos y gordos que son sus habitantes (sobre todo ellas). Pudimos comprobarlo cuando paramos a hacer la compra en un supermercado. Cierto es que el super estaba en una zona sencilla, porque luego pasamos por el “beverly hills” de la ciudad, con casas espectaculares, y suponemos que por allí la gente se cuidará más y vestirá mejor (lo que vimos hacía daño a los ojos).
Tras un par de horas de viaje por paisajes agradables y carreteras con interminables rectas, llegamos al pueblecito de Te Anau. Rápidamente dimos con el camping Top 10 de aquí, a las orillas del lago. La primera mala noticia fue que estaba lloviendo un poco, por lo que la cosa pintaba un poco mal. Encima, cuando preguntamos por la posibilidad de ir a las Cuevas de las Luciérnagas (Glow Worm caves), resulta que, como había estado lloviendo todo el día, el nivel del agua de las cuevas había subido una barbaridad, y no sabían si la excursión de las 7 p.m. se realizaría.
Como estamos teniendo mucha suerte, tras pasear un rato por la orilla del precioso y enorme lago Te Anau, nos confirmaron que la excursión se llevaría a cabo, así que nos equipamos para protegernos contra el frío y fuimos al Moose (un pub local) a tomar una cervecita antes de marchar. Vicky se indignó al ver que sólo había toilets para hombres y unisex, pero bueno, son cosas de mujeres…. jejeje.
Tras calentarnos el cuerpo con una jarra de Speight´s (lástima que en Dunedin no pudimos ir a ver la fábrica), nos dirigimos hacia el embarcadero. Las cuevas se encuentran al otro lado del Lago, y su historia es muy peculiar. En la primera mitad del siglo XX, se pensaba que las cuevas eran sólo una leyenda. El folklore maorí hablaba de una cueva llena de remolinos de agua (Te Ana-au), y sin embargo la localización de la misma parecía perdida en la historia. Un tour operador local llamado Lawson Burrows estaba tan intrigado con las historias de las cuevas que pasó 3 años buscando el manantial del que hablaba la leyenda. En 1948 encontró un arroyo que surgía con fuerza de las colinas circundantes al lago, así que se metió en el agua, se deslizó por la entrada y salió a la superficie en una oscura cueva. Sobre su cabeza, quedó asombrado al encontrar miles de luciérnagas brillando.
La leyenda maorí que tanto intrigaba a los lugareños era la siguiente: el jefe maorí Te Horo descubrió un manantial sagrado, y le pidió a su esposa que no revelara el secreto de su existencia a nadie. Sin embargo, cuando Te Horo partió en un largo viaje, su esposa tomó un amante (es que uno no debe fiarse…), y le mostró el manantial. Tan pronto como la cara del amante se reflejó en las aguas, un furioso torrente surgió del manantial, cubriendo la aldea bajo sus aguas y formando el lago Te Anau.
Nosotros nos embarcamos en el “Luminosa” y tras 25 minutos de navegación a oscuras por el lago, alcanzamos la otra orilla, donde nos separaron en tres grupos. Nos metimos en el primero y seguimos a una chica hasta la entrada de las cuevas. Estas cuevas forman parte de un sistema de cuevas mayor, llamado Aurora, que mide 6,7 km. Tienen 12.000 años de antigüedad (son por tanto jóvenes y todavía expandiéndose), aunque la tierra que están horadando las aguas tiene más de 35 millones de años…
La entrada de las cuevas, en las que no se puede usar cámara, video ni hacer ningún tipo de ruido, es bastante baja (incluso para nosotros dos), por lo que hay que agacharse al entrar. Allí pudimos ver las primeras luciérnagas. El motivo de no usar cámaras ni hacer ruido radica en que si se asustan, las luciérnagas dejan de brillar. Tras la entrada, seguimos una pasarela de madera que sobrevuela un torrente de agua enorme. Justo después, alcanzamos una zona conocida como la catedral, de 20 metros de altura, la parte más alta de todo el sistema Aurora. En ella pudimos comprobar las distintas fases de creación de la cueva, en las marcas de la piedra caliza. Casi sin dejar que nos recuperáramos de la estupenda visión, alcanzamos la cascada, donde el agua caía con una fuerza tremenda, reverberando en la cueva de una forma espectacular. Tras la cascada, vino una zona conocida como el remolino, donde tras pasar por un puente de piedra natural desde donde se veía la acción corrosiva de las aguas, alcanzamos el embarcadero. La espuma que se ve en toda la cueva es muestra de la acidez del agua que va corroyendo la piedra caliza y formando y ampliando el sistema Aurora. Lo cierto es que las lluvias caídas los últimos días en Te Anau nos vinieron de perlas, puesto que pudimos ver el torrente de la caverna en plena acción, muy caudaloso. De hecho, el nivel del lago había subido ese día 1 cm., aunque cuando llueve torrencialmente puede alcanzar una subida de hasta 1 metro.
En el pequeño embarcadero, nos subimos a una barcaza y dejamos toda luz atrás. Guiado por una cadena que iba moviendo la guía, en absoluta oscuridad, nos encontramos con el mayor atractivo de las cuevas: el techo a ambos lados estaba totalmente cubierto de luciérnagas que brillaban con mucha intensidad. Es un momento indescriptible: no se escucha ni el torrente de agua, y sólo está la luz azulada de estos bichitos. Hay que decir que no son precisamente unos angelitos, puesto que la luz pretende atraer a insectos que se quedan adheridos a unas tiras que las luciérnagas cuelgan del techo, para luego alimentarse de ellos. Así que cuanto más brillan, más hambre tienen!!. Viva “Gusiluz”.Las luciérnagas sólo brillan cuando son larvas, luego ya no. Este periodo dura unos nueve meses, al parecer.
Tras el maravilloso momento en la gruta de las luciérnagas, volvimos otra vez a través de la cueva hasta la salida y nuevamente al barco. De vuelta, nos pusieron un reportaje sobre la zona y su origen geológico, donde nos enteramos, entre otras cosas, de que los Alpes del Sur son la cordillera que más rápido crece del mundo (1 pulgada al año) y que la profundidad del lago Te Anau superaba los 480 metros. Al llegar al puerto hacía un frío tremendo, sobre todo por la lluvia (no muy fuerte pero casi era aguanieve), así que nos dirigimos a la caravana bordeando nuevamente una parte del lago Te Anau. Estábamos muy cansados pero realmente extasiados con lo que terminábamos de ver: las cuevas en sí ya son una maravilla, y en España no hemos visto nada igual, pero lo de las luciérnagas es algo ya fuera de serie. Hay que verlo una vez en la vida.
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