Madrugar, no paramos de madrugar… Esta vez la “despertá” era para coger con tiempo la carretera que va desde Te Anau a Milford Sound, uno de los fiordos más espectaculares del Fjordland National Park, y patrimonio de la humanidad.
Milford Sound tiene una longitud de 16 kilómetros, y como anécdota, contaremos que el Capitán Cook, quien descubrió todo lo que se podía descubrir por el Pacífico Sur, pasó de largo por la entrada del fiordo de Milford Sound dos veces sin darse cuenta, ya que por una cuestión de efecto óptico, la entrada queda completamente oculta a la vista cuando uno navega por el mar de Tasmania. Tuvo que ser un ballenero llamado John Grono quien finalmente lo descubrió en 1823, y lo llamó Milford Haven en honor a su lugar de nacimiento en Gales.
Nosotros terminamos de llenar el tanque a las 8 menos cuarto de la mañana, ya que en Milford no hay gasolineras, y empezamos a recorrer los 119 km que nos separaban de allí. La chica del camping nos había dicho que nos diéramos dos horas y media de margen para llegar, pero todo depende de cómo se quiera organizar uno la jornada. Si quieres ir de tirón, sin parar, son entre 1:45 y 2:00 como mucho. Ahora bien, la carretera hasta el pueblecito de Milford Sound es todo un viaje en sí mismo, llena de lugares preciosos en los que detenerse a tomar fotos o simplemente a contemplar los paisajes que van formando las Montañas Earl y el Río Eglinton, y sus numerosos afluentes, así como los lagos de la zona.
El propio lago Te Anau nos acompañó durante la primera parte del viaje, prácticamente hasta llegar hasta una zona denominada Te Anau Downs, donde empieza la famosa Milford Track, una de las Grandes Caminatas más famosas del mundo. Para que os hagáis una idea, de los 600.000 visitantes anuales que recibe Milford, nada menos que 14.000 llegan caminando desde aquí, a través de montañas y valles, a lo largo de 53,5 km.
A partir de Te Anau Downs, nos adentramos en los bosques de la zona, muy frondosos y realmente bellos. Nosotros nos encontramos con un manapork (un búho de la zona) en medio de la carretera que nos acompañó durante unos cincuenta metros. Se trata de árboles enormes, centenarios (o milenarios, quién sabe), principalmente hayas. Estos bosques se ven interrumpidos de vez en cuando por enormes praderas, como la que se encuentra a la salida del McKay Creek (a mí me recordaron a las llanuras de Rohan…), con escarpadas montañas a ambos lados. Lo malo era que las nubes todavía estaban un poco bajas y el solo no se colaba entre ellas del todo, pero aún así las vistas (y la sensación de soledad y quietud) eran espectaculares.
Justo después de esta enorme pradera, nada más entrar de nuevo en los bosques, nos encontramos con los famosos Mirror Lakes, o lagos espejo, que incluso en un día nublado reflejan las montañas que rodean el valle de Eglinton. Estos lagos fueron creados durante una crecida del río y todavía hoy albergan una fauna muy variopinta, desde truchas a anguilas, y por supuesto multitud de aves autóctonas.
Tras las pertinentes fotos de rigor, iniciamos nuevamente el camino hacia Milford, mirando de reojo el reloj (teníamos crucero a las 11:30). Pasamos de largo por el café / hotel de Knobs Flat y también por la zona O Tapara, comúnmente conocida como Cascade Creek, que termina junto al ominoso Lago Gunn. Esta caminata, de 45 minutos la haríamos a la vuelta, decidimos. Seguimos recto hasta llegar a The Divide. Es el paso este-oeste más bajo de los Alpes del Sur, y ahí empezaron las primeras curvas escarpadas del viaje a Milford. Una caravana que iba delante nuestra perdió los nervios y se frenó de golpe a un lado de la carretera, deteniéndose. Pero nosotros somos unos máquinas y continuamos camino como si nada, hasta llegar a Pop´s View, una parada obligada para contemplar el valle de Hollyford. Impresionantes vistas.
