Esta mañana nos hemos levantado temprano, para estar preparado para cuando viniera Mason McKenzie, que así se llama el granjero propietario del camping. A las 8 menos veinte hemos visto a sus tres hijos bajar en bicicleta, dejarlas junto al camping y coger el autobús que les lleva a la escuela (aquí van desde las 9 a las 16:30, a escuelas que están a 40 minutos en coche de sus casas…).
Cinco minutos después ha llegado Mason con un Land Cruiser hecho polvo (literal) para recogernos a Vicky y a mí, y llevarnos a ver su granja. Probablemente haya sido uno de los momentos más entrañables en lo que llevamos de viaje. Hemos podido charlar animadamente con un granjero neozelandés de su forma de vida, de política, economía e incluso derecho!! Las cosas no son siempre lo que parecen, puesto que tras la pinta de granjero desastrado pudimos comprobar que Mason era un señor joven (digamos de unos 40-45 años) con muchas inquietudes. La primera sorpresa fue cuando pudimos ver la extensión de su granja: con la vista no la abarcábamos toda. Hectáreas y más hectáreas de colina, bosques y matorral, llenas de ovejas, vacas, gallinas e incluso un par de caballos. Según nos contó Mason, sus abuelos escoceses compraron a los americanos un par de bulldozers cuando acabó la segunda guerra mundial y se vinieron a Nueva Zelanda. Compraron en los Catlins unas hectáreas de bosque no protegido y se pusieron manos a la obra. Su padre continuó el mismo camino hasta convertir la tierra en lo que estábamos viendo hoy, una granja valorada en unos 4 millones de $ neozelandeses, que produce unos 6.000 corderos al año, y que incluso ha cerrado acuerdos con una cadena de supermercados alemana para venderles ganado. Y sin ayuda. Su mujer es profesora, y aunque nos dijo que prefería estar en la granja lleva 3 años dando clase en la escuela ante la falta de profesores. El sentido del deber para con la comunidad que tiene esta gente es como mínimo asombroso.
Mason nos enseñó cómo separan a las ovejas en función de su “productividad”: escogen genéticamente a aquellas ovejas que pueden dar dos o más corderitos cada vez y a las otras las venden / sacrifican (no son rentables). Si te ponen un punto rojo o verde, genial. Si te toca el azul, tus días están contados.
Pudimos ver a un corderito recién nacido de sólo una hora de vida, que ya andaba junto a su madre (llegan a engordar medio kilo al día). Es curioso cómo cada corderito va con su madre. Los puedes mezclar que en un momento ellos se reordenan (ya se sabe, cada oveja con su pareja…). En uno de los cercados, un corderito se había enganchado y no conseguía alcanzar a su madre, así que rápidamente le ayudamos a saltar. Era muy gracioso, verlos a todos corretear por ahí.
Mason nos mostró las obras de expansión de su granja, ya que si no creces, no puedes competir. Para ampliar la granja, y poder comprar más tierra que añadir a la de sus padres, trabajó de buzo para las petroleras americanas en Laos, Vietnam y Malasia, ganando… 3.000 $ nz al día. Eso sí, un trabajo durísimo. Ahora, ha montado un trust, que es el propietario de la granja y de todo el resto del inmovilizado (maquinaria, etc…), y él y su familia son arrendatarios de la misma (para evitar pagar muchos impuestos…). En todo caso, las obras de ampliación van despacio puesto que el gobierno no les deja ampliar más de 1000 ha por año.
En fin, estuvimos hablando con él de muchísimas cosas, y pudimos comprobar cómo la crisis mundial no ha afectado demasiado a Nueva Zelanda, y en particular a su principal industria, la agricultura y ganadería. De hecho, empresas neozelandesas están comprando granjas en Uruguay, España e incluso Malasia, que luego arriendan a los granjeros locales bajo su supervisión, previa enseñanza por parte de granjeros neozelandeses, que en unos 3 meses pueden ganarse 60.000 euros “dando clases en el extranjero”. El paro sigue oscilando entre un 3 y un 6%.
