martes, 25 de agosto de 2009

Dunedin, Otago y los Catlins


Esta mañana nos hemos levantado temprano otra vez (estamos madrugando más en vacaciones que durante el resto del año), y hemos dejado el camping, precioso por cierto, en una colina junto a un río, y nos hemos dirigido a Dunedin, una de las ciudades más grandes de Nueva Zelanda. Tras conseguir aparcar (sólo veíamos parkings subterráneos), hemos caminado hasta el centro neurálgico de la ciudad, una plaza conocida como “The Octagon” (el octágono), llamada así por su forma. En esa plaza se encuentra la catedral anglicana de St. Paul, muy típicamente inglesa, y que tiene más de 130 años (bastante para lo que se estima por aquí).

Como todavía era muy pronto, nos dirigimos a Strictly Coffee, la segunda cafetería más seria de Dunedin. Es un local de estilo retro escondido al final de la cochambrosa Bath Street, junto al Octagon. Tiene varias salas con decoración diferente, donde muestran obras de arte. Pero lo mejor, además del café, delicioso, es el Tostador de café que tienen en una de las salas, y que puede contemplarse en plena faena. El olor es una maravilla. Tras coger fuerzas, nos fuimos a ver la estación de tren, dejando para otro viaje la visita a Cadbury World (inmensa fábrica de chocolate, donde tienen una cascada de ese líquido mmmm). Este magnífico edificio es de estilo eduardino, y tienen más de 100 años. Se dice que es el edificio más fotografiado de NZ, por lo que nosotros contribuimos a ello fotografiándolo completamente. Sus suelos son de mosaico, y tiene unas vidrieras muy bonitas. En sí, el edificio es una pasada, parece que estés en otra época. En el andén, estaba un ferrocarril de época, el Taieri Gorge Railway, donde Vicky estuvo a punto de subirse para no volver a ver a sus gatos…

Antes de hacer la necesaria visita a la oficina de Turismo, pasamos por la Otago First Church, iglesia presbiteriana que como su nombre indica, fue la primera que se edificó en la ciudad. Tiene un campanario espectacular, y por dentro, aunque pequeña, su combinación sobria de madera y piedra hace que sea muy acogedora.

Por último, pasamos por la I-site, que se encuentra en el interior del antiguo ayuntamiento de Dunedin, un edificio de corte victoriano muy bonito, con una torre central que alberga el reloj de la ciudad.

Recogimos la caravana y nos encaminamos a la península de Otago, en busca de los albatros reales, única colonia en tierra firme del mundo donde se pueden ver a estos pedazo de animales (1m de cuerpo y 3m de envergadura). La carretera hacia el Centro de Albatros, llamada Portobello Road, porque se dirige a un pueblecito costero con ese nombre, es endemoniada incluso para un coche. Vas pegado al borde del mar, sin arcén y ni siquiera quitamiedos. Estoy hecho un conductor de primera. Si Garrigues me despide, ya sé que puedo ganarme la vida como autobusero…

Esta península es de obligada visita para los que gusten de los animales (albatros, pingüinos, lobos y leones marinos, aves de todo tipo. Fuimos bordeando el canal Victoria, dejando a un lado la isla Quarantine, hasta llegar a la bahía de Portobello y un poco más allá, a Punta Taiaroa, donde está el Centro del Albatros Real. Mejor preguntar primero antes de pagar, porque no siempre pueden verse estos animales. La chica del mostrador de información nos dijo que había 3 crías, que estaban siendo alimentadas por una pareja de albatros adultos, pero que no sabían a qué hora volvían al nido, por lo que no nos aseguraban que, tras 1 hora y pico de tour guiado, pudiéramos verlos. La mejor época es, al parecer, de diciembre a febrero. Nosotros preferimos acercarnos a las colonias de gaviotas de pico rojo, grullas y otras aves autóctonas de Otago, que tienen la cresta negra, y que en ese momento estaban haciendo sus nidos. Era muy gracioso, además de ruidoso (imaginaos 150 aves chillando a la vez…). Estos pájaros anidan en los huecos del acantilado, evitando así ser pasto de depredadores.

Para evitar volver por la carretera de la muerte, que bordeaba el mar, en Portobello giramos hacia el interior de la península por Highcliff Road. La opción valió la pena puesto que aunque la carretera también era muy sinuosa, las vistas de ambos lados de la península fueron espectaculares, en particular las de las ensenadas de Papanui y Hooper.