Unos kilómetros más adelante está la desviación hacia el campamento Gunn y varias caminatas interesantes. No obstante, el tiempo apremiaba y continuamos hacia Milford. A partir de una estación de la dirección de carreteras, en la que por cierto pudimos ver y filmar de cerca a dos keas, el único loro alpino del mundo (muy sociable y ruidoso…¡keeeeeaaaa!), iniciamos la travesía del Túnel Homer. Lo de los keas es curioso, porque se quedan en esa estación para que los turistas paren y les den papeo… se las saben todas!
Justo en los alrededores del Túnel pudimos comprobar la cantidad de nieve y hielo que había caído en las últimas semanas. De hecho un mes antes la carretera estuvo absolutamente bloqueada por las avalanchas que habían caído, y de las cuales pudimos ver sus efectos sobre guardarraíles rotos, vallas caídas, etc.
El túnel es muy estrecho y bastante primitivo, nada que ver con los que habitualmente vemos en España. Igual pasa con las carreteras, seguras pero muy básicas, de un solo carril en cada sentido. Tras el túnel, iniciamos el descenso hacia Milford. 18 kilómetros en los que no podíamos parar, debido al riesgo de avalanchas, cruzando torrentes y arroyos. Desde las montañas, caían sin cesar cascadas de agua hacia los bosques. No se puede describir con palabras. Aún paramos en una zona conocida como The Chasm (el abismo), donde el río Cleddau rodeado de bosque se precipita por entre rocas erosionadas con curiosas formas a una estrecha sima creando profundas cascadas y un puente de piedra natural. Desde allí pudimos ver el monte Tutoko, el más alto de Fiordland (2746 metros).
Ya con el tiempo encima, a pesar de haber salido muy pronto, llegamos a Milford, aparcamos la caravana y nos embarcamos en el crucero que teníamos contratado. Hay cuatro compañías diferentes pero todas parecen hacer el mismo trayecto, variando sólo las horas y el tipo de barco. Por lo que hemos leido, lo mejor es buscar una compañía con barco pequeño, que suele implicar una experiencia más real. La nuestra, como veréis, estuvo genial.
Desde el puerto, ya se puede ver la imagen más típica de Milford, las distintas cimas con el Mitre Peak en el centro (1692 metros y una de las montañas más altas del mundo en elevarse directamente desde el suelo marino). Salimos puntualmente y a mano derecha vimos las cascadas de Lady Bowen, una de las dos que permanentemente caen desde las montañas, con 160 metros de altura.
Tras bordear el Mitre Peak, continuamos por la parte izquierda del fiordo hacia Copper Point, la parte más estrecha del fiordo (620 metros de anchura), y la más ventosa. Es posible que los vientos del mar de Tasmania alcancen aquí los 100 nudos!! Justo después se encuentran las cascadas Fairy Falls y la Bridal Veil Falls. Esta última depende de si ha llovido mucho en los días anteriores, pareciéndose al velo de una novia en su caída. Nosotros no nos podemos quejar porque todas las cascadas estaban en su mayor apogeo.
Después continuamos hasta la entrada del fiordo en Dale Point, que impide efectivamente ver Milford Sound desde el Mar de Tasmania. Allí pudimos comprobar la mala leche que tiene este mar, pues zarandeaba el barco que daba gusto, y hacía un viento helado de impresión… Allí vimos algunas focas tomando el sol (¿?), pero a la mayor parte de la colonia la encontramos en la denominada Seal Rock (los anglosajones no se complican con los nombres). Filmamos a un montón, ya que el capitán acercó el barco hasta las rocas. Incluso vimos a una echar el desayuno sobre su compañera que estaba durmiendo tan a gusto…
A continuación, ya de vuelta hacia el puerto por la parte derecha del fiordo, el barco se detuvo junto a las Stirling Falls, otra cascada enorme, de 146 metros de altura, de carácter permanente y alimentada por los glaciares del Monte Pembroke y adyacentes. Aquí, nos quedamos en cubierta a pesar de las advertencias del capitán y acabamos mojados de pies a cabeza (menos mal que llevábamos la ropa impermeable). Uno de los miembros de la tripulación no dejó a Vichy entra a refugiarse, cuando ésta se “rajó”…jejeje.