Nos dejó en las cascadas Mclean, bueno, al principio de un camino de 45 minutos (ida y vuelta), que discurría entre los frondosos bosques habituales de los Catlins. Así que empezamos la subida hasta llegar a las cascadas. Nuevamente, nos impresionó muchísimo la belleza de las mismas. Eran escalonadas y había una pequeña “piscina” en la parte superior de las mismas que podríamos haber alcanzado escalando un poco, pero que, dado la temperatura casi glacial del agua, tampoco valía la pena subir si no nos íbamos a meter en ella. Dimos media vuelta y tras llegar al punto de partida, iniciamos la caminata hasta el camping. Mason nos dijo que nos recogería, pero se le habían extraviado un par de vacas y andaba un poco liado tras de ellas, como pudimos comprobar. Fueron unos 5 km de vuelta, cuesta arriba la mayor parte de ellos, pero no vino mal. Volvimos a hablar con Mason y conocimos a dos de sus perros pastores. Luego nos despedimos de él, llegamos al camping y cogimos la caravana en dirección Invercargill, siguiendo nuevamente la “Southern Scenic Route”, pero con un destino prefijado: encontrar un supermercado para avituallarnos, y tomar un café. Sirva como inciso decir que el café en NZ es realmente bueno, aunque los italianos se nos han adelantado y aquí hay que pedir “machiattos”, “expressos” y “café lattes”… Como siempre, los españoles nos vendemos de pena. Será por lo poco que viajamos…
Cinco minutos después ha llegado Mason con un Land Cruiser hecho polvo (literal) para recogernos a Vicky y a mí, y llevarnos a ver su granja. Probablemente haya sido uno de los momentos más entrañables en lo que llevamos de viaje. Hemos podido charlar animadamente con un granjero neozelandés de su forma de vida, de política, economía e incluso derecho!! Las cosas no son siempre lo que parecen, puesto que tras la pinta de granjero desastrado pudimos comprobar que Mason era un señor joven (digamos de unos 40-45 años) con muchas inquietudes. La primera sorpresa fue cuando pudimos ver la extensión de su granja: con la vista no la abarcábamos toda. Hectáreas y más hectáreas de colina, bosques y matorral, llenas de ovejas, vacas, gallinas e incluso un par de caballos. Según nos contó Mason, sus abuelos escoceses compraron a los americanos un par de bulldozers cuando acabó la segunda guerra mundial y se vinieron a Nueva Zelanda. Compraron en los Catlins unas hectáreas de bosque no protegido y se pusieron manos a la obra. Su padre continuó el mismo camino hasta convertir la tierra en lo que estábamos viendo hoy, una granja valorada en unos 4 millones de $ neozelandeses, que produce unos 6.000 corderos al año, y que incluso ha cerrado acuerdos con una cadena de supermercados alemana para venderles ganado. Y sin ayuda. Su mujer es profesora, y aunque nos dijo que prefería estar en la granja lleva 3 años dando clase en la escuela ante la falta de profesores. El sentido del deber para con la comunidad que tiene esta gente es como mínimo asombroso.
Mason nos enseñó cómo separan a las ovejas en función de su “productividad”: escogen genéticamente a aquellas ovejas que pueden dar dos o más corderitos cada vez y a las otras las venden / sacrifican (no son rentables). Si te ponen un punto rojo o verde, genial. Si te toca el azul, tus días están contados.
Pudimos ver a un corderito recién nacido de sólo una hora de vida, que ya andaba junto a su madre (llegan a engordar medio kilo al día). Es curioso cómo cada corderito va con su madre. Los puedes mezclar que en un momento ellos se reordenan (ya se sabe, cada oveja con su pareja…). En uno de los cercados, un corderito se había enganchado y no conseguía alcanzar a su madre, así que rápidamente le ayudamos a saltar. Era muy gracioso, verlos a todos corretear por ahí.
Mason nos mostró las obras de expansión de su granja, ya que si no creces, no puedes competir. Para ampliar la granja, y poder comprar más tierra que añadir a la de sus padres, trabajó de buzo para las petroleras americanas en Laos, Vietnam y Malasia, ganando… 3.000 $ nz al día. Eso sí, un trabajo durísimo. Ahora, ha montado un trust, que es el propietario de la granja y de todo el resto del inmovilizado (maquinaria, etc…), y él y su familia son arrendatarios de la misma (para evitar pagar muchos impuestos…). En todo caso, las obras de ampliación van despacio puesto que el gobierno no les deja ampliar más de 1000 ha por año.
En fin, estuvimos hablando con él de muchísimas cosas, y pudimos comprobar cómo la crisis mundial no ha afectado demasiado a Nueva Zelanda, y en particular a su principal industria, la agricultura y ganadería. De hecho, empresas neozelandesas están comprando granjas en Uruguay, España e incluso Malasia, que luego arriendan a los granjeros locales bajo su supervisión, previa enseñanza por parte de granjeros neozelandeses, que en unos 3 meses pueden ganarse 60.000 euros “dando clases en el extranjero”. El paro sigue oscilando entre un 3 y un 6%.
Nos dejó en las cascadas Mclean, bueno, al principio de un camino de 45 minutos (ida y vuelta), que discurría entre los frondosos bosques habituales de los Catlins. Así que empezamos la subida hasta llegar a las cascadas. Nuevamente, nos impresionó muchísimo la belleza de las mismas. Eran escalonadas y había una pequeña “piscina” en la parte superior de las mismas que podríamos haber alcanzado escalando un poco, pero que, dado la temperatura casi glacial del agua, tampoco valía la pena subir si no nos íbamos a meter en ella. Dimos media vuelta y tras llegar al punto de partida, iniciamos la caminata hasta el camping. Mason nos dijo que nos recogería, pero se le habían extraviado un par de vacas y andaba un poco liado tras de ellas, como pudimos comprobar. Fueron unos 5 km de vuelta, cuesta arriba la mayor parte de ellos, pero no vino mal. Volvimos a hablar con Mason y conocimos a dos de sus perros pastores. Luego nos despedimos de él, llegamos al camping y cogimos la caravana en dirección Invercargill, siguiendo nuevamente la “Southern Scenic Route”, pero con un destino prefijado: encontrar un supermercado para avituallarnos, y tomar un café. Sirva como inciso decir que el café en NZ es realmente bueno, aunque los italianos se nos han adelantado y aquí hay que pedir “machiattos”, “expressos” y “café lattes”… Como siempre, los españoles nos vendemos de pena. Será por lo poco que viajamos…
Gerardo, no he visto que intentaras conseguir a un nuevo cliente para el despacho, ya sabes que no tenemos demasiados clientes dedicados a la ganadería.
ResponderEliminarNosotros ya estamos de vuelta de unos días de vacaciones, y la verdad es que nos estamos entreteniendo mucho con vuestros comentarios. Habrá que ver las fotos.
Seguiremos pendientes de vuestras aventuras.
Abrazos,
Loli y Manolo