Saliendo de la zona de Otago y Dunedin, decidimos continuar por la Southern Scenic Route, una carretera que se dirige hacia Invercargill, a través de la zona boscosa de los Catlins, y que aunque nos retrasaría de cara a llegar a Te Anau, en la otra parte de la isla, junto a los fiordos, sin duda valió la pena por la cantidad de cosas que vimos y que nos pasaron.

La ruta empezó con la hermosa vista del lago Waihola, desde las montañas circundantes, totalmente cubiertas de bosque. Continuamos hacia Balclutha, no sin antes parar (algo desesperados) para repostar diesel, porque en esta zona del país escasean las gasolineras. Balclutha es una pequeña ciudad que realmente no tiene nada de especial, salvo el río Clutha, el más caudaloso de Nueva Zelanda. A nosotros nos recordó un poco al Ebro en su paso por Amposta, de lo ancho que era.

De ahí fuimos hacia Nugget Point, uno de los lugares más impresionantes que hemos visitado hasta la fecha, y eso que tuvimos que conducir la caravana por un camino de grava y piedras, totalmente empinado y estrecho en el que un par de veces las ruedas derraparon. Dejamos el vehículo en el parking y caminamos una media hora por una senda no vallada hasta el faro. Los últimos cien metros decía la Lonely Planet que eran espectaculares, y no defraudó. Teníamos a ambos lados acantilados y mar, y nosotros por el caminito estrecho… En Nugget Point está uno de los faros más antiguos de NZ (1870), el cual fue automatizado totalmente en los noventa. Siempre fue uno de los lugares más peligrosos de la costa este, algo así como la Costa da Morte en Galicia. Ya veréis las fotos, porque es imposible de describir. Como suele ser además habitual en estos lugares, hay una colonia de leones marinos y otra de pingüinos de ojos amarillos.

Volvimos a coger la caravana con ánimo de llegar a las Cascadas MacLean. Pero antes, parada obligatoria para ver las Cascadas Purakaunui, que eran escalonadas, escondidas entre un bosque fresco y oscuro de totaras y helechos, una auténtica pasada. Como había llovido la noche anterior, estaban realmente preciosas. De ahí, fuimos corriendo, porque nos quedaba apenas una hora de luz, hacia la caravana, y caminito al sur, que diría aquél. Pasamos el pueblecito de Papatowai (qué gran nombre!!), el cual se encuentra rodeado por una especie de manglar, y terrenos semi pantanosos, que hacen que parezca los Everglades de Florida. Muy curioso. Al salir de Papatowai, paramos en un mirador sobre la bahía Tahakopa, que tiene toda la pinta de ser una playa de surferos… No pudimos ir al contiguo lago Wilkie, puesto que habríamos perdido la hora de luz que nos quedaba y queríamos alcanzar las cascadas.

Ya en los Catlins, nos encontramos con una zona de bosque muy cerrado, autóctono, con totaras, rumis, pates, y otros árboles de nombre maorí, nada parecido a los bosques de robles, hayas, abetos, etc., que habíamos visto hasta ahora. Ahí es donde nos llevamos la primera pequeña decepción del viaje: las Cathedral Caves, unas cuevas inmensas que sólo se pueden visitar cuando la marea está baja, se encontraban cerradas, porque unas mareas muy fuertes habían estropeado todas las señalizaciones, y habían dejado sin arena por la que caminar a la playa. Como estábamos cansados, nos fuimos al contiguo camping de MacLean Falls, para descubrir que estaba prácticamente cerrado. Estaba vacío pero un cartel decía que podíamos aparcar la caravana y que ya vendría el manager. Nuestra sorpresa fue cuando se acercó un granjero y nos dijo que él era el dueño del camping, y que podíamos pasar allí la noche (pagando por supuesto 30 $). Era un tipo muy amable, y se ofreció a enseñarnos su granja por la mañana para que viéramos a los corderitos recién nacidos, cosa que a Vicky particularmente le hizo mucha ilusión. Ha dicho (mentira por supuesto) que no va a comer más cordero… También nos dijo que nos acercaría al camino que va hasta las cascadas MacLean.

Como veis ha sido un día muy duro, así que nos dimos una ducha, cenamos (cordero) y a la cama. Fue curioso tener el camping para nosotros solos. Se veían todas las constelaciones de forma impresionante (lo dice Vicky, yo estaba roque) y los tui (pájaros autóctonos) hacían unos sonidos curiosísimos, como los de R2D2 (el robot de la Guerra de las Galaxias).

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