Por último, vimos el único punto de anclaje, además resguardado, de todo el fiordo, en Harrison´s Cove, donde se encuentra el Milford Underwater Observatory, lugar de estudio, entre otras cosas, del coral negro que crece a 9 metros de profundidad. Vale la pena hacer el crucero de casi dos horas. Nos reímos muchísimo con la foca descompuesta y con la calada de las cascadas Stirling. Esperamos no resfriarnos!!
Iniciamos poco después el camino de vuelta, esta vez sin prisas, y por ello paramos en dirección al campamento Gunn, justo después de salir del Tunel Homer (cogiendo una desviación a la izquierda), para hacer parte del camino que lleva al lago Marian. La primera parte de esta senda transcurre entre un bosque precioso, muy denso, cubierto absolutamente de musgo y helechos por todas partes, junto al arroyo Marian, hasta un mirador alucinante, que bordea unos rápidos imposibles. Son 45 minutos ida y vuelta, en los que además pasas por un punte colgante de los que se mueven de verdad, mucho más que los del Monte Cook.
De vuelta a la caravana seguimos camino por el valle de Hollyford, pasando el Campamento Gunn, todo por una pista sin asfaltar, dejando a los lados a gente que practicaba kayaking. Al final literalmente de la carretera, un camino de 45 minutos te lleva a las altas cascadas Humboldt. Otra pasada. Eso sí, la subida es de rompepiernas, con pendientes muy pronunciadas. Desde la desviación de la carretera Te Anau-Milford, son 17 kilómetros interminables por una pista de grava, que supuestamente era el inicio de la antigua conexión entre los distritos de Southland y Westland, aprobada hace 80 años pero nunca terminada (y no parece que eso vaya a cambiar algún día).
Tras la caminata de Humboldt, retomamos la vuelta hacia Te Anau, parando eso sí, en Cascade Creek para a través de una senda de unos 45 minutos de nuevo, llegar al oscuro Lago Gunn. Este lago es el que podéis ver en la cabecera del blog, para que os hagáis una idea de cómo es. Se encuentra rodeado de un bosque sacado de una película de fantasía, o de hadas, como queráis llamarlo. A nosotros nos recordaba a Excalibur, muy místico y primitivo. La principal razón era el musgo verde que parecía apoderarse hasta de las hojas de los árboles. Daba un poco de miedo, incluso. Eso sí, fue una caminata muy agradable, aunque la humedad del lago se filtra hasta los huesos.
Ya con el sol cayendo, dirigimos a nuestra super caravana hacia el lago Manapouri, a 20 km al sur de Te Anau. Es otro de los lagos más bonitos de Nueva Zelanda, con 34 islas en medio del mismo, y un entorno realmente precioso. Es punto de partida de la ruta hacia el fiordo Doubtful Sound (a nosotros no nos dio tiempo de hacerla) y escala de la remota Dusky Track, otra de las caminatas más importantes del mundo, que llega hasta el fiordo Dusky Sound.
Manapouri es símbolo de la lucha de los neozelandeses por el medioambiente, dado que en 1969 una campaña (“Save Manapouri”) recogió la firma del 17% de la población con derecho de voto para evitar que la construcción de una presa anegara la ciudad de Manapouri y Te Anau, al elevar el nivel del lago. Esta campaña provocó incluso la caída del gobierno y concienció a toda Nueva Zelanda de la importancia de conservar el mayor tesoro con el que cuentan.
Tras las fotos de rigor, ya con el sol poniéndose, volvimos a Te Anau para pasar la noche. Yo estaba hecho polvo así que Vicky cogió la caravana de vuelta para ir acostumbrándose a darme relevos y la verdad es que conducir por la izquierda no es tan difícil como puede parecer de primeras.
Quisimos cenar en el Redcliffe Bar, pero estaba cerrado así que nos fuimos al Beliez, donde probamos dos platos con venado y cordero, realmente muy buenos, regados con cerveza Speight, para irnos a dormir a gusto.
Cuando nos acostamos, empezó a caer la lluvia con ganas, pero pensamos que ya pararía al día siguiente… ilusos!!
Milford Sound tiene una longitud de 16 kilómetros, y como anécdota, contaremos que el Capitán Cook, quien descubrió todo lo que se podía descubrir por el Pacífico Sur, pasó de largo por la entrada del fiordo de Milford Sound dos veces sin darse cuenta, ya que por una cuestión de efecto óptico, la entrada queda completamente oculta a la vista cuando uno navega por el mar de Tasmania. Tuvo que ser un ballenero llamado John Grono quien finalmente lo descubrió en 1823, y lo llamó Milford Haven en honor a su lugar de nacimiento en Gales.
Nosotros terminamos de llenar el tanque a las 8 menos cuarto de la mañana, ya que en Milford no hay gasolineras, y empezamos a recorrer los 119 km que nos separaban de allí. La chica del camping nos había dicho que nos diéramos dos horas y media de margen para llegar, pero todo depende de cómo se quiera organizar uno la jornada. Si quieres ir de tirón, sin parar, son entre 1:45 y 2:00 como mucho. Ahora bien, la carretera hasta el pueblecito de Milford Sound es todo un viaje en sí mismo, llena de lugares preciosos en los que detenerse a tomar fotos o simplemente a contemplar los paisajes que van formando las Montañas Earl y el Río Eglinton, y sus numerosos afluentes, así como los lagos de la zona.
El propio lago Te Anau nos acompañó durante la primera parte del viaje, prácticamente hasta llegar hasta una zona denominada Te Anau Downs, donde empieza la famosa Milford Track, una de las Grandes Caminatas más famosas del mundo. Para que os hagáis una idea, de los 600.000 visitantes anuales que recibe Milford, nada menos que 14.000 llegan caminando desde aquí, a través de montañas y valles, a lo largo de 53,5 km.
A partir de Te Anau Downs, nos adentramos en los bosques de la zona, muy frondosos y realmente bellos. Nosotros nos encontramos con un manapork (un búho de la zona) en medio de la carretera que nos acompañó durante unos cincuenta metros. Se trata de árboles enormes, centenarios (o milenarios, quién sabe), principalmente hayas. Estos bosques se ven interrumpidos de vez en cuando por enormes praderas, como la que se encuentra a la salida del McKay Creek (a mí me recordaron a las llanuras de Rohan…), con escarpadas montañas a ambos lados. Lo malo era que las nubes todavía estaban un poco bajas y el solo no se colaba entre ellas del todo, pero aún así las vistas (y la sensación de soledad y quietud) eran espectaculares.
Justo después de esta enorme pradera, nada más entrar de nuevo en los bosques, nos encontramos con los famosos Mirror Lakes, o lagos espejo, que incluso en un día nublado reflejan las montañas que rodean el valle de Eglinton. Estos lagos fueron creados durante una crecida del río y todavía hoy albergan una fauna muy variopinta, desde truchas a anguilas, y por supuesto multitud de aves autóctonas.
Tras las pertinentes fotos de rigor, iniciamos nuevamente el camino hacia Milford, mirando de reojo el reloj (teníamos crucero a las 11:30). Pasamos de largo por el café / hotel de Knobs Flat y también por la zona O Tapara, comúnmente conocida como Cascade Creek, que termina junto al ominoso Lago Gunn. Esta caminata, de 45 minutos la haríamos a la vuelta, decidimos. Seguimos recto hasta llegar a The Divide. Es el paso este-oeste más bajo de los Alpes del Sur, y ahí empezaron las primeras curvas escarpadas del viaje a Milford. Una caravana que iba delante nuestra perdió los nervios y se frenó de golpe a un lado de la carretera, deteniéndose. Pero nosotros somos unos máquinas y continuamos camino como si nada, hasta llegar a Pop´s View, una parada obligada para contemplar el valle de Hollyford. Impresionantes vistas.
Unos kilómetros más adelante está la desviación hacia el campamento Gunn y varias caminatas interesantes. No obstante, el tiempo apremiaba y continuamos hacia Milford. A partir de una estación de la dirección de carreteras, en la que por cierto pudimos ver y filmar de cerca a dos keas, el único loro alpino del mundo (muy sociable y ruidoso…¡keeeeeaaaa!), iniciamos la travesía del Túnel Homer. Lo de los keas es curioso, porque se quedan en esa estación para que los turistas paren y les den papeo… se las saben todas!
Justo en los alrededores del Túnel pudimos comprobar la cantidad de nieve y hielo que había caído en las últimas semanas. De hecho un mes antes la carretera estuvo absolutamente bloqueada por las avalanchas que habían caído, y de las cuales pudimos ver sus efectos sobre guardarraíles rotos, vallas caídas, etc.
El túnel es muy estrecho y bastante primitivo, nada que ver con los que habitualmente vemos en España. Igual pasa con las carreteras, seguras pero muy básicas, de un solo carril en cada sentido. Tras el túnel, iniciamos el descenso hacia Milford. 18 kilómetros en los que no podíamos parar, debido al riesgo de avalanchas, cruzando torrentes y arroyos. Desde las montañas, caían sin cesar cascadas de agua hacia los bosques. No se puede describir con palabras. Aún paramos en una zona conocida como The Chasm (el abismo), donde el río Cleddau rodeado de bosque se precipita por entre rocas erosionadas con curiosas formas a una estrecha sima creando profundas cascadas y un puente de piedra natural. Desde allí pudimos ver el monte Tutoko, el más alto de Fiordland (2746 metros).
Ya con el tiempo encima, a pesar de haber salido muy pronto, llegamos a Milford, aparcamos la caravana y nos embarcamos en el crucero que teníamos contratado. Hay cuatro compañías diferentes pero todas parecen hacer el mismo trayecto, variando sólo las horas y el tipo de barco. Por lo que hemos leido, lo mejor es buscar una compañía con barco pequeño, que suele implicar una experiencia más real. La nuestra, como veréis, estuvo genial.
Desde el puerto, ya se puede ver la imagen más típica de Milford, las distintas cimas con el Mitre Peak en el centro (1692 metros y una de las montañas más altas del mundo en elevarse directamente desde el suelo marino). Salimos puntualmente y a mano derecha vimos las cascadas de Lady Bowen, una de las dos que permanentemente caen desde las montañas, con 160 metros de altura.
Tras bordear el Mitre Peak, continuamos por la parte izquierda del fiordo hacia Copper Point, la parte más estrecha del fiordo (620 metros de anchura), y la más ventosa. Es posible que los vientos del mar de Tasmania alcancen aquí los 100 nudos!! Justo después se encuentran las cascadas Fairy Falls y la Bridal Veil Falls. Esta última depende de si ha llovido mucho en los días anteriores, pareciéndose al velo de una novia en su caída. Nosotros no nos podemos quejar porque todas las cascadas estaban en su mayor apogeo.
Después continuamos hasta la entrada del fiordo en Dale Point, que impide efectivamente ver Milford Sound desde el Mar de Tasmania. Allí pudimos comprobar la mala leche que tiene este mar, pues zarandeaba el barco que daba gusto, y hacía un viento helado de impresión… Allí vimos algunas focas tomando el sol (¿?), pero a la mayor parte de la colonia la encontramos en la denominada Seal Rock (los anglosajones no se complican con los nombres). Filmamos a un montón, ya que el capitán acercó el barco hasta las rocas. Incluso vimos a una echar el desayuno sobre su compañera que estaba durmiendo tan a gusto…
A continuación, ya de vuelta hacia el puerto por la parte derecha del fiordo, el barco se detuvo junto a las Stirling Falls, otra cascada enorme, de 146 metros de altura, de carácter permanente y alimentada por los glaciares del Monte Pembroke y adyacentes. Aquí, nos quedamos en cubierta a pesar de las advertencias del capitán y acabamos mojados de pies a cabeza (menos mal que llevábamos la ropa impermeable). Uno de los miembros de la tripulación no dejó a Vichy entra a refugiarse, cuando ésta se “rajó”…jejeje.
Por último, vimos el único punto de anclaje, además resguardado, de todo el fiordo, en Harrison´s Cove, donde se encuentra el Milford Underwater Observatory, lugar de estudio, entre otras cosas, del coral negro que crece a 9 metros de profundidad. Vale la pena hacer el crucero de casi dos horas. Nos reímos muchísimo con la foca descompuesta y con la calada de las cascadas Stirling. Esperamos no resfriarnos!!
Iniciamos poco después el camino de vuelta, esta vez sin prisas, y por ello paramos en dirección al campamento Gunn, justo después de salir del Tunel Homer (cogiendo una desviación a la izquierda), para hacer parte del camino que lleva al lago Marian. La primera parte de esta senda transcurre entre un bosque precioso, muy denso, cubierto absolutamente de musgo y helechos por todas partes, junto al arroyo Marian, hasta un mirador alucinante, que bordea unos rápidos imposibles. Son 45 minutos ida y vuelta, en los que además pasas por un punte colgante de los que se mueven de verdad, mucho más que los del Monte Cook.
De vuelta a la caravana seguimos camino por el valle de Hollyford, pasando el Campamento Gunn, todo por una pista sin asfaltar, dejando a los lados a gente que practicaba kayaking. Al final literalmente de la carretera, un camino de 45 minutos te lleva a las altas cascadas Humboldt. Otra pasada. Eso sí, la subida es de rompepiernas, con pendientes muy pronunciadas. Desde la desviación de la carretera Te Anau-Milford, son 17 kilómetros interminables por una pista de grava, que supuestamente era el inicio de la antigua conexión entre los distritos de Southland y Westland, aprobada hace 80 años pero nunca terminada (y no parece que eso vaya a cambiar algún día).
Tras la caminata de Humboldt, retomamos la vuelta hacia Te Anau, parando eso sí, en Cascade Creek para a través de una senda de unos 45 minutos de nuevo, llegar al oscuro Lago Gunn. Este lago es el que podéis ver en la cabecera del blog, para que os hagáis una idea de cómo es. Se encuentra rodeado de un bosque sacado de una película de fantasía, o de hadas, como queráis llamarlo. A nosotros nos recordaba a Excalibur, muy místico y primitivo. La principal razón era el musgo verde que parecía apoderarse hasta de las hojas de los árboles. Daba un poco de miedo, incluso. Eso sí, fue una caminata muy agradable, aunque la humedad del lago se filtra hasta los huesos.
Ya con el sol cayendo, dirigimos a nuestra super caravana hacia el lago Manapouri, a 20 km al sur de Te Anau. Es otro de los lagos más bonitos de Nueva Zelanda, con 34 islas en medio del mismo, y un entorno realmente precioso. Es punto de partida de la ruta hacia el fiordo Doubtful Sound (a nosotros no nos dio tiempo de hacerla) y escala de la remota Dusky Track, otra de las caminatas más importantes del mundo, que llega hasta el fiordo Dusky Sound.
Manapouri es símbolo de la lucha de los neozelandeses por el medioambiente, dado que en 1969 una campaña (“Save Manapouri”) recogió la firma del 17% de la población con derecho de voto para evitar que la construcción de una presa anegara la ciudad de Manapouri y Te Anau, al elevar el nivel del lago. Esta campaña provocó incluso la caída del gobierno y concienció a toda Nueva Zelanda de la importancia de conservar el mayor tesoro con el que cuentan.
Tras las fotos de rigor, ya con el sol poniéndose, volvimos a Te Anau para pasar la noche. Yo estaba hecho polvo así que Vicky cogió la caravana de vuelta para ir acostumbrándose a darme relevos y la verdad es que conducir por la izquierda no es tan difícil como puede parecer de primeras.
Quisimos cenar en el Redcliffe Bar, pero estaba cerrado así que nos fuimos al Beliez, donde probamos dos platos con venado y cordero, realmente muy buenos, regados con cerveza Speight, para irnos a dormir a gusto.
Cuando nos acostamos, empezó a caer la lluvia con ganas, pero pensamos que ya pararía al día siguiente… ilusos!!
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